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SOCIEDAD
Gumersinda y las votaciones
Oscar Mario González
LA HABANA, Cuba - septiembre (www.cubanet.org)
- Cada vez que se acercan las votaciones me acuerdo
de Gumersinda, la vieja que vivía en el
solar Quinto Patio. A la pobre vieja la mató
el miedo, como le ha sucedido a no poca gente
en este pueblo de policías, informantes
y trabajadores sociales, donde el individuo vive
"sigiliado" y con el bichito del terror
metido en la sangre; sin saber, la mayoría
de las veces, los motivos reales de su temor,
las razones de su espanto.
Gumersinda me había confesado, días
antes de las pasadas votaciones, que anularía
la boleta poniéndole un NO, que ya estaba
hastiada de ir, cual perrito faldero, a llenar
una boleta en la cual no creía; a participar
en una farsa que luego la hacía sentir
indigna. Que pondría un NO bien grande
como venganza por tantos años de sufrimientos
y simulaciones.
Así, con estas ideas y poseída
de tal decisión, llegó el día
de las votaciones.
Gumersinda se levantó temprano para ser
de las primeras en votar, y además, porque
de tanta emoción no había podido
pegar los ojos. Cuando llegó al local del
Comité de Zona de los Comités de
Defensa de la Revolución, ahora convertido
en colegio electoral, tuvo un primer percance
que la dejó medio embobecida y en estado
de indescriptible perplejidad: la figura del tipo
que recibía a los votantes y les daba la
bienvenida.
Era un sujeto raro, mezcla de albino y "jabao",
ojiazul y con la cara llena de pecas muy pequeñas
y negras; como las cagaditas de moscas que se
incrustan en los tubos de luz fría.
Pasó a la cabina, y ya en el interior
quedó paralizada al ver una cosa rara pegada
al techo con figura de grillo malojero. Asustada,
puso una cruz grande en el círculo destinado
al voto unido, tal y como le había recomendado
la propaganda del gobierno, y salió disparada
de allí, gritando:
-¡Ya voté como querían, ganaron
ustedes! ¡Ahí tienen mi voto!
Las muchachitas, cooperantes cederistas, se miraron
entre sí, y una dijo a la otra.
-¡Pobre vieja, se ha vuelto loca!
Por la tarde, casi anocheciendo, Gumersinda tocó
a mi puerta y me confesó:
-Oscar Mario, soy una mierda. No tuve el valor
necesario. Era una cosa de metal empotrada en
el techo con figura de grillo, y en la parte de
atrás del bicho, donde está el culo,
vi claramente la camarita fabricada con tecnología
china, encargada de fotografiar la escritura de
las boletas. Todo tal y como me había alertado
el compadre Ceferino.
No alcancé a expresarle nada, Diciéndome
esto viró la cara y desapareció
con las sombras de la noche.
Cuando a la mañana siguiente Anilda, su
vecina, fue a llevarle el habitual buchito de
café, la encontró muerta en la cama,
con los ojos bien abiertos mirando para el techo.
El certificado de defunción dice que la
causa de la muerte fue un infarto. Yo sé
que murió de miedo.
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