Lágrimas de honor
Adrián Leiva.
MIAMI, Florida, marzo, (www.cubanet.org) -El abandono de su equipo por parte de varios jugadores del seleccionado cubano de fútbol, centró la atención de los espacios noticiosos en días recientes. El hecho se produjo durante el certamen Sub 23 de la CONCACAF, con sede en Tampa, Florida. El golpe fue demoledor para las aspiraciones cubanas en la búsqueda de su clasificación para las Olimpiadas de Beijing. El plantel de Cuba perdió a varias de sus principales figuras claves, entre ellas el capitán del equipo.
Unos hablan de deserción y traición. Otros aplauden la decisión tomada por los deportistas, apreciando esto desde un ángulo político. En su comparecencia ante un programa televisivo de Miami uno de los futbolistas descartó este asunto cuando se le habló de este tema. El joven alegó que él no era político, evadiendo de de esta manera contestar preguntas acerca de la realidad cubana. Por otra parte la calificación de desertores solo tiene explicaciones dentro del contexto totalitario que vive la Isla. La aplicación de este término, fuera del ámbito militar, se puede entender solamente desde la óptica de un gobierno que ha politizado todos los espacios de la sociedad, incluido el deporte. El juramento que hacen las delegaciones de la mayor de las Antillas, cuando salen a competir a la arena internacional, son un ejemplo de esto.
Pero ni ellos ni los artistas u otros actores de la vida socio cultural del país, son realmente militares. Son individuos que poseen la soberana capacidad de realizarse en sus metas personales. No es la decisión de quedarse en un país, abandonar una delegación o la salida definitiva de su patria, lo que está en discusión. Más bien es la razón que conlleva a esta determinación drástica la que debe ser analizada.
A lo largo de la historia deportiva cubana han existido compatriotas que se han constituido en epopeyas del deporte internacional. Capablanca, Font, el Andarín Carvajal, Kid Chocolate, Martín Digo, Adolfo Luque y otros tantos en nuestros días. Todos brillaron desde el mundo para Cuba. Muchos firmaron contratos que les abrieron las puertas exteriores o fueron a competir sin trabas allí donde se les ofreció la oportunidad. Los que lograron esto antes de 1959 nunca fueron tratados como traidores. Ni siquiera el actual régimen de Cuba los deja de tener en cuenta dentro de la plantilla de las glorias cubanas. No ocurre lo mismo con las estrellas surgidas bajo el manto de la Revolución y que por una vía u otra han salido al exilio, un destino que debido a la coyuntura terminó siendo político por fuerza.
Sin duda alguna los últimos años 45 el deporte cubano ha alcanzado la manera gradual y sostenida lugares relevantes a todos los niveles. Por más de 30 años el pabellón cubano ha ondeado entre los diez primeros lugares del medallero olímpico. Este logro sin duda alguna pertenece al pueblo cubano. Pero el deporte, como todo en la Isla, no ha escapado a la influencia de la maquinaria política. Pero al margen de esta realidad en las estadísticas lo que cuentan son las medallas y no los sistemas ideológicos gobernantes.
Mas allá de enjuiciar la decisión tomada por quienes prefirieron aprovechar la oportunidad de realizar sus sueños en nuevos terrenos, queda una actitud que no mereció la mismo atención de la prensa y los medios de comunicación. Ella es la mezcla de amor y corazón deportivo brindada por el seleccionado futbolístico cubano que jugó a pesar de todo con dignidad y respeto. El postulado olímpico quedó en alto con la ejemplar actuación del equipo nacional el pasado 13 de marzo en el estadio “Raymond James” de la ciudad floridana de Tampa. Los jugadores salieron al terreno con más coraje deportivo que posibilidades reales de ganarle a la selección de Honduras. Con solo diez jugadores, incluyendo al lesionado Yasnier Rosales, retirado del juego minutos antes de finalizar el partido después de jugar magistralmente, hicieron todo lo posible por anotar y casi logran un gol en la portería hondureña.
Durante setenta minutos el equipo cubano defendió el cero a cero hasta que la supremacía numérica del adversario se impuso en el minuto 69 a través de Mervin Sánchez, quien rompió un marcador que sería ampliado en el minuto 76 con otro gol, este de Hendry Thomas. Un dos por cero que no demerita el valor de los perdedores quienes lucharon para lograr lo imposible. Es la actitud que les hace grande, por su propia naturaleza y no por razones ideológicas. Al finalizar el partido vi llorar a algunos de sus jugadores. Eran lágrimas que salían del corazón ante una derrota que para nada les deshonra.
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