El rey de la chispa
Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press
LA HABANA, Cuba, febrero (www.cubanet.org) - Reynaldo Pitaluga sueña con aviones. El rey de la chispa no deja de anunciar que “sí se puede” caer y levantarse en medio de una embriaguez, al menos, de la etílica.
Acompañado de un colega en alcoholes conocido por Popi, se adentra cada día en un corrillo de boliteros y vendedores furtivos que destilan miseria y bullanguería frente al café La dichosa, y se alza como un tentempié frente al río de turistas que desborda las aceras de la calle Obispo.
Alto y flaco como un pino, atildado en el vestir, tembloroso como una rama azotada por un vendaval, Reynaldo Pitaluga ha sido bautizado como El rey de la chispa por un séquito de alcohólicos que sobreviven a su sombra: mugrosos, sin hogar, y sin un centavo para comprar la “chispa de tren”.
Sentado como un tótem bienhechor sobre una bolsa de nailon colocada en la acera, le ofrenda su primer trago a Yemayá vertiéndolo sobre el suelo testigo de sus caídas.
El pomo plástico sacado de su cintura al mejor estilo John Wayne en La Diligencia, si no balas mortíferas como un Colt 38 o un Winchester, al menos carga chispa o caguín, tan letales como la dinamita.
Seguido por las miradas de perrito faldero que le lanzan Popi, Chepo el siete curvas y Beto pechón, el rey hace circular el pomo y comienza una y otra vez su historia hasta convertirla en muecas, según se adentra en el alcohol.
“A mí me jodieron” -dice, hipa y se balancea con los ojos saltando de los pantalones pelvianos de las jineteras, a los cuellos encadenados de los gerentes y los celulares de los gastronómicos.
“Me soltaron a que me fajara en medio de una selva y una guerra ajenas, cuando yo, con diecisiete años, sólo conocía los jardines de la Tropical y las batallas caseras por un pan”.
Lo mismo en Huambo que en Benguela fue un jorocón, balbucea y se da otro buche. “Y ni una bala me rozó. Sólo la onda expansiva de un obús y las entrañas de una angoleña me dejaron sordo de un oído y una sífilis intermitente”.
Eso sí, confiesa, lo apencaban un poco los aviones, las hijeputá de algunos jefes y no volver a Cuba. La botella se convirtió en su altar y cada buche en una oración. Las medallas que se ganó por el valor cuelgan del pico de una botella de whisky Johnny Walker que le regaló un tránsfuga portugués en el aeropuerto de Luanda.
La tarde avanza y Popi está desplomado. Los otros se han perdido en busca de algo que comer. La multitud aumenta por Obispo y muchos esquivan al dúo de borrachos que forceja en la esquina.
El rey, en un acto de equilibrio, sacude a Popi por la mugrosa chaqueta y grita enardecido:
-Levántate, Popi, camina y repite conmigo: sí se puede, te lo dice un hombre de experiencia.
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