PRENSA INDEPENDIENTE
Sept. 26, 2007

SOCIEDAD
Gumersinda y las votaciones

Oscar Mario González

LA HABANA, Cuba - septiembre (www.cubanet.org) - Cada vez que se acercan las votaciones me acuerdo de Gumersinda, la vieja que vivía en el solar Quinto Patio. A la pobre vieja la mató el miedo, como le ha sucedido a no poca gente en este pueblo de policías, informantes y trabajadores sociales, donde el individuo vive "sigiliado" y con el bichito del terror metido en la sangre; sin saber, la mayoría de las veces, los motivos reales de su temor, las razones de su espanto.

Gumersinda me había confesado, días antes de las pasadas votaciones, que anularía la boleta poniéndole un NO, que ya estaba hastiada de ir, cual perrito faldero, a llenar una boleta en la cual no creía; a participar en una farsa que luego la hacía sentir indigna. Que pondría un NO bien grande como venganza por tantos años de sufrimientos y simulaciones.

Así, con estas ideas y poseída de tal decisión, llegó el día de las votaciones.

Gumersinda se levantó temprano para ser de las primeras en votar, y además, porque de tanta emoción no había podido pegar los ojos. Cuando llegó al local del Comité de Zona de los Comités de Defensa de la Revolución, ahora convertido en colegio electoral, tuvo un primer percance que la dejó medio embobecida y en estado de indescriptible perplejidad: la figura del tipo que recibía a los votantes y les daba la bienvenida.

Era un sujeto raro, mezcla de albino y "jabao", ojiazul y con la cara llena de pecas muy pequeñas y negras; como las cagaditas de moscas que se incrustan en los tubos de luz fría.

Pasó a la cabina, y ya en el interior quedó paralizada al ver una cosa rara pegada al techo con figura de grillo malojero. Asustada, puso una cruz grande en el círculo destinado al voto unido, tal y como le había recomendado la propaganda del gobierno, y salió disparada de allí, gritando:

-¡Ya voté como querían, ganaron ustedes! ¡Ahí tienen mi voto!

Las muchachitas, cooperantes cederistas, se miraron entre sí, y una dijo a la otra.

-¡Pobre vieja, se ha vuelto loca!

Por la tarde, casi anocheciendo, Gumersinda tocó a mi puerta y me confesó:

-Oscar Mario, soy una mierda. No tuve el valor necesario. Era una cosa de metal empotrada en el techo con figura de grillo, y en la parte de atrás del bicho, donde está el culo, vi claramente la camarita fabricada con tecnología china, encargada de fotografiar la escritura de las boletas. Todo tal y como me había alertado el compadre Ceferino.

No alcancé a expresarle nada, Diciéndome esto viró la cara y desapareció con las sombras de la noche.

Cuando a la mañana siguiente Anilda, su vecina, fue a llevarle el habitual buchito de café, la encontró muerta en la cama, con los ojos bien abiertos mirando para el techo.

El certificado de defunción dice que la causa de la muerte fue un infarto. Yo sé que murió de miedo.

 


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