Bocas cerradas
Raúl Rivero
Se llama Irene y es una superviviente del Holocausto. Fue una niña preciosa y atormentada. Es ahora una mujer que ha envejecido sin olvidar, en medio de una felicidad extraña, pero creíble, en una ciudad lejana. La otra noche, en la sala de casa, mientras volvían a la pantalla del televisor algunas escenas del horror de su infancia, despidió el reportaje sobre su vida con esta frase: «El camino de Auswitch está empedrado de silencio».
Esa oración, pronunciada casi dulcemente, apareció otra vez el viernes, en otro ámbito, en otra voz, con tonos y palabras diferentes, en Oviedo, en el discurso con el que la colombiana Ingrid Betancourt aceptaba su premio Príncipe de Asturias de la Concordia.
Ella, ya sabemos de dónde viene, hizo una advertencia contra el conformismo y la indiferencia. «Resignarse -dijo- es morir un poco, es no hacer uso de la posibilidad de escoger, es aceptar el silencio».
La señora Betancourt recordó que con esa posición se copia el comportamiento «de quienes miraron al silencio partir hacia el infierno y no hicieron nada».
Para muchas personas que conozco son muy importantes esos documentales históricos y esos premios de categoría universal. Son imprescindibles las resonancias de las palabras de esas dos mujeres. Viven con las quemaduras de sus sufrimientos y denuncian con serenidad el patrón de conducta de sus torturadores. Además, describen el daño añadido, las lastimaduras que producen en las lesiones, la mirada en el techo y los labios sellados.
Desde un punto peligroso que genera una variada intensidad de angustias y dolores, se reciben también -con menos ecos, a veces con ninguno- mensajes en contra del silencio.
Este es un recado de Elsa Morejón. Pregunta si alguien habla de su esposo, el doctor Oscar Elías Biscet, condenado a 25 años de prisión, en Cuba, en la primavera de 2003 por presidir la Fundación Lawton de Derechos Humanos. Biscet es un activista contrario a la pena de muerte y al aborto.
Llega esta esquela de Alida Viso Bello: «¿Se dice algo de Ricardo?». El periodista Ricardo González Alfonso es su marido y está condenado a 20 años de prisión porque escribía sin mandato y es el corresponsal de Reporteros sin Fronteras.
Yo les cuento que en Madrid, un tal Nicolás Maduro, tracatán de Hugo Chávez para las relaciones exteriores, descalificó a la oposición pacífica cubana, rodeado de personas que no dijeron ni esta boca es mía.
Y les recuerdo que hace unos días Felipe Pérez, canciller de la dictadura, dijo esta frase frente a su silencioso colega español: «En mi país no hay nadie preso por pensar distinto».
No me han escrito más. Allá se
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