| CULTURA
Un maestro de nuestras letras
Miguel Iturria Savón LA HABANA, Cuba - septiembre (www.cubanet.org)
- Conocí al profesor Salvador Bueno Menéndez (La Habana, 1917-2006)
por mediación de sus hijos. Durante años visité ocasionalmente
su residencia de 13 y 60, Miramar, a sólo unas cuadras de mi apartamento
de 31 y 58 B. En las charlas privadas con el Maestro supe el origen de cada uno
de sus libros y de los cuadros de su valiosa pinacoteca. Ada Roig, su esposa,
me mostró la "extraña" estructura de la casona, edificada
por un arquitecto criollo bajo la mirada inquisitiva de su padre, un catalán
enriquecido en Cienfuegos y trasladado a Marianao, donde se vinculó a la
política y adquirió propiedades. Nunca imaginé que
las tertulias familiares a las que asistí fueran el preámbulo de
una relación profesional. Al crear la Fundación "Chacón
y Calvo", en 1992, conté con la colaboración del ensayista,
quien fuera discípulo y amigo del gran hispanista y escritor. Salvador
presidió el consejo asesor y jugó un papel decisivo en los eventos
y las publicaciones de la entidad. Cuando lo nombraron Director de la Academia
Cubana de la Lengua, en sustitución de Dulce María Loynaz, ejercí
como coordinador de proyectos comunes hasta el año 2001, en que lo acompañé
a Cienfuegos como miembro de un jurado encabezado por él. Asistí
después a veladas literarias organizadas por Salvador, en representación
de la Academia de la lengua, y por el psicoanalista y promotor mexicano Fredo
Arias de la Canal, Presidente del Frente de Afirmación Hispanista, quien
financiaba la Colección Clásicos Cubanos y editó numerosos
cuadernos de poetas insulares. Al evocar al maestro de nuestras letras
en ocasión de su cumpleaños 89, no es dable recordar la diversidad
de orientaciones y tendencias que marcaron su labor docente, investigativa y literaria.
La profundidad y precisión de sus análisis y la valía de
su prosa le aseguran un lugar cimero en la enorme ensayística cubana del
siglo XX. Al reseñar la labor de varias generaciones republicanas en el
campo de las ideas escribió libros de carácter panorámico,
que conservan la vigencia de sus indagaciones y el interés de sus tesis. Discípulo
de Raimundo Lazo, quien ahondó en la literatura hispanoamericana, su bregar
crítico-ensayístico se inclinó por el análisis lógico
e histórico de autores y temas, logrando el balance entre la erudición
y el manejo creativo del idioma. Tanto la cátedra universitaria como la
prensa escrita le sirvieron de soporte divulgativo para expresar sus disquisiciones
sobre cuestiones literarias y culturales. Su prosa, sobria y comedida, no estuvo
en el centro de las contingencias políticas -al estilo de Mañach
y Marinello-, aunque apreció los instrumentos de comunicación e
hizo del periodismo una tribuna de valoración, orientación y creación. Sus
principales obras fueron editadas en los años cincuenta: Medio siglo
de literatura cubana (1953), Historia de la literatura cubana (1954
y 1959), Antología del cuento en Cuba (1955), Los mejores ensayistas
cubanos (1959) y Los mejores cuentistas cubanos (1959-1960), en dos
tomos. Tal vez su libro más significativo sea Historia de la literatura
cubana, reeditado en 1963, el cual repercutió en la enseñanza
de la literatura, pero trasciende el interés académico y se inserta
en la bibliografía insular como un texto de referencia no actualizado por
su autor. Si bien la obra crítica y ensayística del doctor
Salvador Bueno, como la de R. Lazo, José Antonio Portuodo, Rafael Sténger
y J. J. Arrom, estuvo marcada por la generalización historicista del panorama
literario cubano, en sus artículos dispersos y en ensayos breves hizo notables
aportaciones al análisis de autores como Domingo Delmonte, Lino Novás
Calvo, Labrador Ruiz y Alejo Carpentier. En La letra como testigo (1957)
y en El negro en la literatura hispanoamericana, nos ofrece su aguda y
peculiar mirada sobre creadores de otras latitudes. La enorme bibliografía
del doctor Salvador Bueno constituye parte del patrimonio espiritual de la nación
cubana. Su legajo docente, sus antologías, sus ensayos y la excelencia
de su periodismo merecen una mirada retrospectiva. ¡Gracias, maestro!
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