Julio 7, 1997

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El viejo Pita y el viejo Felo

Por: Manuel David Orrio
Especial para CubaNet
  

LA HABANA, julio - El viejo Pita y el viejo Felo trabajaron casi toda su vida en la habanera Quinta de los Molinos. Felo murió tras años de ver la decadencia del que fuera un hermoso Jardín Botánico, dirigido por el padre de mi lector miamense Jesús Verdecia décadas atrás.

La Quinta de los Molinos fue sitio de descanso de los Capitanes Generales de la otrora "siempre fiel Isla de Cuba", y residencia temporal del generalísimo mambí Máximo Gómez. Parte de historia del país, lo es también del anecdotario infinito de mi barrio, el Ensanche de La Habana. Generaciones enteras de esa vecindad ligan buena parte de sus vidas al macizo verde de sus bosques. Para los niños del reparto, es por tradición el primer contacto grande con la floresta. Sus padres los llevan, es casi un ritual. O los chiquillos van por su cuenta, a tumbar mangos.

Al filo de los 70 comenzó la pertinaz decadencia de la Quinta de los Molinos, más o menos coincidiendo con la salida de allí de la Escuela de Ingeniería Agronómica de la Universidad de La Habana. Por esos años, hubo llamados infructuosos de un elector de la localidad, José Olay Menéndez, en favor del rescate del lugar para fines históricos y culturales. En los 80, yo mismo pude apreciar la altura de las malezas en algunos sitios de ese pulmón habanero: 2 metros.

Pero la Quinta de los Molinos no sólo fue un bello Jardín Botánico. O, como es, un sitio de potenciales recreativos y culturales insospechados. También es lugar de tránsito. Enlaza el Ensanche de La Habana con el corazón juvenil de la ciudad, la zona de La Rampa, ahorrando al caminante su buen kilómetro. Quizás, por ello, las luchas entre los vecinos del Ensanche de La Habana y las burocracias de turno para que no se impongan barreras al postulado de Euclides, han sido no menos históricas que el célebre parque. Hacer difícil lo fácil diríase el propósito de los investidos, aunque siempre terminan por bajar la cerviz.

El viejo Pita y el viejo Felo supieron de ese imperio de lo decadente, tras dedicar sus existencias al embellecimiento de la Quinta de los Molinos. Padecieron la instalación de una candonga de artesanos --mercado salvaje-- la cual contribuyó al desbarajuste del otrora jardín. Consolaron sus almas con el proyecto La Madriguera, un intento cultural cuyos límites se mostraron tras la censura de la obra teatral La Piedad, primera puesta en escena dentro del país de un abordamiento crítico de la participación de Cuba en las guerras de Angola. El viejo Pita y el viejo Felo miraron con simpatía unos cursos más o menos privados de Marketing, Publicidad y Relaciones Públicas, los cuales duraron lo que un merengue en la puerta de un colegio. ¡Ah, la mordaza!

Desconozco la opinión de los dos venerables sobre la ultimilla de la Quinta de los Molinos, su último y triste destino: tumbadero de amantes gays, y sitio de prostitución de éstos. A altas horas de la noche, se han visto automóviles tripulados por extranjeros a la caza de homosexuales rentables. Hasta el asesinato de un Ganimedes hubo, sufrido por las hembras belicosas de mi calle con lujuria triste. De tan bello que fue el escanciador de Júpiter, perdonaron su conducta las deseosas, derretidas por la estampa de la víctima.

Claro, no todo es noticia dolorosa. El viejo Pita y el viejo Felo alcanzaron a ver el museo dedicado al generalísimo mambí Máximo Gómez y el área cercana a él decorosamente cuidada. Los padres del Ensanche de La Habana tuvimos la satisfacción de ver a los muchachos con recuerdos tan gloriosos tan a la mano. Rafael Armando Bravo Durañona, delegado al Poder Popular por el barrio, y hombre de pies planos, dio en la Quinta de los Molinos su espectáculo más o menos propagandístico, dulces y refrescos incluidos. Y los trompetistas de media Habana se habituaron a ensayar entre la floresta. Se les ve y oye diariamente, y hasta se puede dejar un mensaje para cualquiera de ellos en el sitio exacto de su estudio natural, nunca violado por otros soplatubos.

Las noticias positivas continuaron, hasta que el ilustre historiador de la Ciudad de La Habana, don Eusebito Leal y Espengler, ordenó o dejó de ordenar el pago de peaje para ingresar a la Quinta de los Molinos. Nada menos que un peso por sentarse a leer frente al Estanque de los Gusarapos, o arrebatarle un beso a la noviecita quinceañera a la altura del Jagüey de los Cuatro Pisos. De paso, la vecindad perdió el atajo gratuito hacia una de las escuelas primaria y secundaria de la localidad, y hacia la Universidad y La Rampa. "Ley del Vampiro", así llaman algunos vecinos al úcase eusebillo.

Por supuesto, en el Ensanche de La Habana ha perdido don Eusebito buena parte de su popularidad de eclecticismos gráciles. Hasta de Yamira se habla, la hembra leguleya, bellísima y cerebral que en uno de los tantos matrimonios del historiador le puso... las peras a cuarto. No lo digo yo. Cuentan las malas lenguas.

Por lo pronto, la batalla del pesito apenas ha comenzado. No se discute pagar la entrada al museo Máximo Gómez, pero se condena abiertamente el cobro del peaje quintero-molinesco, tan de tufo neoliberal. El viejo Pita y el viejo Felo no permanecen callados, aunque habite la tumba uno de ellos. Por eso escribo. Porque están junto a nosotros los vecinos del Ensanche de La Habana.

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