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31 de marzo de 2008

Lino blanco y ojos de lince por la calle Corrientes

DIARIO LIBRE
 
Tom Wolfe suma 77 años pero aún se viste de bailarín de tangos y escribe novelas sobre la vida en las residencias universitarias. Estos días se deja ver en la Feria del Libro de Buenos Aires.

RAUL RIVERO

Martes

Wolfe y la sombra de Borges
Pasaban a cualquier hora, cualquier día, Jorge Luis Borges y la Kodama, Bioy Casares y Astor Piazzola. Ahora van, en el aluvión de amigos y curiosos, Tomás Eloy Martínez y Ernesto Sabato. El asunto es que a la Feria del Libro de Buenos Aires no le falten (no le han faltado nunca) anfitriones de la estatura de sus huéspedes.

Lo digo porque el encuentro ha recibido, desde que comenzó en 1975, a algunos de los más importantes autores de la lengua castellana y a decenas de escritores reconocidos de casi todos los países del mundo.

Este año ya empezó. Estará abierta 19 días y nadie duda que otro millón de lectores (como en 2007) regrese a La Rural, Predio Ferial de Buenos Aires, para escuchar conferencias, comprar libros, asistir a seminarios y encontrarse con autores de España, de Hispanoamérica y, en esta oportunidad, con la brasileña Nélida Piñón y el chamuscado Tom Wolfe, (Richmond, Virginia, 1931), sobreviviente de la hoguera de sus vanidades y que se presenta con una novela inédita en América Latina, cuyos personajes podrían ser sus nietos.

Habrá recitales de literatura oral, presentaciones de poetas como Luis García Montero, Adnan Ozer, Ana Marqués Gastao y Jacobo Rauskin. Estará el chileno Poli Delano y el mexicano Juan Villoro y una veintena de escritores de aquellas tierras. Ellos hallarán en la capital argentina un espacio para mostrar sus obras y acercarse, tocar y ver a los fidelísimos y raros integrantes de esa cofradía que no se deja seducir por el mando a distancia.

Algunos cronistas de la región creen que en esta edición de la Feria de Buenos Aires va a tener una función especial Tom Wolf, el llamado padre del Nuevo Periodismo norteamericano. Es un tipo arrebatado, polémico, que viene a jugársela con su tercera novela, Soy Charlotte Simmons (publicada en España en 2005 por Ediciones B). Unas 1.000 paginas sobre la vida de una joven tímida, virgen y provinciana que desciende en paracaídas en una residencia universitaria.

Y eso que Wolf, que ya debe de andar por la calle Corrientes vestido de blanco y con sus ojos de lince, según la rama más ortodoxa de sus detractores, está en la edad justa de escribir sobre la existencia humana en alguna residencia de ancianos.

Nélida Piñón, con la poesía de la memoria y una obra del tamaño de Brasil, debe ser otra presencia grata y atractiva en la reunión bonaerense. Desde su Guía-mapa de Gabriel Arcanjo y su trato familiar con Dios, la escritora tiene pase abierto para el lector de allá. Y para el de acá, donde le da otra vuelta a la llave del pedazo de Pontevedra que ha injertado en Río de Janeiro.

La Feria de Buenos Aires está abierta. El 4 de mayo le rendirá un homenaje al cantante y compositor Atahualpa Yupanqui por su centenario. Comenzó y es -debe ser- una fiesta para la cultura de ese continente donde hay tantos tipos empeñados -desde el poder y desde las sombras- en hacerlo todo más romo, violento y oscuro.

Miércoles

Ensayo sin cámaras

Hace unas horas enterraron en el cementerio Vista Memorial, de Miami, a Israel 'Cachao' López. Hubo buena música en la ceremonia fúnebre que le ofrecieron sus familiares amigos para despedirlo. Se escucharon dos danzones clásicos escritos por él: Isora y Africa viva.

