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Septiembre 15, 1997 | |
Al fin habló don Rafael del Junco | ||
| Por: Arturo Reyes, Habana Press
LA HABANA - "Abrense las páginas sonoras de la novela del aire, para hacer vivir a ustedes la ilusión y la emoción de un nuevo capítulo de....". Esta era la portada, "demodé" y tal vez sintácticamente espantosa, con que CMQ Radio abría su espacio de radio novelas, allá en la década de 1940. Así lo recuerdan los más viejos, así quedó en la memoria, cuando daba paso al excelente culebrón llamado El Derecho de Nacer, de Félix B. Cagnet, según los expertos padre indiscutible de las telenovelas latinoamericanas. En ella, un viejo patriarca familiar queda mudo y comprimido a una silla de ruedas durante toooooda la novela, hasta que Milagros, en el capítulo final habla, y con su verbo, disuelve toda la intriga. Castro, de 21 años durante el estreno, quizás era un oyente asiduo. Su conducta lo prueba: al fin ha hablado (y ha aparecido), luego de más de 4 meses de silencio acústico y casi de escamoteo visual. ¿Qué ocurrió en realidad? La prensa sensacionalista e irresponsable, esa que le hizo la vida un yogur a la desaparecida Lady Di, lo enfermó, lo agravó, lo mató y casi lo entierra. Los rumores, afición predilecta de aburridos, insensatos y sistemas de información y control social de países totalitarios, ocasionaron fiestas, brindis y una buena cantidad de dinero gastada en llamadas a Cuba, preguntando si aquí estaban celebrando también la desaparición del último de los mohicanos, es decir, el último de los caciques, y ahora, presto, aparece un presidente si bien algo envarado y vacilante al caminar, risueño, rosado (sólo en los televisores a color), chistoso y como siempre anti-yanqui. Rotundo mentís a la burla, a la hojalatería, al notición de buena tinta pero... aun cuando los periodistas dependientes de acá, esos inefables émulos del "Habla Moscú y Tass está autorizada a informar", mantuvieron un nervioso silencio (son personas, tienen familia y ya usted sabe, los chismes...), y ahora vociferan con entusiasmo renovado. Lo cierto es las cosas han cambiado. Para el que lo conoce y lo ha vivido (sobre todo eso), Castro no es el mismo, evidentemente está afectado, quizás enfermo. Su imagen lo confirma, su coherencia también, y si no es así, entonces los habitantes de la provincia de las Tunas debían sentirse muy ofendidos y dolidos al no contar con la supuesta gratificación de las palabras del comandante este 26 de julio. Si el presidente estaba perfectamente bien, entonces los tiró a birria, hiriente indiferencia a todo un año de supuesto esfuerzo y trabajo y sacrificio para lograr el (supuesto también) honor de que asignaran la sede de los actos por la fecha. Se cuentan con los dedos de la mano (y sobran dedos) las ocasiones en que Castro no ha usado la palabra en un 26 de julio, siempre con motivos explícitos. Y si el presidente está tan sano como un adolescente juguetón, entonces despreció olímpicamente a los 10 mil y tantos que dicen vinieron al XIV Festival de la Juventud y los Estudiantes, cuyo grueso, adláteres y testaferros incluidos, gritaron histéricamente en la ceremonia de clausura implorando sus palabras. Al margen de cumplir el protocolo que, como jefe de estado de un país con este tipo de sistema le corresponde en el evento, existen el antecedente del XI Festival de 1978. Ahora, los del lado de allá tendrán que chiflar bajito y apuntar sus cañones para otro lado, los más serios tendrán que renegar de sus opiniones forenses, en tanto los de acá, exultarán alivio, motivos, pretextos, excusas si no explícitas, implícitas, a nivel de pasillo. Mas, aun en este instante, luego de que nos hubieran hecho vivir "...la ilusión y emoción de un nuevo capítulo..." la realidad sigue siendo irreverente, conflictiva e irrefutable. En opinión de todos lo que lo vieron en las escasas ocasiones que se hizo público y lo sintieron en el pulso de las venas nacionales, ése que ninguna Seguridad del Estado puede controlar, el presidente está mal, muy mal. Castro es un hombre viejo, desgastado, abrumado, sin nada nuevo que decir y evidentemente incapaz de elaborar soluciones y aunque se niegue, el pueblo lo siente: está enfermo. Cuánto dura el estado terminal y las consecuencias del final predecible, eso nadie se atreve a pronosticarlo, ni siquiera yo. | ||
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