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Para vivir
Rafael Ferro Salas
PINAR DEL RÍO, Cuba, enero (www.cubanet.org) - Reinaldo Castillo se levanta cada mañana bien temprano y sale de su casa a realizar su trabajo. Vive con su esposa y tres hijos pequeños. Labora como barrendero en las calles de esta ciudad.
Marta López Romero camina seis kilómetros desde su casa al lugar en el que se desempeña como moza de limpieza. Cerca de ella vive Lázaro Herrera González, labora como mecánico y camina lo mismo que Marta para llegar a su centro de trabajo.
Estas personas, al igual que otros cubanos, trabajan y el salario que reciben apenas les alcanza para alimentar a los suyos. El sueldo medio en Cuba es de 250 pesos, y la moneda nacional compite en la calle con otra equivalente al dólar americano, el CUC. Los productos esenciales se adquieren en tiendas donde las compras se hacen con esta moneda de nuevo tipo.
Para Reinaldo Castillo adquirir unos dólares y comprarles algo de ropa a sus hijos, significa dejar de comer.
“Mi mujer y yo podemos privarnos de comer en ocasiones para poder comprar algo para los muchachos pero a ellos no podemos hacerles eso, son niños. Yo gano 250 pesos y para adquirir un CUC tengo que entrega 25 pesos cubanos. Si un pantalón para uno de mis hijos cuesta en la tienda por divisas 14 dólares, ya tengo que ir pensando en dejar de comer por un tiempo para vestir a ese hijo mío”, dice.
Muchos cubanos enfrentan también una situación difícil a la hora de comprar los alimentos básicos. En la isla se distribuye una canasta familiar por medio de una tarjeta en la que se controlan las entregas; los alimentos que no se incluyen en esa libreta hay que comprarlos a precios muy altos en el mercado clandestino o en las tiendas donde las ventas están dolarizadas.
Hasta finales de los años ochenta Cuba era el principal destino de los productos del llamado Campo Socialista. Había facilidades en los precios y los intercambios entre gobiernos, la Unión Soviética estaba al frente de ese campo y era el abastecedor principal del régimen cubano. A principio de los años noventa cayó el campo socialista y todo cambió para mal en la mayor de las Antillas. Se manifestó la crisis total en casi todos los sectores del país; la construcción, el transporte y la agricultura colapsaron cambiando la vida de los habitantes.
El éxodo se convirtió en orden del día. Las gentes salían del país en masa y sin permiso, a todo riesgo por las costas y a merced de la suerte. También abandonaban los centros de trabajo al sentirse poco remunerados respecto a los salarios recibidos en comparación con las ofertas en la calle. Hasta el día de hoy, el Estado no encuentra una fórmula para el equilibrio justo y de esa manera romper la enorme brecha que existe entre los cubanos que tienen algo y los que nada tienen.
El Estado cubano se involucró en una campaña de electrificación a los hogares de la isla. Se vendieron módulos para la cocción de alimentos, refrigeradores y aires acondicionados, aumentando el nivel de endeudamiento en las gentes mucho más que el de vida.
Lázaro Herrera González: se refiere al hecho:“El Estado nos obligó a cocinar con electricidad al quitarnos el gas licuado. Todos tuvimos que comprar los módulos eléctricos y el salario no da para pagar eso por crédito. Es como una broma de mal gusto que nos hicieron Por una parte nos vendieron los equipos para cocinar y por la otra nos dejaron sin tener que echarles adentro para poder comer. Los que trabajamos nos quedamos casi sin dinero para la comida a la hora de cada cobro a fin de mes”
La realidad es que en Cuba las gentes enfrentan la escasez y las limitaciones de opciones buscando alternativas de riesgo en todos los sentidos, teniendo en cuenta que las prohibiciones se han convertido en compañeras de viaje en la ruta que emprendemos todos para vivir.
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