: Cuba: La libreta de racionamiento (II parte. Final) 
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La libreta de racionamiento  (II parte. Final) 

Oscar Mario González 

LA HABANA, Cuba, marzo (www.cubanet.org) - La etapa más difícil de la libreta se inició a finales de la década de 1990, coincidiendo con la caída del campo socialista. Por aquellos días desaparecieron muchos productos normados y el número de renglones alimenticios fijos, per cápita, se redujo. En la actualidad lo que le toca a cada ciudadano mensualmente es: 5 libras de arroz, 5 de azúcar, ½ de grasa, 1 de frijoles, 1 de pollo y 1 pescado. Otros productos de primera necesidad, como picadillo de soya, galletas de sal, jabón y detergente, entre otros, no tienen plazo fijo, y su distribución depende de “cuando vengan”.

Esta cuota mensual, así reducida, se mantiene vigente y su monto en valor está sobre los 10 ó 12 pesos, que equivalen a 40 ó 50 centavos de dólar, y alcanza sólo para 8 días, siempre que la persona sea de poco comer.

Coincidiendo con los inicios del periodo especial desapareció la cartilla de artículos industriales, y muchas tiendas se transformaron en comercios recaudadores de divisas. En
los actuales momentos el cubano tiene que hacer maromas, “inventarlas en el aire” para alimentarse durante las ¾ partes del mes que no se cubre con la cuota mensual.

El isleño, ducho y avispado desde siempre, pone a prueba su creatividad moviéndose por los vericuetos de la subsistencia; creando un rosario de posibilidades y habilidades para el “invento”, donde los más dotados, según la ley darwiniana, capean mejor el temporal, y los menos exitosos atraviesan por muchas dificultades. Así las circunstancias, para vivir se requiere violar la legalidad, y todos, excepto los mandamases, andan con un boleto de entrada a la cárcel o al cementerio. Pero así van tirando.

Dos años atrás la libreta se redujo a 20 páginas en una de las medidas más racionales tomadas por el gobierno, pues siempre me pareció alardoso e innecesario tantas hojas para tan pocas anotaciones; tanto rollo para tan poca película. Y deberían reducirla más aún, pues de acuerdo a lo que “dan” bien podría anotarse en un pedazo de cartulina.


En estos dos años y pico de gobierno de Raúl Castro, y en particular el año antepasado, se oyeron algunas voces desde “arriba” objetando la permanencia de la cartilla de racionamiento. Incluso el propio Raúl  dejó entrever alguna posibilidad de ello en su discurso de toma de posesión.

Yo, sin embargo, soy uno de los defensores del racionamiento. Cada aniversario de la libreta lo siento como el cumpleaños de un buen amigo. No me imagino qué hubiera sido del cubano sin el auxilio de algunos productos básicos para la alimentación y la subsistencia. Aún hoy, cuando lo que viene por ella se queda en una muela, es un auxilio inestimable para casi todos, y el único alivio para un segmento de la población no tan minoritario.

Sin la libreta Cuba sería un país de cadáveres. Pero como los gobiernos se legitiman con los vivos y no con los muertos, las autoridades tuvieron la precaución de implantar este invento propio de aquellas naciones marxistas y totalitarias. Dentro de la desgracia comunista el racionamiento ha sido un “paño de lágrimas”; un mal inevitable, y a la vez imprescindible e inherente a un régimen económico cuya máxima es: repartir lo poco entre muchos con una reserva especial para los más leales a la causa.

 

 

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