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11 de marzo de 2008

Disidencia, periodismo, humor propio y vodka

Adam Michnik no es un loco que crea ser 'el gran Adam Michnik', héroe de la libertad polaca. Es demasiado lúcido para caer en esa trampa, para no contemplarse con distancia y humor propio

RAUL RIVERO

Martes

El color del terciopelo

Adam Michnik está feliz. En una esquina neutral de una mesa del famoso restaurante Rozana de Varsovia levanta una copa de vodka y dice que él pudo perdonar a los jefes comunistas que lo mandaron a la cárcel por seis años porque ellos, después, contribuyeron a que Polonia fuera libre. «So-so-so-sólo por eso», reafirma con sus rupturas involuntarias de tartamudo que le da un aire infantil a su polaco de alta velocidad.

Tiene 61 años y fue uno de los hombres claves en el camino de la democratización de su país; en un tiempo peligroso y oscuro desde la clandestinidad y la cárcel. Más tarde, lo fue en las mesas redondas, en las complejas conversaciones de los bloques de la sociedad. En los últimos años, en la silla de director del más influyente diario polaco: Gazeta Wyborcza.

Michnik es un tipo inquieto, con sentido del humor, agudo y crítico siempre. Tiene el vicio del viejo periodista de hacer dos, tres, cinco preguntas seguidas. Y la calma necesaria, la sabiduría del ensayista para responder con detalles, cifras y anécdotas cuando es él la víctima de una ráfaga de interrogaciones.

Cree en la prensa libre y abierta a todas las opiniones, a todos los grupos humanos y recuerda que su diario comenzó a crecer junto al sindicato Solidaridad en la lucha contra el totalitarismo, pero que nunca sus redactores se sintieron como un órgano oficial de esa agrupación.

El escritor cita dos párrafos que aparecieron, en 1989, en la primera edición del Gazeta: «Este periódico se ha creado como resultado del acuerdo de la Mesa Redonda, pero lo publicamos y editamos nosotros mismos, y somos los únicos responsables. Es cierto que tenemos nexos con Solidaridad, pero es nuestra intención presentar los puntos de vista y opiniones de la sociedad entera, incluyendo las tendencias opositoras».

Adam Michnik no es un loco de remate que se cree que es Adam Michnik. Ha establecido una distancia saludable entre su biografía de perseguido, líder disidente y periodista de renombre universal con el hombre que es. Tiene una propensión a burlarse de ese extraño sentido del patriotismo que el comunismo suele dejar en la conciencia de algunos hombres.

Lo importante es trabajar todos los días con honestidad y mirar hacia delante, dice desde detrás de una colina de tapas varsovianas; y el periodista Maciej Stasinski pone la frase en un castellano que crea la ilusión de que estamos en un restaurante de Madrid.
Lo que el director de Gazeta Wyborcza opina sobre el patriotismo involucra la línea editorial del periódico con su medio millón de ejemplares diarios.

Dice Michnik que su primer instinto es exigir la verdad y enderezar entuertos, mientras renunciamos a la venganza y a los privilegios de veteranos. «Nuestro patriotismo no es un palo contra los que sostienen un punto de vista diferente; no se debe usar como método de extorsión ni como fuente de consignas sobre la patria. Lo que precisamos es una reflexión a favor del bien común».

«Nuestro patriotismo», explica, «no respalda a cualquier partido político que quiera apoderarse del Estado, sea éste postcomunista o postanticomunista. Nuestro patriotismo es la firme convicción de que Polonia es la patria común de todos los ciudadanos».

A mí me gustó verlo activo y jovial, como cuando lo conocí, hace ocho años, en una Habana donde Michnik, que era libre y conocía bien las redes de esa sociedad, se movía con agilidad, entraba y salía a voluntad por lo que él mismo llama «los huecos naturales de todas esas redes».

Me contó ahora que antes de hacer ese viaje a Cuba en el 2000 llamó por teléfono al antiguo jefe comunista, el general Wojciech Jaruzelski, ya retirado y en salmuera en su casa. Le dijo que viajaría a la isla y le pidió un mensaje para Fidel Castro.

Entre otras cosas, el anciano administrador soviético de Polonia le recomendó a Castro, a través de Michnik, que negociara y hablara con la oposición para buscar un acuerdo pacífico mientras tuviera una buena cuota de poder. Después, podría ser demasiado tarde.
El periodista no pudo dar el recado porque el dictador cubano no lo recibió. Sin embargo, se lo contó todo a uno de sus empleados, el ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque. El sirviente escuchó las recomendaciones por boca de Michnik y reaccionó como es natural en esa categoría de funcionarios: con un ataque de ira y colgado de una cortina roja.

Ha sido muy importante ver a Adam Michnik otra vez y sentir cómo trasmite, sin proponérselo, su fervor por el periodismo y la libertad.

Lo recuerdo en los postres, a punto de salir con su chaqueta beige del Rozana hacia el invierno, con una frase que dejó caer en la puerta y que había escrito hace 10 años para Letras Libres: «La victoria exigió de nosotros imaginación, valor y cautela».

 

 
 
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