|
Una
semana que estremeció al mundo
Carlos Franqui. El
Nuevo Herald, 27 de octubre de 2007.
Regresé de invitar a Ben Bella, presidente
de Argelia, a Cuba después de un largo
viaje, incluida Italia, por la publicación
de mis libros. Era el 20 de octubre de 1962 y
no sabía nada de la instalación
de los cohetes soviéticos en Cuba. El domingo
21, al preparar la edición del lunes, las
noticias de EEUU indicaban un peligro para Cuba;
decidí publicar un cintillo que anunciaba
Prepara Estados Unidos agresión a Cuba.
Convocado muy temprano por el presidente Dorticós,
se me acusó de publicar la información
sin consultar a la dirección. Repliqué:
''Ni usted ni Fidel estaban en La Habana y estimé
mi deber, como en la época de Radio Rebelde,
publicarla''. La discusión duró
horas con las llamadas críticas de todos,
excepto Castro y Guevara. Al final dije: "Si
me equivoqué, sustitúyanme''.
Ya los cables anunciaban el discurso del presidente
Kennedy, que Dorticós atribuía al
conflicto chino-indio. Irónicamente le
contesté: ''Kennedy va a anunciar el bloqueo
de Cuba''. Era algo que había leído
días antes en la prensa inglesa.
Esa noche Kennedy anunció la gravedad
de la crisis. Una hora después Fidel apareció
por la redacción del periódico,
bromeando sobre los equivocados que lo acompañaban
y dio su primera respuesta oficial.
Al fin de aquella tensa semana Celia Sánchez
por orden de Fidel me pidió que preparara
a un grupo de periodistas con toda urgencia, que
ya habían instalado una poderosa Radio
Rebelde en la Sierra Maestra, porque esa noche
iba a ocurrir algo que definiría si la
crisis era real o un juego de los dos K [el presidente
norteamericano John F. Kennedy y el premier soviético
Nikita Jrushov, en inglés Khrushchev].
Esa noche el U-2 fue derribado y muerto su piloto.
Uno de los acompañantes de Fidel me contó
que al llegar a la base, que era territorio soviético,
con la entrada prohibida incluso a los comandantes
castristas, fue invitado por cortesía a
entrar como jefe del gobierno. Castro pidió
le enseñaran cómo funcionaba la
base, los oficiales soviéticos le fueron
explicando. Cuando vio aparecer el U-2, Castro
preguntó: ''En caso de ataque, ¿cómo
se le derriba?'' Le señalaron el mecanismo
y Castro lo accionó, derribando el U-2.
El mundo se conmovía aterrado, pero los
norteamericanos no reaccionaron por la muerte
de su piloto y la caída de su avión.
El domingo 28 preparaba la edición del
lunes cuando el teletipo de la Prensa Asociada
anunció: Ordena Jrushov la retirada de
los cohetes de Cuba. Le pregunté a Fidel
por teléfono qué hacía con
el cable y durante minutos no nos entendíamos
--yo no podía creer que Fidel no estuviera
informado--, hasta que me dijo: léeme el
cable. Se lo leí y su respuesta fue una
larga furia de improperios contra los soviéticos.
Después se calmó y me dijo: "Te
enviaré un comunicado con mi respuesta.
Tienes que tirar un millón de ejemplares''.
Cuando recibí el comunicado noté
que no se hablaba de la retirada de los cohetes.
Lo llamé y se lo dije y su respuesta fue:
''Ese es un problema tuyo para la edición
de mañana''. Conociéndome, Fidel
sabía que yo iba a anunciar la retirada,
pero que estaba advertido que no iba a tener su
respaldo ante la reacción soviética.
Ese lunes 29 Revolución informó
a los cubanos de la retirada de los cohetes. La
reacción espontánea de la gente
fue salir a la calle cantando: Nikita, mariquita,
/ lo que se da no se quita.
En días posteriores firmé varios
artículos criticando a los soviéticos
y exaltando a Fidel, por no permitir la inspección,
hasta que el comandante me mandó parar.
La crisis terminó con el pacto Kennedy-Jrushov:
los rusos se llevaron los cohetes y los norteamericanos
se comprometieron a no invadir la isla, y como
Castro se negó a la inspección,
todo terminó en un streaptease ruso-norteamericano.
El mundo respiró y Kennedy pareció
el triunfador. ¿Pero fue en verdad así?
No.
Jrushov, el otro protagonista, fue destituido
dos años después, a pesar de que
Kennedy le quitó las bases cercanas a la
URSS y de que, de hecho, logró la permanencia
del castrismo en la isla.
El único ganador fue Fidel Castro, que
se convirtió en el peligroso enemigo impune
de Estados Unidos en el mundo: guerrillas --Nicaragua,
El Salvador, entre otras--, guerras africanas,
espionaje, fin del neutralismo de los No Alineados,
e incluso cuarenta y cinco años después,
casi moribundo, usa a Chávez y sus petrodólares
en Bolivia y Ecuador, con grave amenaza para la
democracia latinoamericana, EEUU y el mundo occidental.
Los mal informados de siempre siguen negando
mi afirmación de que fue Castro el que
derribó el U-2. Ellos, tan mal informados
que vinieron a enterarse por boca de un general
soviético en la conferencia de La Habana,
que había en Cuba armas atómicas
tácticas que no salieron de la isla hasta
diciembre de 1962.
En sus memorias Jrushov reprocha a Castro su
intento enloquecido de ataque atómico preventivo
a EEUU y su derribo del U-2 en el momento más
peligroso. Castro acaba de confirmar que los rusos
no le informaron de la retirada, dándome
sin darse cuenta la razón. Los grandes
siempre desconocen a los pequeños. Fidel
Castro, uno de los más grandes enemigos
de EEUU, siempre ha sido subestimado y esa es
una de las principales razones de que su dictadura
sea la más larga de la historia.
Los más grandes perdedores de aquella
semana que conmovió al mundo fuimos los
cubanos. Estuve para mal o para bien en el centro
de la noticia y pude decir verdades que otros
ignoraban y todavía niegan. Fui, por mi
conocimiento de Jrushov y de los intereses de
las grandes potencias, durante la crisis un convencido
de que aquello era sólo un juego peligroso.
Periodista cubano, ex director del periódico
'Revolución'.
|