Opinion           IMPRIMIR
3 de enero de 2008

El oportunismo de apoyar malas causas


Míguel Saludes


MIAMI, FL, enero (www.cubanet.org) Lázaro Barredo ha vuelto a revivir el libelo sobre el Camaján. Numerosas voces libres se levantaron en la Isla para responder este nuevo ataque, nada heroico, hecho desde una tribuna que no admite la réplica. Los argumentos utilizados en la obra original atribuida a Arleem Rodríguez Derivet y el propio Barredo, reaparecen para debilitar a los críticos del poder. La insistente machaconería de presentar al sistema como un modelo de libertades resulta cada vez menos convincente. Tampoco sirve seguir desacreditando figuras de la disidencia y tratar de cubrir verdades que están a la vista. Afirmar que las denuncias sobre el presidio cubano son injustificadas y quienes lo sufren gozan de plenos derechos otorgados por el sistema penal revolucionario, además de ridículo, resulta vergonzoso.


Justificar lo injustificable, defender injusticias, acallar verdades y ofender al que no puede defenderse, es la función de los voceros oficiales. Barredo Medina no es el único, pero sí es uno de los más aventajados en estos menesteres. La forma en que el director de Granma vierte su vitriólica diatriba contra los opositores, en especial Elizardo Sánchez Santacruz, asemeja a la actitud de un fiscal castrense. Basta mirar la pequeña biografía del candidato a diputado por el municipio Calixto García, en Holguín, para comprender la razón. Desde 1960 hasta 1969 estuvo destacado en las Fuerzas Armadas. De esa institución salió directamente a laborar en la corresponsalía del diario Juventud Rebelde, primero en Matanzas y un año mas tarde en la antigua provincia de Oriente. Aunque no explica en que momento realizó los estudios de periodismo, se supone que esa fue una de sus ocupaciones dentro de la entidad militar. De ahí la imagen de uniformado que proyecta en la Mesa Redonda.


El esfuerzo no ha sido vano. Subdirector de Juventud Rebelde, de la comisión de relaciones exteriores de la ANPP y Vicepresidente de la UPEC, hasta llegar a dirigir el órgano principal del Partido Comunista. Una carrera vertiginosa la del ex columnista del periódico Trabajadores. Tal vez fueran decisivos para el ascenso los artículos que colocara en las páginas de ese rotativo. Los escritos del periodista se caracterizaban por su retórica aprobatoria ante decisiones adoptadas por el gobierno y que iban en contra de los representados supuestamente por el nombre de la publicación. Una de las más controversiales crónicas bajo su firma, exhortaba a la aceptación de la impopular medida que ponía los recursos hoteleros al servicio exclusivo del turismo internacional. Barredo no encontró mejor argumento que contar sus experiencias como reportero en los países del campo socialista. Refiriéndose a una estancia en Praga aleccionó a sus compatriotas con el cuento de que nunca encontró ciudadanos de la capital checa hospedados en los hoteles de la ciudad. En su aseveración omitió decir que los checos, aun dentro del régimen socialista al estilo soviético, podían vacacionar fuera de su país. Ellos, a diferencia de los cubanos, viajaban a los territorios vecinos, incluso fuera de los límites del muro. Era el caso de los polacos que contaban con la opción de Finlandia, Suecia o Yugoslavia.
Quien defendió la exclusión de sus conciudadanos al disfrute de los lugares de ocio dentro del propio suelo patrio, ahora aplica el mote de camajanes para denigrar a los que denuncian la situación de los presos, políticos y comunes, así como las violaciones reales que sufre el pueblo de Cuba en sus derechos cívicos y políticos.


El sistema unipartidista nunca miente. Para que esto sea posible mantiene el control de todos los espacios informativos. El uso de los mismos es una prerrogativa que se otorga a personas como Lázaro Barredo. Sus voces o palabras escritas se ponen al servicio de la desinformación. Una de las tareas a cumplir es ofrecer la visión distorsionada sobre el funcionamiento de procesos legales donde prevalece la arbitrariedad. Ellos deben convencer a la opinión pública sobre lo punible que resultan figuras delictivas como vagancia habitual, revelación de secretos, desacato agravado o violación de la moral socialista, merecedoras de recibir castigos exorbitantes. Mayor falta de respeto a la verdad no puede existir cuando los que se expresan contra el gobierno, o siquiera asumen una posición contestataria, son sacados de sus empleos. Muchas veces la prevención recae sobre familiares y amigos, puestos a merced de la llamada ilegalidad socialista. Denunciar esas irregularidades es un escándalo que no pueden permitir los defensores del poder. El recurso que les queda es acusar de mentirosos y oportunistas a los que asumen el riesgo.


Las contradicciones terminan por salir, poniendo en evidencia donde está la mentira. Desde la misma prisión de Guayabo, Rolando Jiménez Posada refuta el escrito aparecido en Granma. En nombre de la honestidad que dice defender, el director de esa publicación debería dar a conocer lo expuesto por el recluso. Igualmente tendría que dejar espacio para que José Oscar Sánchez Madan, otro de los mencionados en su artículo, explique personalmente la razón por la que se encuentra cumpliendo presidio en el Combinado Sur de Matanzas. Tal vez este sea solo el inicio de una lista de testimonios escalofriantes que alguna vez se conocerán en Cuba.


Mientras tanto veremos aparecer nuevos escritos acusatorios contra los que se dedican a promover la defensa de los derechos humanos. Su activismo será cuestionado. Si reciben ayuda externa esta servirá para certificar la existencia de sueldos mercenarios. Esto será muy provechoso para los que obtienen escalafones como premio al exhibir su intransigente lealtad al sistema. El salario y las prebendas que perciben, es el fruto de la triste labor que significa ponerse al servicio de la opresión. Su ayuda es fundamental para el sostén de la venda que cubre a la sociedad cubana por más de cuatro décadas. En un futuro cercano se sabrá a quienes corresponde verdaderamente llevar el galardón de oportunista y el título de camaján.

 
 
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