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SOCIEDAD
Embajadores
Aleaga Pesant
LA HABANA, Cuba - septiembre (www.cubanet.org)
- Fueron jóvenes entusiastas y apoyaron
a la "dictadura del proletariado" desde
sus inicios. Creyeron el sueño del "hombre
nuevo" y se sintieron los elegidos. Estuvieron
como combatientes en Bahía de Cochinos,
en la guerra civil contra los campesinos en Guamuhaya,
Sierra del Escambray. Sudaron la camisa en el
Cordón de la Habana y en la Zafra del 70.
Algunos hasta combatieron en el cuerpo expedicionario
africano. Luego hicieron el largo camino burocrático
del servicio exterior, primero como funcionarios
de bajo nivel, hasta que con el paso del tiempo
llegaron a ser embajadores. Fueron comedidos y
protocolarios; su función fue defender
al gobierno en el escenario internacional, a veces
en Delhi, otras en Paris, Ginebra o Lusaka.
Vistieron de safari, gafas Ray Ban y calzaban
Florsheim. Admiraban a los mellizos La Guardia,
a Ulises Estrada y a Piñeiro; amplificaban
las historias de estos James Bond tropicales y
se volvían parte de ellas; pero en las
fotos que guardan aparecen al lado del Comandante
o del General.
A mediados de los ochenta les asignaron un apartamento
de microbrigada en el Vedado, Alamar o San Agustín;
un pequeño auto soviético que algunos
mantienen y con los que los mas pragmáticos
botean hoy en las calles de La Habana.
Sin darse cuenta fueron quedando solos, no entendían
lo que pasaba, pero mantenían su fidelidad
al régimen. Hicieron carrera universitaria,
la mayoría en Derecho, Economía
o Historia, casi todos en la Universidad de la
Habana o en la Escuela Superior del Partido Comunista.
Un día fueron desplazados o pensionados,
dejaron de trabajar para el sistema al que entregaron
su vida, capacidad y conocimientos; aunque ahora,
como Saturno, los había devorado. A partir
de ese momento supieron en carne propia la miseria
del pueblo cubano, pobreza que no vieron porque
durante la Zafra de los 10 millones, estaban en
Portugal o Argel; durante el quinquenio gris,
estaban en Moscú, Dar es Salam o Ciudad
México; en el momento más critico
del periodo especial (1991-96) estaban en Berlín,
El Cairo o Buenos Aires.
Ellos, que nunca supieron de ómnibus urbanos,
ahora conocen de "camellos", y se sientan
a rumiar sus recuerdos mientras hacen la cola
de un comedor obrero que les dará algo.
Con diez dólares como pensión, es
poco lo que se puede hacer. Por eso van mal vestidos,
con algún viejo safari o guayabera, en
ruinas y sin afeitar.
Un senil sindicato de retirados del Ministerio
de Relaciones Exteriores, conformado por algunos
de los que se encuentran mejor de salud y mente,
organizado cuando Roberto Robaina era Canciller,
como forma de socorrer a los que una vez ocuparon
tan importantes responsabilidades, perdió
el apoyo del actual ministro, Felipe Pérez;
aunque después de un largo camino de desencuentros
y desaires, el pasado año no llegaron a
recibir una "jabita", contenedora de
un par de libras de jamonada y queso, suficiente
para dar un poco de aire al desvalido.
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