Julio 2, 1997

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Céspedes contra el dengue

Por: Manuel David Orrio
Especial para CubaNet
  

LA HABANA, junio - El periodista independiente Juan Carlos Céspedes anda por las calles de su Santiago de Cuba con la satisfacción de un deber cumplido: alertó a la opinión pública sobre la epidemia de dengue que azota la ciudad, mantenida en secreto por las autoridades sanitarias desde tiempo atrás.

Hasta donde el colega conoce, más de 500 enfermos ha habido en Santiago, y 11 muertos. Tanto Céspedes como sus cercanos colaboradores, la familia del Río Riverón --una buena parte de ella encarcelada por salida ilegal del país y disensión-- han conocido de distintas acciones represivas de la policía política por la participación de ellos en la trascendencia del secreto, según se conoció. Y cuidado, no les falte.

Como es conocido, sólo después de la noticia de Juan Carlos Céspedes las autoridades sanitarias cubanas admitieron el hecho y comenzaron a tomar medidas realmente serias para prevenir y controlar la enfermedad, tanto en Santiago de Cuba como en el resto del país. La simple cronología de los reportes así lo revelan.

El periodista independiente conoció prisión por su gesto cívico. Fue interrogado, y se intentó hacerle revelar sus fuentes. Aún está por saberse quiénes son los verdaderos responsables del ocultamiento, si las autoridades sanitarias en Santiago de Cuba o el gobierno del país. Por lo pronto, han sido destituidos dirigentes de salud pública de la localidad, y se especula sobre similar medida contra otros dirigentes santiagueros, declaró el reportero.

La batalla de Céspedes contra el dengue está dando un giro. Desde lo profundo del pueblo han surgido recursos de medicina verde que parecen efectivos para combatir la enfermedad. El periodista se ha dirigido hacia distintas instituciones para informarlo y demandar se estudien los mismos. Hasta ahora le han hecho el caso del perro, dice con su habitual parsimonia.

Según Céspedes, el remedio es una planta popularmente llamada terciopelo, cuya flor tiene forma de un bulbo, con su estilo de semillas negras, aquél de un color rojo que se va degradando hasta el blanco. Con esa flor seca y despojada de semillas se puede preparar una infusión, a ingerir cada tres horas.

No es objeto el profundizar sobre los antecedentes económicos, políticos y sociales de este brote epidémico en Santiago de Cuba. Otros ya lo hicieron, o lo harán. Razón por la cual vale meditar en esta oportunidad sobre una de las aristas más importantes del problema: quién ha cumplido su deber cívico, y quién no.

El dengue es una enfermedad de declaración obligatoria. El ocultamiento de un solo caso tiene responsabilidad mayúscula, y el encubrimiento de un brote epidémico es una abierta violación de las leyes nacionales e internacionales en materia de salud. Como bien señaló Céspedes, el secreto sobre semejante peligro nada tiene que ver con la situación del país ni con el diferendo entre Cuba y Estados Unidos. De ahí se deduce: sobre el Partido Comunista y el gobierno de Santiago de Cuba, en particular, y sobre las autoridades cubanas en general caen, como alud, grandes culpabilidades. De ellas sólo se libran con una profunda y pública depuración de responsabilidades. Y esto no es propaganda enemiga; es principio de rendición de cuentas de elegidos a electores. Pura constitución de la república.

Sean quienes sean los autores del ocultamiento, hubo cómplices. Muchos cómplices. En primer lugar la prensa oficiosa cubana. Una vez más, ella ha demostrado su incapacidad para velar por los intereses más generales del pueblo, para hacer carne y realidad ese principio constitucional de rendición de cuentas. Al mismo tiempo, y como nunca, se ha manifestado la contracultura del debate nacional en ese intento policiaco de desautorizar las crudas verdades del periodista independiente Juan Carlos Céspedes, tratando de hallar una "conjura enemiga", sustentada sobre las públicas posiciones políticas del reportero y la familia del Río Riverón.

Con independencia de un debate sobre socialismo y totalitarismo, sobre democracia y totalitarismo, el punto focal de un análisis ha de estar ahí, en la incapacidad públicamente demostrada de las estructuras de poder para proteger debidamente al pueblo. En ese contubernio de facto de la prensa oficiosa, con instancias del partido comunista, del estado y el gobierno. Fueron pues, los enemigos quienes salieron en defensa de la patria. Así es.

Por cumplir el servicio público de alertar sobre los peligros de Juraguá, el periodista independiente Olance Nogueras Rofes ha pasado por experiencias carcelarias similares a las de Céspedes. Por alertar sobre la crisis de Concilio Cubano, este cronista fue amenazado por opositores con hacerle víctima de una golpiza. A los tres, unos u otros han tratado de desacreditarnos en este o aquel momento. Pruebas palmarias son éstas del estado primitivo del debate en Cuba, de la profunda necesidad de libre expresión que tiene este país. Pero también son éstos, y otros muchos, testimonio de una realidad: la función social de la prensa cubana como vigilante celosa de los intereses populares está en manos de los periodistas independientes, hoy por hoy, pese a errores e inconsistencias. Para el Partido Comunista de Cuba el reto se define con una palabra: credibilidad.

Mi hijo Miguel David tiene 8 años de vida, y su medio hermano, uno. La madre de ambos, médica de familia, ya cuenta con instrucciones precisas de las autoridades de salud habaneras acerca de cómo obrar si la enfermedad se presentase. Detrás de esa postura oficial, está la noticia del colega Céspedes, guardando la salud de esos pequeños, entre tantos miles. Por ello, tras conversar de asuntos serios con el periodista y amigo, quedé con el remordimiento paterno de unas palabras olvidadas. Las apunto ahora: Gracias, Juan Carlos.


Los lectores interesados en comunicarse con Manuel David Orrio puede dirigir su correspondencia a: Requena #8 Apt. 4 (interior), entre Carlos III y Lugareño. Ciudad Habana 10600, Cuba.

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