Julio 4, 1997 |
La promesa cumplida3 de julio de 1997 en El Nuevo HeraldDORA AMADOR | |
En un acontecimiento histórico, el cardenal Jaime Ortega establece un paralelo entre las primeras comunidades cristianas y lo que ha sufrido la Iglesia católica cubana.Primero fue la noticia, apenas creíble. Después las imágenes y el repique esplendoroso de las campanas de la catedral anunciando la misa al aire libre ante miles de cubanos en la histórica plaza, el domingo 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo. Y no sólo los que estaban allí presenciaron la realización de la promesa, para muchos milagro: el pueblo de Cuba entero lo supo a través de la radio, lo leyó en el periódico Granma, lo vio a través de la televisión en un spot de un minuto. Un minuto después de casi cuatro décadas de ausencia y de prohibición, de persecución de cristianos, de afanoso e inútil intento de desterrar a Dios del corazón de los cubanos. ``Esa Iglesia, que nace de la fe en Cristo Salvador, fue fundada para siempre. La promesa de Jesús habría de mantenerse: `El poder del infierno no la derrotará' '', dijo el cardenal cubano Jaime Ortega frente a la multitud que lo escuchaba en silencio. Tres veces en su magnífico discurso hizo referencia a la promesa, constatada este histórico domingo. Parafraseando el evangelio, el prelado cubano logró establecer un paralelismo entre la Iglesia de los primeros cristianos y la Iglesia cubana desde que Fidel Castro llegó al poder.Parafraseo ahora yo su lectura del evangelio aplicada a Cuba: ``¿Quién dice la gente que soy yo?'', le pregunta Jesús a Pedro. La respuesta, que se apoya en los comentarios y razonamientos de la gente incrédula que intenta de alguna forma explicarse el fenómeno inexplicable, escandaloso que es Jesús, es la respuesta misma que le escuchamos hoy a letrados, historiadores, periodistas, idólatras, comunistas, investigadores, encuestadores: ``Unos dicen que eres un profeta, que eres un sabio, un iluminado, un luchador por los derechos del hombre, un revolucionario...'', le contesta el apóstol. Y entonces Jesús le pregunta:¿Y tú, quién dices tú que soy yo? ``Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo''. ``Y tú eres Pedro. Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia''. A este intercambio de palabras fundacionales entre el Maestro y el discípulo, le llamó el Arzobispo de La Habana un ``diálogo que implica a todos los seres humanos, incluyéndonos a nosotros, lo que estamos ahora aquí''. ¿Qué quiso decir con esto? Que la comprensión del ser de la Iglesia, antes y ahora, sólo se da en el ámbito de la fe. El descubrimiento de la naturaleza íntima de la Iglesia, de su fuerza constitutiva, está en estrecha relación con la fe en Cristo. Por eso, aunque haya sufrido y sufra ataques extremos, revoluciones devastadoras, ``persecuciones abiertas o larvadas'', errores cometidos por los mismos cristianos, a pesar de todo eso, se mantiene en pie la palabra infalible de Jesucristo: ``El mal no derrotará a la Iglesia...''. Prueba: sus 2,000 años de existencia.Escuchemos hablar desde el mismo epicentro del totalitarismo ateo a un cardenal ferozmente criticado por un ignorante sector del exilio cubano. Rememora el prelado el martirio de Pedro y Pablo: ``Pablo, sereno ante la muerte porque está seguro de haber cumplido su parte en el gran proyecto de Dios. Pedro... un pobre galileo desconocido, que muere mártir en Roma y destrona espiritual y culturalmente a todos los césares... Esa es la historia de nuestro origen... una cadena de martirio hasta nuestros días y algunos milagros patentes, otros no tan visibles, pero no menos grandes. Amor, entrega, servicio, con miserias y pecados, y una promesa que se cumple siempre: `El infierno no derrotará a la Iglesia' ''.¿Habrá quien dude de la enorme carga profética que en aquella plaza tenían las palabras de un emocionado Jaime Ortega Alamino? Ese mismo domingo, aquí en Miami, apareció en este periódico una encuesta, otra más, sobre los cubanoamericanos. Ante la pregunta ``¿Qué efecto tendrá la visita del Papa en Cuba?'' La mayoría, según el sondeo, dijo que ``ninguna diferencia''. Pero mientras aquí se leía y comentaba la encuesta versada en política, economía, migración, allá en la Plaza de la Catedral de La Habana, resonaba la voz: ``Las respuestas que sirven para establecer estadísticas de opinión no valen para el Reino de Dios. Las mayorías matemáticas no determinan lo que es la verdad ni lo que es el bien... La respuesta no puede ser masificada, ni periodística, sino personal y en ella le va a uno la vida''. Es la diferencia entre lo que decía la gente sobre Jesús, y lo que repondió Pedro cuando habló desde lo más profundo de su corazón. Cuestión de fe. Jesús es el Hijo de Dios y Juan Pablo II, mensajero de la verdad y de la esperanza, como decían los cartelones de miles de jóvenes cubanos en la plaza de la catedral habanera. El heredero de Pedro, visitará la nación cubanapor eso oramos--, y su presencia y sus palabras serán de una importancia imposible de calcular, por una sola verdad: es la fe que arde en el corazón de cada cubana y cada cubano creyente, allá y aquí en el exilio. Esa fe nos revela que el que viene, es en nombre del Señor. ``Esta misa es el signo de algo nuevo que desde el anuncio de la visita del Papa empezó a vislumbrarse'', dijo el cardenal cubano. ¿Habrá quien dude del signo, habrá quien no vea ese ``algo nuevo'' que ya se vislumbra? Dentro de muy poco la imagen de la Caridad del Cobre visitará parroquias por toda la isla, y después de más de tres décadas de prohibición, se inician ya las procesiones por las calles. Sin triunfalismos absurdos ni esperando milagros, aunque creo en ellos, es necesario que ese exilio ``católico'' que critica a la Iglesia cubana (la Iglesia siempre es mucho más que un cardenal o un obispo), y ese otro sector también del exilio que hace planes para ``ir a evangelizar cuando llegue el momento apropiado'', recuerde que sin recursos, utilizando ``Biblias furtivas'', ``compartiendo el pan en las casas'', con un escasísimo número de sacerdotes y religiosas, sin acceso a ningún medio de comunicación, perseguida por el régimen, textualmente viviendo la experiencia de los primeros cristianos, las catacumbas, esa Iglesia no sólo sobrevivió estos terribles años, creció, se fortificó con lo único que se necesita: un puñado de hombres y mujeres llenos de fe, y ahí está hoy, como prueba fehaciente una vez más de que la promesa cristiana no falla.Copyright © 1997 El Nuevo Herald | ||
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