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26 de marzo de 2008

Cuba bajo la línea dura

JUAN CARLOS SANCHEZ

Lo que verdaderamente sorprende del resultado de las pasadas elecciones organizadas por la Asamblea del Poder Popular en Cuba --órgano supremo del Estado-- no es el hecho de que Raúl Castro junto a su vieja guardia haya sido elegido para regir los destinos del país, sino la celeridad con que la nueva ''cúpula raulista'' ha organizado este traspaso de poder, después de que Fidel renunciara de manera inesperada a sus cargos históricos.

Algo raro debe estar sucediendo en La Habana para que un hombre como Raúl Castro, de 76 años, cuya carrera política siempre ha transcurrido a la sombra de su mentor, tome a toda velocidad el timón de un proyecto en bancarrota y hasta se muestre partidario de organizar cambios de ''especial trascendencia'' sin la presencia de su hermano en la cabina de mando.

Se abre de esta forma el debate sobre el futuro de Raúl al frente de un gobierno que hace agua por todos partes. El doble asunto que se plantea es si el nuevo presidente tendrá a su avanzada edad tiempo suficiente y libre maniobra de decisión para asumir los cambios que se avecinan o será una simple marioneta en manos de su predecesor, cuya situación por otra parte es objetivamente desconocida.

Hay razones para preocuparse en ello a la vista de los inconvenientes que tiene el sucesor y la cúpula de antiguos dirigentes que lo acompañan --el promedio de edad de los siete jerarcas del Consejo de Estado es de 70 años-- para ponerse al frente de un país que pide en silencio y de manera pacífica un urgente proceso de transición bien hecho y bien distinto al proyecto estalinista que le impuso Fidel durante más de 49 años.

Con aire envejecido y rígido, incluso con un toque de dictador militar a pesar de ir de corbata a la toma de posesión de su cargo, Raúl Castro, quien encabeza el gobierno de la isla desde julio del 2006, tanto su nombramiento de comandante del ejército rebelde en 1958 --aunque no recibiera formación adecuada para el cargo (ni falta que le hizo)-- como su flamante carrera política se deben a su hermano: el comandante en jefe. Fue Fidel quien le encargó organizar las estructuras del Estado y el partido según los moldes comunistas orientados desde la antigua Unión Soviética y quien le colocó al frente de las fuerzas armadas de Cuba.

Siempre un paso por detrás, leal incondicionalmente a Fidel y al proyecto histórico que juntos apuntalaron, se ha mostrado siempre sumiso como ahora abrumado por todas las responsabilidades que se le vienen encima. Sin embargo, una cierta tendencia de comprometerse y de estar más cerca del pueblo contrasta en Raúl con la marcada frialdad de Fidel que paradójicamente nunca quiso que su sucesor participara en las decisiones trascendentales mientras él estuvo con las botas puestas.

¿Estará el nuevo jefe del Estado a la altura de las circunstancias? Hay razones para dudar de ello a juzgar por las tímidas y lentas medidas anunciadas por Raúl Castro durante su discurso de investidura cuyo único objetivo de momento satisfacer las necesidades básicas de una población, que ya está enviando señales de impaciencia a sus dirigentes.

Por su parte, los métodos radicales y autoritarios del gobierno continúan desatando la cólera de la disidencia política interna, aunque según los especialistas en sarcasmos patrios ésta no sea aún lo suficientemente numerosa para preocupar de momento al Comité Central del Partido ni tampoco para gozar del reconocimiento de organizaciones intergubernamentales como la Unión Europea, cuyo comisario de Desarrollo, el belga Louis Michel, durante su reciente visita al país no se dignara en preparar una entrevista con este colectivo y mucho menos en negociar con el gobierno de La Habana un principio de acuerdo para la liberación de los prisioneros de conciencia cubanos, así como el inicio de una nueva etapa política que garantice el respeto real de los derechos humanos y las libertades públicas y privadas en Cuba, como principio elemental de una sociedad que aspira a ser democrática.

La posibilidad de introducir verdaderas reformas por parte del nuevo gobierno es un proceso que puede llevar años, si no muchos años, y la especulación más lógica es que la línea dura del partido comunista tras la muerte cercana de su líder intente sucederse a sí mismo, en un desesperado intento de cerrar filas ante el desafío de los cambios que seguro vendrán.

Mientras tanto, el futuro de la transición en Cuba seguirá siendo una incertidumbre, tanto por parte de las versiones de encubrimiento y manipulación que lleva a cabo el nuevo gobierno de la isla sobre su inmovilista proyecto político, como por la falta de una voluntad real y de acciones diplomáticas conjuntas de otras administraciones internacionales que, ante un tema tan capital para los cubanos, le hacen el juego no sólo a La Habana sino también a sus propios intereses.

Con todo, dejar abierta la posibilidad de que el cambio de gobierno suponga a la larga la desaparición del mismo sistema que lo engendra también es legítimo. La solución fundamental consistirá entonces en ir cimentando durante todo este tiempo la cohesión entre todos los cubanos y preparando los procesos del mañana.

Periodista y consultor.

 

 
 
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