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HISTORIA
Cavilaciones de un "perro"
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba, septiembre (www.cubanet.org)
- Angola fue una suerte de calvario. Las noches
intensamente frías. Los amaneceres como
preámbulo de unos calores que convertían
la atmósfera en un horno.
El sueño perturbado por el cuchicheo de
las ratas. Las serpientes merodeando por los alrededores
a cualquier hora. Era una gran conspiración
contra el sistema nervioso.
Se temía por la vida y por aquella suma
de hostilidades que dejaba un vacío interno,
un vaho de incertidumbres que cerraba el acceso
a la razón.
La esperanza de regresar a Cuba sano y salvo flotaba,
con torpeza, en la imaginación. No había
garantías de lograrlo. Bastaba una bala
enemiga, una descarga de ametralladora, un morterazo
desintegrador. Sobraban medios para dejar en suspenso
las alegrías de volver al seno de la familia,
sentir el abrazo de la madre, brindar con los
amigos, pisar el asfalto para olvidarse de las
malezas y los depredadores de la jungla.
La guerra descorriendo sus cortinas para exhibir
su drama, sus sobresaltos, la agonía de
los moribundos, el tránsito de la cordura
a la demencia.
"Varios compañeros regresaron locos,
no pudieron resistir el peso de las tensiones",
eso me dice Braulio desde su asiento de conductor
de un bici taxi. Suda copiosamente tras concluir
uno de los extenuantes viajes. En sus piernas
está el sustento de su esposa e hijos.
Es la única opción en un ambiente
con otras crispaciones. "Éste es ahora
mi campo de batalla", me asegura con cierto
aire de resignación. "Aquí
no voy a morir de un "plomazo" en el
corazón, pero entre el pedaleo por las
calles desniveladas, el clima del trópico,
el acoso de la policía y el dolor que siento
por el abandono de las autoridades después
que me jugué la vida en Angola, es lógico
que piense en otro tipo de muerte". Un cáncer
de próstata, un infarto masivo, una depresión
nerviosa como previo escalón a la locura.
Eso significa el atribulado veterano como parte
de la suerte que podría correr en los próximos
meses.
Con 18 años fue enviado a ese país
africano. Era una misión a la que no podía
renunciar a causa de la Ley del Servicio Militar
Obligatorio impuesta por el gobierno actual a
partir de la década del 60 del siglo XX.
Corría 1982 y su destino tomaba el olor
de las selvas meridionales angoleñas con
sus mosquitos transmisores del paludismo, las
aguas infectadas de amebas, los posibles ataques
de los combatientes comandados por Jonas Savimbi,
el líder insurrecto ya desparecido.
Más de 24 meses transcurrieron a merced
del azar. Regresó con la idea de un reconocimiento
a sus aportes como soldado internacionalista.
Sin embargo, hoy es un hombre con el ánimo
a la deriva. "Esto que le han hecho a tantos
jóvenes algún día lo tendrán
que pagar", afirma con el ceño fruncido.
Está molesto. Logra contener la ira y deja
en el aire un leve suspiro que le sirve para descongestionar
el alma.
Su hermano terminó en el alcoholismo. Tuvo
la desgracia de quedar mutilado en el fragor de
un combate. Me cuenta que apenas puede andar por
las severas afectaciones en una de sus piernas
y que el gobierno lo ha dejado en la más
absoluta marginación.
Miles de jóvenes que pasaron por las pruebas
de la guerra, pasan inadvertidos, olvidados, muchos
sin trabajo y otros encerrados en la prisión
por delitos asociados a la supervivencia.
"Me llevaron a Angola como un perro, me trajeron
como un perro y me siguen tratando como perro",
en esos términos emprende la marcha cuesta
arriba por una de las calles de la Habana Vieja.
Antes de irse, le digo que somos de la misma especie.
Al menos así me han tratado desde que llegué
de Angola en 1983. Como a un perro.
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