Seguro que después, en algún sitio, Andy García, Willy Chirino y Lisset, Emilio y Gloria Stefan, Albita Rodríguez, Arturito Sandoval, Pancho Céspedes, Gabriel Abaroa, Omer Pardillo y no sé quién más, organizaron una descarga en seco, sin instrumentos.

Una descarga de artistas para recordarlo y, quizás, rematar la noche, ya tarde, con la historia contada por su hija, Maria Elena López, que un día antes de morir Cachao estaba cantando algo cubano con su sobrino.

«Era esa clase de persona», dijo la señora López, «que aún en su [mal] estado de salud siempre mantuvo su sonrisa. En su humildad, él mismo no sabía lo grande que era».

El actor Andy García le había enviado este mensaje: «Maestro, su música me ha acompañado toda mi vida y continuará hasta que nos volvamos a encontrar. Usted fue mi maestro y me trató como a un hijo».

El saxofonista Paquito D'Rivera dijo que «el legado de él no es sólo el de la calidad musical, sino el de la alegría. Fue una persona que sembró mucho amor, que tenía un extraordinario sentido del humor y eso lo reflejaba en su música. Que Dios tenga en la gloria a mi amigo Cachao».

D'Rivera explicó que el aporte de López a la música popular y bailable ha sido muy importante, pero que no se puede olvidar su trabajo en el ballet, la sinfónica y la opera.

La trascendencia de la obra de Cachao es conocida en los refugios de la realeza musical, en los barcitos de a dos por medio y así la reconocen los artistas de otras disciplinas, los clásicos y los aprendices. Sus piezas se quedaron en las oleadas de hombres y mujeres que disfrutaron y disfrutan de esos danzones dulces que Cachao convirtió (junto a su hermano mayor Orestes) en un delirio llamado mambo que Dámaso Pérez Prado ayudó a regar por el mundo.

Fue en España donde Cachao y Pérez Prado se vieron por última vez hacia 1962. Se lo contó un día en el club Tropigala de Miami al periodista Armando López: «No había ninguna rivalidad. Yo estaba en Madrid y me llamó a tocar con su orquesta. Pérez Prado venía de una gira por Japón y se le enfermó el bajista. Eramos buenos amigos. Nos dimos un fuerte abrazo. Yo había hecho el mambo con violines, él le agregó los metales y fue un éxito».

Guillermo Cabrera Infante lo admiró, lo quiso y lo entendió. Decía que, por lo menos, 34 integrantes de la familia de Cachao habían tocado el bajo en ciertos momentos de su vida. Dijo de esa tribu, dirigida el abuelo de Israel, que era un clan de locos por el bajo.

Al autor de Cine o sardina le gustaba recordar que el músico era un virtuoso y un compositor y arreglista de salir. Que tocaba la trompeta, el piano la celesta y el bongó. «Pero Cachao», escribió, «no es un hombre orquesta al uso. Su modestia le impide proclamarse par de Charley Mingus, el hombre que dio al contrabajo un aire de concierto. Así, es imposible, para atrapar a Cachao, atarlo a un solo instrumento. Aunque el contrabajo es su mejor trabajo».

Mientras su muerte le daba la vuelta a la tierra, en el país donde nació se publicaba una calamitosa nota tardía.

Quieren poner, sobre la vida y la muerte de algunos artistas importantes, una especie de capa de parafina, una seda inocente para disimular que salieron de su patria por la asfixia natural que produce una dictadura.

Por eso se fueron Celia Cruz y Generoso Jiménez. Por eso, salió Rolando Laserie y, por eso, Ernesto Lecuona está enterrado todavía en un tumba en Gate of Heaven, en Hawthorne, Nueva York.

Ahora ni ellos, ni Cachao, tienen que pedir permiso para entrar y salir del país que amaron y sirvieron. Ellos son libres y regresan cada vez que quieren sin pasaportes marcados por cuños de clausura y fecha de caducidad. Vuelven y pasan frente a las pistolas, los aparatos electrónicos y las mentiras de las matonesas del Ministerio de Cultura.

 

 
 
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