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Vicente y otros veinte
Frank Correa
LA HABANA, Cuba, marzo (www.cubanet.org) - La crisis económica y social de Cuba, denominada por el gobierno periodo especial, ha situado a la locura entre los principales estados recurrentes de los individuos.
Jaimanitas, por ejemplo, a pesar de ser un pueblo pequeño, cuenta con todo un arsenal de enajenados mentales.
Miriam, una mujer de cuarenta años cuya demencia la detuvo en el tiempo, viste y se expresa como una colegiala. Su tema es realizar mandados imaginarios. Se le ve corriendo todo el día por la calle con una jaba en la mano, preguntándole a la gente si trajeron algo a la carnicería.
Dos hermanos, Pupy y Bali, abandonados por su madre cuando pequeños, luego de rodar por escuelas especiales sin resultados, ahora vigilan todo el día las mesas de la cafetería Porvenir, disputándose las sobras.
Elisa “la artista”, repleta de andariveles y con una flor artificial tras la oreja, sobrevive de las limosnas que le dan los transeúntes, a cambio de sus profecías.
Pastrana, un anciano enjuto y retraído, fue cuando joven profesor eminente que el gobierno envió a Camagüey con una brigada de macheteros a salvar la zafra de los diez millones. Luego del desastre económico, se le fundió el coco tratando de regresar a su antigua cátedra en la Universidad de La Habana. Hoy se le ve caminando a paso doble por la acera, recogiendo cabos de cigarros, sosteniendo un soliloquio intraducible.
Detrás de la cooperativa pesquera, en una casona destartalada a la orilla del mar que antes de 1959 fue una mansión de gente adinerada, habita un personaje trastocado que fue combatiente de la Sierra Maestra y estuvo muchos años en prisión. Vive completamente solo, pero de noche se le escucha reprender a alguien con rabia inaudita y lanzarle objetos.
Carlucho desmejoró tanto después que la Dirección Municipal de la Vivienda le quitara la casa para entregársela a un militar, que escogió el tema del tránsito para descargar su frustración. Consiguió un pito y una bandera blanca, Plantado en una senda de la Quinta Avenida intenta poner disciplina al neurótico flujo de autos.
Kiki, arrastrando sus pies descalzos sobre el pavimento, carga los balones de gas de sus clientes hasta el punto de cambio, por un buchito de café y un par de tabacos.
Elio bota la basura y limpia los patios de las casas a cambio de pilas inservibles, fosforeras descompuestas o un plato de comida.
Yoan desaparece de Jaimanitas durante meses; se aventura hasta lugares tan distantes como la Habana Vieja, o San Miguel del Padrón. Sobrevive con sus imitaciones vocales de saxofones y trompetas a cambio de meriendas que lo impulsan a municipios cada vez más lejanos.
Pero de todos los locos de Jaimanitas, Vicente es el más notorio. Viste regiamente y su hablar es pausado, con un vocabulario tan rico que supera ampliamente al de cualquier catedrático. A simple vista nadie sospecha que Vicente es orate. Ha colocado un catre en la misma entrada de la tienda recaudadora de divisas y ofrece a precios más barato que los del estado gorras, pantalones, camisas, maletines, pilas de agua, jabones, tazas de baño, zapatos, medias, útiles de cocina. Son productos que la gente pone en sus manos para revender, y en la transacción el loco se gana unos pesos. La policía lo ha cargado un par de veces, pero Vicente, con la parsimonia más grande del mundo les muestra su certificado médico, suelta una cháchara que deja atónitos a los agentes, y les increpa:
-Apúrense, que estoy perdiendo dinero.
En esta enumeración de perturbados no se incluyen la docena de borrachos que viven en los portales. Tampoco a los suicidas, que en el último año aumentaron considerablemente y parecían, hasta el momento del acto fatídico, personas en su sano juicio.
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