| DIARIO LIBRE |
 |
| Peso pluma, manos de oro, un golpe más veloz que el ojo |
 |
| Las manos de Tata Güines tenían con los parches de los tambores el mismo parentesco que los dedos de Bebo Valdés con las teclas de los pianos. Con ellas, llenó el jazz latino de un latido único y personal |
 |
RAUL RIVERO
Martes
Encuentros secretos
Tata Güines hablaba un español tuneado con vocablos de lengua africana, orfandad o confusión de eses, contribuciones de los solares habaneros y una incertidumbre general sobre la conveniencia de poner la erre o la ele. Por eso, cuando se le preguntaba cómo se entendía con el público que amaba su música en el mundo entero, el percusionista respondía: «Muy fásil, doy do o tre toques duro en el cuero y cuando la gente mira echo una risa y digo ¿queeeeé taaaarrrrrr?».
Y entonces seguía el diálogo con las manos. Con sus manos rápidas, pequeñas, invisibles sobre los tambores, con el timbre personal que le puso a esos instrumentos. El uso de la uña para sacarle melodía y una especie de pauta o cambio de ritmo con un golpe que nunca pudo captar el ojo humano.
El, un negro moro, «siempre en el peso pluma» -como decía su cuñado Juanito 'El Timba' Ortiz-, nació hace 77 años en el pueblo de Güines, al sur de La Habana, con el nombre de Arístides Soto Alejo. Regresó a su tierra esta semana como mismo salió, pobre y sin vanidades, pero convertido en una leyenda de la música.
Nadie le enseñó a tocar tumbadora, ni apareció en su infancia un maestro que le explicara la anchura exacta de la franja de tristeza y tragedia del guaguancó. Ni el lugar adecuado para el epicentro de la alegría que debe llevar la rumba y el paso de la conga.
En su casa de Güines debe de haber escuchado, primero, la campanilla para anunciarse ante los santos. Después, la música del tres de su padre y toda la bulla de sus tíos y primos, con quienes comenzó a trabajar en un sexteto de manigua, en plena adolescencia, mientras trataba de aprender a remendar zapatos para ayudar a la familia.
Antes de cumplir los 20 años, se puso el nombre de su pueblo y se fue a La Habana, unos 50 kilómetros al norte de Güines. Allí estaba ya -de bar en bar y de solar en solar- su único profesor reconocido, su amigo y ecobio, Luciano Chano Pozo, el hombre que se preparaba para viajar a Estados Unidos y ponerle el ruido de los tambores afrocubanos al puro jazz latino.
Con Chano aprendió a escuchar. Tocar ya sabía. Siempre supo. Los parches de los tambores y las yemas de sus dedos finos tuvieron un parentesco como el que tienen los de Bebo Valdés con los teclados de los pianos.
Para acompañar su gloriecita final, uno se siente tentado de escribir que trabajó con Dizzy Gillespie en Nueva York, en el Waldorf Astoria. Con Miles Davis, Chico Ofarril o el canadiense Maynard Ferguson... Pero Tata Güines vivía muy atareado con el presente para pensar en el pasado. Encontraba su forma privada de trascender en una descarga entre amigos o con los jóvenes percusionistas que iban a sus clases magistrales, una mezcla de golpes en el cuero y relatos de viajes llena de humor y picardía.
Tata Güines sabía también convertir en pieza popular los latidos de la ciudad viva con los estribillos que la gente quería corear por el llano placer del ritmo o con letras de mensajes diversos, como Perico no llores más.
En los 80, en Cuba, nadie usaba sombreros de paño más grandes que los de Tata Güines, ningún criollo tenía en su muñeca un reloj con más agujas y no había cubano que tuviera el valor de vestir camisas como las suyas para salir a que la gente lo abrazara en la calle y lo recibiera con cariño en cada esquina.
Así es como él quería presentarse ante los misterios del panteón yoruba. Sin aires de virtuoso. Como un gozador que acepta las reglas. Un hombre bueno, un pecador arrepentido de algunas desmesuras, con las manos gastadas de darle alegría y ritmo a las vidas de sus hermanos.
Jueves
Nadie se llama Rosamel
Moisés Filadelfio Gutiérrez no utilizó ese nombre para firmar su primer libro: Poemas lunados. Lo publicó en Santiago de Chile, en 1920, y dedicó los tres años siguientes a recogerlo, a exigir a sus amigos que le devolvieran los ejemplares y rogarle a los más cercanos que se olvidaran para siempre de los poemas del cuaderno.
Lo único que conservó del libro fue el seudónimo, Rosamel del Valle, una síntesis del nombre de la mujer a la que amaba (Rosa Amalia del Valle), y con él pasaría a la historia de la literatura chilena como uno de los poetas más importantes del siglo XX.
Ya nadie lo duda. Sus libros de poemas se recuperan, se estudian, se debaten, y sus novelas encuentran otra vez editores, al tiempo que se reconstruyen (y, desde luego, se distorsionan) las anécdotas de una bohemia que, con estas temperaturas de la irreverencia, parece juego de escolares tristes.
Así se le puede ver, en los años 30, junto a un grupo de amigos, en una lectura de versos en una estación de trenes santiaguina, después de cumplir una jornada laboral como linotipista en una imprenta pobre del barrio de Mapoche. Enseguida se le ve con una cámara de 8 milímetros detrás de Allen Ginsberg y los poetas beatniks por Nueva York y en francachelas hasta el amanecer los dieciochos de septiembre (Fiestas Patrias) con su apartamento lleno de chilenos escandalosos.
Estaba en la Gran Manzana desde 1946 como empleado del Departamento de Publicaciones de la ONU. Dos años antes había publicado Orfeo, su libro más importante y emblemático. Para esa fecha se había abierto un espacio con otros tres libros: Mirada, Poesía y País blanco y negro.
Rosamel del Valle fue también, desde su tiempo en Santiago de Chile, reportero y cronista. Publicó un libro de cuentos, Las llaves invisibles. Escribió dos novelas, Eva y la fuga y Elina, aroma terrestre, que se publicaron después de su muerte, a los 64 años, en septiembre de 1965. En los años 50 publicó otros tres libros de versos y un ensayo sobre su compañero de generación Humberto Díaz-Casanueva.
El poeta Leonardo Sanhueza, un verdadero conocedor de la obra de Rosamel del Valle, comenta el porqué del creciente interés por su obra: «Me parece que su poesía es más actual que cualquier otra, porque pone al hombre por encima de todo. [Vicente] Huidobro dice: 'Hay que crear un poco de infinito para el hombre'. En cambio, Rosamel escribe que el hombre se quita un poco de infinito cada vez que se afeita. Esa es la diferencia, lleva el infinito dentro de sí».
La obra de Rosamel del Valle, no hay que olvidarlo, creció en un Chile en el que escribían bajo las mismas noches para aplazar la muerte Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Nicanor Parra, Vicente Huidobro y Humberto Díaz-Casanova.
El último libro que publicó en vida, en 1963, es un pequeño cuaderno de prosa poética que se llama El sol es un pájaro cautivo en el reloj.
A los lectores no nos importan mucho las escuelas. Se dice que Rosamel del Valle hubiera sido surrealista aunque no hubiera existido André Breton, y que, de todas formas, está presente en la vanguardia. Estos cuatro versos de Orfeo enseñan el tono de su voz: El hechizo está naciendo siempre, la boca arroja nuevas llamas. / Donde hemos separado la cabeza es sólo una puerta abierta. / Y si todo recomienza, todo debe seguir. / Yo soy el Tiempo y crezco en las noches como las enredaderas.
|
 |
|