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EDUCACION
Uniforme escolar
Aleaga Pesant
LA HABANA, Cuba, septiembre (www.cubanet.org)
- Tocaron a su puerta. En un susurro preguntaron
por su esposa. Al responder que no estaba le dijeron:
-Uniformes de escuela.
Preguntó el precio y le respondieron:
cinco dólares. Buscó la billetera.
El sacrificio valía la pena. El uniforme
del niño estaba resuelto.
La historia de los uniformes escolares es menos
afortunada para la mayoría de los padres
cubanos con hijos en edad escolar, y aunque los
precios varían según la región
donde se realice la transacción, la preocupación
por el desembolso genera la misma expectación
en todos.
La presión se basa en las inconsistencias
del sistema de aseguramiento del proceso docente,
lo que da pie a varios absurdos:
1- La obligatoriedad del educando a usar el uniforme
escolar.
2- La burocracia que impide comprar uniformes
libremente a precios de acuerdo al salario promedio,
lo cual estimula la especulación, el mercado
negro y la corrupción, tanto en el Ministerio
de Educación, como en Comercio Interior.
3- La incapacidad productiva para cubrir la demanda
nacional de prendas de vestir para los niños.
La tragedia tiene diversos escalones, matizados
por el nivel de enseñanza en que se encuentren
los infantes. Los de nivel primario se enfrentan
a una mayor exigencia en el uso de las prendas
que los de nivel secundario y preuniversitario,
esto imprime mayor presión sobre la gestión
de compraventa del uniforme, del cual sólo
se venden dos "juegos" en tres oportunidades,
durante el periodo de siete cursos (en preescolar,
en tercero y quinto grado).
En el nivel medio y medio superior, los jóvenes
reciben dos uniformes en el primer año
lectivo (séptimo grado o primer año
del técnico medio) y un tercero al comenzar
el tercer año (noveno grado). Esto ocurre
como un patrón, sin considerar que por
el normal crecimiento de los jóvenes las
piezas sufren dos tipos de daños: por estropeo,
así, a fin de curso la ropa está
visiblemente deteriorada. La segunda, se debe
al crecimiento, e invita a padres y familiares
a realizar adaptaciones a las prendas, para que
sean más largas o más anchas.
Un matiz diferenciado tienen los becados de los
niveles medio superior (preuniversitario y tecnológico),
enfrentados directamente al hecho legal de la
propiedad de los textiles por el estado, pero
que les facilita recibir en cada nuevo año
lectivo un par de uniformes, no necesariamente
nuevos, pero generalmente en buen estado.
No obstante, ellos se enfrentan a una odisea
mayor: tener que solucionar los problemas de logística
interna (las taquillas donde guardaran sus propiedades,
o las ropas de cama y mosquiteros en sus dormitorios).
Esto no se equipara a otros temas que gravitan
sobre los jóvenes becados, como la violencia,
la promiscuidad sexual y la pérdida de
valores o capital social de la actual educación
cubana.
Padres de estudiantes en Institutos Preuniversitarios
en el Campo (IPUEC), en la provincia La Habana,
narran el difícil camino de habilitar un
tipo de armario y cómo algunos toman los
chasis de refrigeradores rusos desechados para
tales menesteres.
El drama para los padres cristaliza en la necesidad
de reforzar la alimentación de los jóvenes
y se trasladan casi siempre los miércoles
hacia los centros de estudio para llevarles "algo
de comer". Sin embargo, el ministro Gómez
Gutiérrez comentó sobre el tema
de la escuela en el campo, la imposibilidad de
cambiar el actual sistema de enseñanza
debido a los problemas de infraestructura que
traería a la sociedad.
Sin polemizar sobre la peculiar visión
del funcionario acerca de un tema importante para
la sociedad cubana, sobresale la falta de volunta
para solucionar el problema del uniforme escolar,
y por supuesto, los otros.
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