Gratuidad y maltrato
Moisés Leonardo Rodríguez
LA HABANA, Cuba, julio (www.cubanet.org) - La gratuidad de servicios como la salud y la educación, malentendida como algo que nos da el Estado, desvirtúa la realidad de que son los usuarios los que costean los mismos.
Ellos no son pagados en efectivo en el momento, pero si antes o después de recibirlos con parte de la plusvalía obtenida de nuestro trabajo por el Estado y los tributos diversos que, en nuestro caso, incluyen el 20% de las remesas enviadas desde el exterior.
Este erróneo enfoque conlleva a que muchos dirigentes, funcionarios y empleados públicos traten a los ciudadanos como si les estuvieran haciendo un favor. Estos individuos se sienten superiores a los usuarios, lejos de sentir que les sirven por encargo social, actúan como si les hicieran un favor desde su posición de poder. El trato adecuado, que debía ser regla, deviene excepción en estas condiciones anómalas.
Las medidas para paliar esta situación políticamente condicionada, incluyen la colocación de anuncios en los que se exponen los derechos de los consumidores y se les explica a quien dirigirse en caso de violaciones de ellos, en las tiendas y demás entidades que brindan servicio al público.
Coinciden muchos en que dichos murales juegan un papel similar al letrero con el llamado de “Proletarios de todos los países, uníos” que mostraba en su establecimiento el verdulero del libro El poder de los sin poder, de Vaclav Havel. Puro formalismo desprovisto de todo contenido real. Ideología en lugar de satisfacción de las necesidades de las personas.
El último intento de enmascaramiento del generalizado maltrato a los usuarios lo constituye el hecho de declarar a los centros laborales como “colectivo moral”. Dicha condición supone brindar calidad en los servicios, observar la ética en el trabajo, hacer sistemático el buen trato y brindar satisfacción a la población.
Puras quimeras si no se acompañan de la debida compensación a quienes brindan servicios y elaboran productos según lo demuestra ampliamente la práctica histórico social.
Muchos dirigentes y empleados públicos sólo cumplen con sus funciones, y en ocasiones van más allá de ellas, a cambio de sobornos. Aunque no ocurre esto en todos los casos, la tendencia es notable y creciente.
Atender ha dejado de ser un placer para convertirse en una carga. Ello se comprueba en la actitud de molestia con que nos reciben al llegar a un mostrador o a un buró, con el fin de ser atendidos.
En ocasiones se recibe un saludo formal, desprovisto de todo sentimiento positivo y una cara generalmente seria o con sonrisa forzada. A veces, algún que otro irónico enmascara su maltrato o desinformación bajo una sonrisa como “para que no te quejes”.
Ninguna esfera de los servicios escapa a este maltrato asociado a la supuesta gratuidad de unos y la subvención de otros. Salud, educación, tiendas minoristas, gastronomía y un etcétera tan largo como actividades diversas hay.
Es que los impertinentes usuarios roban el tiempo que los prestadores de servicios dedican a conversar con sus colegas, hacer llamadas telefónicas, escuchar música en sus MP 3, salir un momento a “resolver” o hasta incluso echar una siesta; actividades estas que forman parte de la jornada laboral del “hombre nuevo” formado por la revolución socialista.
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