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Lo que no tiene precio
Laritza Diversent
LA HABANA, Cuba, marzo (www.cubanet.org) - Ernesto salió de Cuba hace treinta años, y no ha regresado. Sus amigos le cuentan que la situación es diferente ahora. No obstante, no tiene intenciones de volver a su patria. Las heridas no han sanado.
El tiempo no ha logrado borrar sus últimos días en Cuba. Los trámites ante las autoridades para obtener el permiso de salida. El pago de sus deudas, la pérdida de todos sus bienes. Pero así lo disponen las leyes revolucionarias.
“Medidas a tomar con los muebles o inmuebles, o de cualquier otra clase de valor, etc. a quienes abandonan con imperdonable desdén el territorio nacional”. Así reza el primer párrafo de la Ley 989 del 5 de diciembre de 1961, que dispone la nacionalización mediante confiscación de los bienes de los emigrantes. Decretos, instrucciones y acuerdos del gobierno hacen efectivo el estricto cumplimiento de la referida ley.
Ernesto no podía vender o donar sus bienes. Tenía que entregarlo todo al Estado, a cambio de nada. Para que se hiciera efectiva la salida del país tuvo antes que dejar completamente pagado el automóvil que el gobierno le confiscaría. El Comité de Defensa de la Revolución (CDR) le hizo un inventario de todo lo que tenía en casa: platos, tazas, cubiertos, sábanas, muebles, etc.
Días antes de la fecha de vuelo, el CDR le puso un sello a la vivienda, después de revisar que todo el inventario estaba completo. Tuvo que pasar por la policía y entregar la propiedad y las llaves del auto. Hasta su salida, pasó las restantes noches en casa de amigos.
El día del viaje, en la entrada del aeropuerto, el aparato detector de metales puso sobre aviso a las autoridades aduaneras. Notaron que Ernesto aun conservaba su cadena con la medalla de la Caridad del Cobre, el reloj y el anillo de casado. Lo llevaron a una oficina y le quitaron todo. Tuvo que escoger entre perder su vuelo o firmar un papel en el que constaba que cedía esos artículos voluntariamente.
Con sólo dos camisas, un pantalón y dos calzoncillos Ernesto reinicio su vida. No sólo partió de cero, volvió a nacer. No ha olvidado los juegos con sus amigos de infancia y el beso de su primer amor de adolescente. Sin embargo, esos recuerdos se minimizan ante el dolor de revivir sus últimos días en Cuba. Hoy siente que nada le pertenece en su tierra natal
Para el gobierno fue un simple acto de inventariar y confiscar. Para él fue perder todo lo que hasta entonces había ganado con su trabajo y sudor. Era “el castigo que merecía” por querer buscar oportunidades en el extranjero.
Pagó caro por algo que no tiene precio: la libertad.
laritzadiversent@yahoo.es
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