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Gracias por el regalo de una larga vida
Miguel Saludes
MIAMI, FL, enero, (www.cubanet.org) -El pasado 29 de diciembre falleció
en La Habana Ramón Junco Sterling. Dios escogió una
fecha significativa para llamarle. Su partida coincidió con
la fecha en que el calendario católico recuerda a Santo Tomás
Becket. Este modelo de santidad tiene puntos comunes con quien llegó
a ser persona de confianza absoluta en la iglesia cubana, reconocimiento
avalado por los dos purpurados que ha tenido Cuba. Discreción,
fidelidad, obediencia, bondad, respeto y constancia en la fe, eran
otras cualidades que le distinguían.
Su cuerpo fue velado en el mismo barrio que le vio nacer hace más
de un siglo. La despedida tuvo por escenario el recinto de la Iglesia
del Espíritu Santo. Allí trabajó como archivero
y sacristán desde 1946, aunque su vínculo con el sagrado
lugar era muy anterior a esa fecha. Su padrino le había precedido
en el cargo que ocupó mientras un célebre huracán
azotaba la capital. Desde ese día el templo habanero casi
se convirtió en el hogar de este hombre de fe probada.
Ante el presbiterio del Espíritu Santo, al que consagró
su larga misión seglar, recibió tres misas de cuerpo
presente. El domingo 30 fue enterrado en el panteón de la
parroquia. Momentos antes el Cardenal Jaime Ortega y los obispos
auxiliares celebraron una misa cantada. El féretro fue llevado
en hombros hasta el carro fúnebre. Monseñor Alfredo
Petit tuvo a su cargo el responso en la capilla del Cementerio de
Colón. Allí entonaron el Salve Regina en latín
y otros cantos. La última oración sobre la tumba fue
hecha por el propio Arzobispo de La Habana. El entierro, efectuado
en el marco que la Iglesia Universal dedica a la Familia, fue descrito
por los presentes como una ceremonia sentida, conmovedora e imponente.
Ramoncito lo merecía por tanta fidelidad y dedicación.
Vivió su vocación frustrada de
sacerdote junto al sacramento del matrimonio. Padre y esposo ejemplar,
cumplió a cabalidad sus responsabilidades en el hogar y en
las cuestiones eclesiales. Estas últimas eran prioritarias
para él. Ni siquiera la edad avanzada o las enfermedades
le impidieron cumplir con esos deberes. Es cierto que contó
con la bendición de una salud envidiable. Con orgullo guardaba
dos cálculos renales expulsados sin necesidad de medicamentos.
Tenía entonces 40 años. El pinchazo de una inyección
llegó cuando contaba medio siglo.
Ramoncito se lleva una existencia plena de historias interesantes.
A veces hacía uso de una excelente memoria dejando entrever
lo que atesoraba en ella. Narraba acontecimientos que se remontaban
a los tempranos años de la República. En su paso por
la vida se cruzó con destacadas personalidades. Juan Gualberto
Gómez, Ramón Grau San Martín, Eduardo Chivás,
Fidel Castro, Pepín Rivero, Lezama Lima, Alejo Carpentier,
Gastón Baquero, Gonzalo Roig, Olga Guillot, fueron algunas.
Dentro de la Iglesia Cubana conoció a los Cardenales Manuel
Arteaga y Jaime Ortega, a la mayoría de sus obispos e innumerables
sacerdotes. La impronta de muchos de estos religiosos quedó
grabada en su mente. Entre todos distinguió a Monseñor
Ángel Gaztelu, a quien dedicó una entrañable
amistad.
Otros hubieran sacado partido a tantas experiencias y remembranzas.
Nada más fácil que volcarlas en un manuscrito. Eso
está de moda. Pero Ramón prefirió guardar eternamente
todos sus recuerdos indiscretos, manteniendo en hermética
reserva aquellos sucesos comprometedores para terceras personas.
En especial evitaba dar testimonios que consideraba dañinos
para la iglesia. Cuando alguna conversación caía en
zonas que estimaba peligrosas, simplemente daba por terminada la
tertulia.
Si no dejó escritos, parece que con la música ocurrió
algo diferente. Al menos una vez confesó haber compuesto
cuatro misas. Era algo personal que no creía digno de dar
a conocer. Por ello tal vez esas piezas, que pudieran inmortalizar
su nombre, se hayan perdido. Pero Ramón Junco solo concebía
la perennidad desde la dimensión cristiana. No buscaba reconocimientos
particulares. La Providencia, previendo su sencillez extrema, hizo
algo para que su figura se mantuviera indeleble cuando ya no estuviera
físicamente. Dejó que de manera casual descubriera
los restos venerables del Obispo Jerónimo Valdés,
desaparecidos durante siglo y medio. Un deseo ambicioso que no pudieron
colmar destacados investigadores quedó destinado a Ramoncito.
La historia del hallazgo ocurrido en 1936 no podrá ser hecha
sin referencias a su persona.
Durante mucho tiempo la gente que le conocía se preguntaba
cual sería el límite que alcanzaría su edad.
La respuesta nos llegó casi al finalizar el 2007. La respetable
cifra de 102 no pudo ser rebasada. No volveremos a ver al sacristán,
siempre vestido de traje, saludando con el gesto elegante de su
mano o una leve inclinación de cabeza, a todo el que pasaba
frente al umbral de su querida Iglesia. El órgano del vecino
santuario de La Merced debe estar extrañando los puntuales
acordes de sus ancianas manos. Ciertamente vivió una larga
vida, pero es triste que no esté más. Hay longevidades
que se agradecen. La de Ramón Junco Sterling es un ejemplo.
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