Aventuras de la eficiencia
Lucas Garve, Fundación por la Libertad de Expresión
LA HABANA, Cuba, agosto (www.cubanet.org) - No hay peor noticia al levantarse en Cuba que conocer de la rotura del refrigerador. ¡Se me rompió el frío!, es la fatídica sentencia que desencadena más condolencias que las dadas por un pariente fallecido. Además, el “refri” solamente tiene dos añitos de funcionamiento y ya se rompió.
Con noticia inicié el día de ayer. ¿Qué asunto más grave puede haber en medio de este bochorno que nos agobia? Señor, ¿por qué me has abandonado?
No obstante, con muha fe enfrenté el problema y arranqué directo hacia el centro de reparación de electrodomésticos de mi barrio. Allí tendría que encontrar quien arreglara mi refrigerador marca Samsung.
Para andar más rápido detuve el primer auto de alquiler que pasaba junto a mí, monté y a los pocos minutos entré en el edifico de servicios a equipos electrodomésticos. En el salón de entrada, 28 personas aguardaban Ni pregunté por el último de los que esperaban ser atendidos. Enfilé directo hacia el mostrador de la recepción donde tres mujeres soñolientas aguardaban por la orden de comenzar la atención al público. Eran pasadas las 8.
Me dirigí a la que ocupaba la silla del centro y expuse mi problema. Con el rostro impasible me pidió los documentos del refrigerador. Llenó un formulario de servicio y me comunicó que para la visita del técnico seria entre uno y diez días.
Cuál sería la expresión de mi cara que la empleada disminuyó el período de la demora y me señaló al único mecánico de equipos de refrigeración del centro. Llegué hasta el empleado y le conté mi desgracia. Lo primero que me preguntó es que si yo había ido en auto. Me dijo que su jefe no había llegado y él tenía que esperarlo para entregar la liquidación del día anterior. Enseguida que acabara esa gestión, atendería mi reclamo.
A las 9 y 30 a.m. seguía allí, esperando al jefe. Aproveché para recorrer con la vista el salón. Un estandarte rojo casi naranja, bordado en letras doradas afirma que la unidad ocupó el segundo lugar en la emulación socialista.
El mecánico me llamó y para ganar tiempo me pidió una nueva descripción del problema. Revisó la tabla de precios y me dijo que serían más de setenta pesos. Le prometí un beneficio adicional si acudía rápido, pero el efe no aparecía y decidí regresar a la casa.
Alrededor de las 11 de la mañana llamaron a mi puerta. Era el mecánico, pero me pareció todo un equipo de rescate y salvamento. Entró, sacó sus herramientas y en veinte minutos reparó la avería. La pastilla del “rilai” la cambió por una nueva. ¡Muerto el perro se acabó la rabia! Le pagué el servicio y algo más de regalo y se marchó. Eran las 11 y media de la mañana. De nuevo respiré.
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