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La
revolución de seda
Ariel Hidalgo, El Nuevo Herald,
30 de octubre de 2007.
Acercándonos al medio siglo de un proceso
que transformó la vida de todos los cubanos,
es hora de una reflexión autodefinitoria
con relación a nuestro prolongado conflicto,
meditar qué somos y qué queremos.
Podemos disentir de la política oficial,
pero no hacer de esa disensión el centro
de nuestra identidad. Porque el concepto opositor
lleva implícito un vacío nihilista:
destruir o suplantar aquello considerado negativo
sin implicar otra alternativa o nuevos aportes.
Nos define a partir de otra posición, la
de nuestros adversarios, lo cual nos convierte
en eco, mera reacción sin el impulso propio
de un ideal. El término sugiere, además,
el rechazo en bloque a una realidad como si toda
ella fuera negativa. Una obra absolutamente mala
o absolutamente buena no es posible en el mundo
terrenal. Ver el mundo y a la gente con sólo
dos opciones: o santo o absolutamente perverso,
es propio de mentes incapaces de percibir matices.
Si la historia oficial de nuestro archipiélago
sataniza el pasado y glorifica el presente, la
oposición hace lo mismo en sentido inverso.
Que las pasiones no nos lleven a expulsar por
el caño legítimos logros posibles
de conservar en bien del pueblo sin importar quiénes
fueron sus promotores.
Políticamente el concepto sugiere algo
peor: la pretensión de suplantar en el
poder a un partido o grupo, lo cual tiende a perpetuar
un círculo vicioso, prolongar hacia el
infinito el eterno retorno de las revoluciones
violentas. Y la única revolución
que necesitamos es la que debe producirse en nuestros
corazones. Las grandes conmociones sociales, obras
de las acciones humanas, tienen sus raíces
en la conciencia. Si en ella hay odio, serán
simientes de nuevas discordias y cadenas; si hay
amor, fructificarán en concordia y libertad.
Es urgente:
o Rechazar toda violencia, tanto las vías
insurreccionales como toda forma física
o verbal.
o Reencontrarnos y reconciliarnos los cubanos
de buena voluntad de todas las orillas políticas
e ideológicas.
o Proponer el diálogo crítico,
esto es, disposición a dialogar fraternalmente
con cualquiera que lo acepte, aun con los más
acérrimos contrincantes, sin dejar de reconocer
tanto lo justo como lo injusto de sus posiciones.
o No sólo exigir el respeto a las libertades
fundamentales, sino además practicar con
el ejemplo, sobre todo los derechos de disensión,
asociación y autodeterminación ciudadana.
o Apoyar todo esfuerzo individual o colectivo
independiente por el mejoramiento económico
y social de todos los ciudadanos del archipiélago.
De los que así pensamos dicen quienes
predican desde ambas orillas el evangelio del
odio que construimos castillos en el aire. Pero
respondámosles con el espíritu de
las palabras de Henry David Thoreau: Si construyes
un castillo en el aire, no has perdido el tiempo.
Tu castillo está ahí. Lo único
que te falta es ponerle los cimientos.
Lo que sembramos en la conciencia no dejará
de germinar en el mundo terrenal. Si hoy cultivas
rosales en el alma, las rosas crecerán
mañana a la luz del sol.
Es urgente, no una nueva organización,
sino algo mucho más importante, un gran
movimiento arco iris, un gran diapasón
de todos los matices políticos, ideológicos,
económicos, raciales, sexuales, religiosos,
que incluya tanto a disidentes y a la diáspora
como a reformistas del sistema vigente, y quieran,
por sobre todos los colores, servir a la felicidad
del pueblo cubano y a la prosperidad del hogar
común. Las experiencias de Europa del Este
demostraron que la fuerza motriz del cambio se
debió a esta combinación de los
factores más moderados de estos tres sectores.
La demora del cambio en nuestro archipiélago
--todo en la vida tiene un por qué-- nos
permitirá evadir los caminos equivocados
de nuestros predecesores europeos y alcanzar la
verdadera senda de la tierra prometida.
No es preciso un documento conjunto. Muévete
en esa dirección y ya de hecho formarás
parte de una gran hermandad que avanzará
por todos los puntos cardinales, aun cuando muchas
veces, por motivos circunstanciales, no puedan
comunicarse, aun cuando otras veces no pueda saberse
qué hacen. ''Las jornadas en las sombras
son también jornadas''. Todos caben estén
donde estén y hagan lo que hagan siempre
y cuando el espíritu de concordia sea la
brújula que guíe sus actos. Porque
más importante que los sueños, ideales
y banderas de los seres humanos, son los propios
seres humanos.
Muchos de los que partieron al destierro, o fueron
condenados a prisión por sus ideas, o simplemente
silenciados o marginados dentro del propio sistema
por la crítica valiente de alguna injusticia
sufrieron el estigma de algún que otro
anatema, en particular el más recurrente:
gusano, sin tener en cuenta el meritorio aporte
de esta especie: la suave seda. Pero por sus frutos
los conoceréis. El destierro, la prisión
y el ostracismo son como capullos donde se gesta
el porvenir. Si los checoslovacos bautizaron el
acto de su liberación como ''revolución
de terciopelo'', vaticino que con esa suavidad
de la paz y el amor, la nuestra habrá de
ser --cual fruto de la siembra en el espíritu
de muchos de aquellos que así padecieron--
la revolución de seda. Del arco iris saldrá
la mariposa multicolor de la libertad.
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