PRENSA INDEPENDIENTE
Sept. 18, 2007

CULTURA
Un maestro de nuestras letras

Miguel Iturria Savón

LA HABANA, Cuba - septiembre (www.cubanet.org) - Conocí al profesor Salvador Bueno Menéndez (La Habana, 1917-2006) por mediación de sus hijos. Durante años visité ocasionalmente su residencia de 13 y 60, Miramar, a sólo unas cuadras de mi apartamento de 31 y 58 B. En las charlas privadas con el Maestro supe el origen de cada uno de sus libros y de los cuadros de su valiosa pinacoteca. Ada Roig, su esposa, me mostró la "extraña" estructura de la casona, edificada por un arquitecto criollo bajo la mirada inquisitiva de su padre, un catalán enriquecido en Cienfuegos y trasladado a Marianao, donde se vinculó a la política y adquirió propiedades.

Nunca imaginé que las tertulias familiares a las que asistí fueran el preámbulo de una relación profesional. Al crear la Fundación "Chacón y Calvo", en 1992, conté con la colaboración del ensayista, quien fuera discípulo y amigo del gran hispanista y escritor. Salvador presidió el consejo asesor y jugó un papel decisivo en los eventos y las publicaciones de la entidad. Cuando lo nombraron Director de la Academia Cubana de la Lengua, en sustitución de Dulce María Loynaz, ejercí como coordinador de proyectos comunes hasta el año 2001, en que lo acompañé a Cienfuegos como miembro de un jurado encabezado por él.

Asistí después a veladas literarias organizadas por Salvador, en representación de la Academia de la lengua, y por el psicoanalista y promotor mexicano Fredo Arias de la Canal, Presidente del Frente de Afirmación Hispanista, quien financiaba la Colección Clásicos Cubanos y editó numerosos cuadernos de poetas insulares.

Al evocar al maestro de nuestras letras en ocasión de su cumpleaños 89, no es dable recordar la diversidad de orientaciones y tendencias que marcaron su labor docente, investigativa y literaria. La profundidad y precisión de sus análisis y la valía de su prosa le aseguran un lugar cimero en la enorme ensayística cubana del siglo XX. Al reseñar la labor de varias generaciones republicanas en el campo de las ideas escribió libros de carácter panorámico, que conservan la vigencia de sus indagaciones y el interés de sus tesis.

Discípulo de Raimundo Lazo, quien ahondó en la literatura hispanoamericana, su bregar crítico-ensayístico se inclinó por el análisis lógico e histórico de autores y temas, logrando el balance entre la erudición y el manejo creativo del idioma. Tanto la cátedra universitaria como la prensa escrita le sirvieron de soporte divulgativo para expresar sus disquisiciones sobre cuestiones literarias y culturales. Su prosa, sobria y comedida, no estuvo en el centro de las contingencias políticas -al estilo de Mañach y Marinello-, aunque apreció los instrumentos de comunicación e hizo del periodismo una tribuna de valoración, orientación y creación.

Sus principales obras fueron editadas en los años cincuenta: Medio siglo de literatura cubana (1953), Historia de la literatura cubana (1954 y 1959), Antología del cuento en Cuba (1955), Los mejores ensayistas cubanos (1959) y Los mejores cuentistas cubanos (1959-1960), en dos tomos. Tal vez su libro más significativo sea Historia de la literatura cubana, reeditado en 1963, el cual repercutió en la enseñanza de la literatura, pero trasciende el interés académico y se inserta en la bibliografía insular como un texto de referencia no actualizado por su autor.

Si bien la obra crítica y ensayística del doctor Salvador Bueno, como la de R. Lazo, José Antonio Portuodo, Rafael Sténger y J. J. Arrom, estuvo marcada por la generalización historicista del panorama literario cubano, en sus artículos dispersos y en ensayos breves hizo notables aportaciones al análisis de autores como Domingo Delmonte, Lino Novás Calvo, Labrador Ruiz y Alejo Carpentier. En La letra como testigo (1957) y en El negro en la literatura hispanoamericana, nos ofrece su aguda y peculiar mirada sobre creadores de otras latitudes.

La enorme bibliografía del doctor Salvador Bueno constituye parte del patrimonio espiritual de la nación cubana. Su legajo docente, sus antologías, sus ensayos y la excelencia de su periodismo merecen una mirada retrospectiva. ¡Gracias, maestro!


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