Opinión           IMPRIMIR
4 de febrero de 2008

La izquierda y la democracia en Cuba

Nota de los editores

El siguiente trabajo forma parte de la ponencia ¿Qué se puede hacer?: Democratizar el Socialismo cubano socializando la democracia,  de los Licenciados Carlos Manuel Estefanía (carlos.Estefanía@yahoo.es) y Henrik  Jesús Hernández, (henrik.hernandez@yahoo.se), redactores de la revista Cuba Nuestra, de Estocolmo.

La ponencia  fue enviada por sus  por sus autores, desde Suecia a Cuba,  vía Internet,  el 19 Sep 2007 00:50:07 para ser presentada en el foro. “El Futuro de la Nación: Diálogo Alternativas y Propuestas”, convocado por la Concertación Pro Diálogo y Reconciliación que conforman el Partido Solidaridad Democrática, liberal, y la coalición socialdemócrata Arco Progresista.  También apareció publicada, en dos partes,  en el periódico La Primavera de Cuba (http://www.primaveradecuba.org/ ) en sus  números 8 y 9

Teniendo en cuenta que el texto ha sido comentado por el periodista independiente Luis Cino en su artículo Socializar la democracia, publicado en Cubanet el 21 de enero de 2008, y que varios lectores se ha dirigido a  los autores, preguntando por su contenido, Cubanet, a pedido de los autores, ha decidido publicarlo en nuestra sección de Opinión.

La izquierda y la democracia en Cuba

La clave del fracaso  

Estocolmo, Suecia - Nuestra historia nacional ha sido la historia de un fracaso, la decepción de un proyecto nunca terminado de construir, un sistema de administración pública que sea capaz de garantizar la justicia social y el bienestar material para todos. Cabría preguntarse: ¿Por qué no ha sido posible evitar el fiasco?  Tal vez podríamos responder  parafraseando a Juan Gualberto Gómez cuando más de un siglo atrás decía con respecto a los movimientos separatistas: “en realidad de verdad eran movimientos casi importados”. Pues es en la “importación” –no en la asimilación- de experiencias extrajeras donde está  la clave de la frustración de tantos intentos cubanos para  alcanzar la democratización y la prosperidad.  En otras palabras;  hemos copiado o dejado introducir modelos demasiados ajenos a nuestro marco cultural y social, ya sea desde la vieja Europa, Washington, Moscú, y  tal vez mañana desde Pekín con su “socialismo de mercado”  apenas diferenciado del régimen corporativo fascista. Nuestra originalidad se ha perdido al seguir corrientes exteriores.   

De lo que partimos 

Hoy tenemos un sistema unipartidista, el cual algunos pretenden sustituir por otro pluripartidista que ya conocemos. Ambos fueron importados  y encajan en la evolución política seguidas por otros estados nacionales. Preguntémonos honestamente: ¿resolverá el pluripartidismo los problemas, que el unipartidismo vigente actual no ha resuelto? ¿Serán los partidos (hablando de pluripartidismo) capaces ahora de lograr la  igualdad política ciudadana y  la distribución justa de los bienes y riquezas que no lograron antes del 59? Nuestra repuesta es no.  

Tanto el Partido Único, como un espectro amplio de partidos terminan por generar una casta burocrática profesional, que hace del servicio al pueblo en un modo de vida, con todo lo que implica la institucionalización de una ideología, un cuerpo de ideas que al final termina siendo traicionado. Así lo vemos en Suecia,  por ejemplo, donde los  partidos poéticos enfrentados al reto de la globalización, eligen un populismo barato para seguir viviendo del juego político, sacrificando los valores de sus programas, donde la socialdemocracia termina siendo portadora de un socialismo de carácter étnico, apenas solidario con el trabajador extranjero, mientras que el liberalismo oficial, hace propuestas nacionalistas que excluyen del derecho a la ciudadanía al inmigrante que “no sepa bien el idioma” del país.

Al final los partidos políticos colocan  las estructuras estatales que dominan, directa o indirectamente,  en función de los intereses económicos de sus élites y clientelas, aprovechándose del rol mediatizador que ocupan entre el elector y la soberanía nacional. He aquí una fuente  generadora de corrupción y alienación del ciudadano con respecto al poder. Podemos decir con respecto a los partidos en general lo que expresó Juan Gualberto Gómez en relación al partido Unión Constitucional:  “Esa agrupación, por tanto, pude considerarse como positivamente vencida por los acontecimientos y anulada por la realidad”  Lo que necesitamos es hacer del llamado Poder Popular un auténtico PODER POPULAR,  liberarlo , no sólo de la nefasta  interferencia que ejerce sobre el las estructuras nacionales del partido comunista, sino incluso de aquellas leyes no escritas que operan en la conciencia de sus diputados y que  frenan en las asambleas locales, municipales, provinciales y nacionales  la auténtica manifestación de la voluntad popular. Sólo entones sus mecanismos de participación habrán superado definitivamente las posibilidades de esa concepción decimonónica, que es la de los partidos y el modelo liberal que le acompaña, que coloque con la menor cantidad de intermediarios posibles y mayor transparencia al Estado y la Economía bajo control popular. La consigna será pues, frente al actual estado de cosas: Ningún poder al partido, ni a los partidos. Todo el poder al pueblo. 

Consideramos, sin ningún tipo de chovinismo nacional, que en lugar de seguir importando ideas, nuestro deber es fundar y practicar, a partir de nuestras actuales premisas un sistema de dirección inédito,  elaborar un modelo de participación que constituya un verdadero aporte a la evolución política de humanidad, colocando, como nunca antes en la historia,  las riendas del poder estatal en manos  de los ciudadanos. Impidiendo  así que tanto la tecnocracia como la dirección partidistas tengan que decidir por el ciudadano, contraviniendo los intereses de este. 

Cuando planteamos que no deseamos un sistema multipartidista, en sustitución del partido único, lo hacemos a partir de la crisis de este sistema, comenzada en la Europa del siglo pasado y que hoy alcanza a nuestro continente,  es esa misma crisis la que generó sistema fascista en Italia, el nazismo en Alemania, la internacionalización del bolchevismo primero y el estalinismo después, alcanzando ayer a nuestra patria y luego a Venezuela. ¿Porqué dar un paso atrás retrocediendo a los orígenes del mal?  

Al criticar el sistema de partido, no cuestionamos el derecho de los electores a  coordinar las ideas –lo que facilita la Internet- o que se creen corrientes de opinión. Los que cuestionamos es que surjan estructuras políticas, con intereses propios,  supuestamente destinadas a promover esas ideas y cuyo éxito dependerá más del acceso y empleo de recursos financieros y económicos, que del peso heurístico de esas mismas ideas. 

Entendemos  el rechazo radical  de muchos cubanos  a todo lo que se parezca al actual sistema político imperante en la isla,  que esté en la búsqueda de referencias foránea. Pero ante la crisis que nos afecta, no debemos botar,  junto al agua sucia de la bañera al niño. Debemos reconocer que contamos con estructuras, y una cultura política  que minimamente recodificada, podrían ser puestas bajo el control del pueblo, resultando así mucho más democráticas, no sólo que las que existieron en el llamado “Socialismo Real” sino también que aquellas que imperan en Estados Unidos y  Europa, incluso en Suecia, país de tan buena fama internacional en el que vivimos.  

El sistema político cubano una vez liberado de la hegemonía del partido y sustentado sobre la soberanía popular, garantizaría desde nuestro punto de vista la más plena democracia, el camino más rápido hacia ella sería pues, reformar ese sistema  perfeccionándolo en función de los intereses de la población; esa es la tarea prioritaria de la izquierda cubana.   
 
 
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