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Cuba-Venezuela
Américo Martin. El
Nuevo Herald, 28 de octubre de 2007.
En su reciente visita a Santa Clara, el presidente
Chávez despertó una vez más
la curiosidad general al anticipar que Cuba y
Venezuela eran ya un solo gobierno y un solo país.
¿Qué lo movió a soltar eso?
Que no se trata de un capricho pasajero lo demuestra
un reciente documento emanado del gobierno venezolano,
que lleva por título: ''Lineamientos generales
del plan de desarrollo económico y social
de la nación 2007-2013'' Se aprecia en
él que la revolución está
en la disyuntiva de internacionalizarse o perecer.
Es la primera vez que en un texto oficial se
proclama el objetivo de intervenir en otras naciones.
Reconoce francamente la intención de ''fortalecer
los movimientos alternativos en Centroamérica
y México'', ''incentivar grupos de solidaridad
en territorio gringo'' y ''consolidar el eje Cuba-Venezuela-Bolivia
en el ALBA para emprenderla contra los TLC''.
El remate natural de semejante voluntad estratégica
es, en palabras de Chávez, la formación
de un solo gobierno. Aquí cobra sentido
el ALBA, nunca concebido como mercado normal,
sino como pacto político-ideológico.
Pero nace atado al ingreso petrolero y a las dificultades
económicas de Venezuela. Es su flanco vulnerable.
Permítaseme un ejercicio especulativo.
Fidel sería presidente, Chávez presidente
en ejercicio y Raúl, Correa, Evo, Ortega
y Jorge Rodríguez prefectos de las provincias
de Cuba, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Venezuela.
Más confiable para el convaleciente caudillo
un Chávez amarrado emocionalmente a él,
que en un Raúl tentado por el diablo de
la apertura.
Habría que preguntarse cuáles poderosas
razones llevarían a Cuba a convertirse
en lo más cercano a una provincia venezolana.
En su discurso del 17 de diciembre de 2005 en
la Universidad de La Habana, Fidel Castro reconoció
que el capitalismo podía regresar a la
isla si no se hacía algo para impedirlo.
No habló con el aplomo de siempre, sino
con honda angustia. Castro, sometido a su larga
convalecencia, trata de impedir que siga avanzando
la apertura con privatizaciones masivas de empresas
estatales, conforme al modelo chino.
El 26 de julio, en un dramático discurso,
Raúl Castro anunció cambios estructurales.
Reconocía sin proponérselo que el
yugo impuesto a los cubanos es un bestial e inútil
ensañamiento. Su discurso dio inicio a
una ardiente polémica plagada de acusaciones
brutales. Los ''autogestionarios'', que quieren
eliminar la tarjeta de racionamiento y fortalecer
a los trabajadores por cuenta propia, llaman burócratas
neocapitalistas a los tradicionales. Y éstos
replican definiendo a los autogestionarios como
superrevolucionarios de fachada y neoliberales
en contenido. El asunto se está yendo de
las manos. ¿Cómo impedir que el
capitalismo y la perestroika se asienten en la
isla? Cuba está cruelmente empobrecida.
La revolución ha matado sus fuerzas productivas
y se sostiene sobre bayonetas. Pero bien decía
Talleyrand a Napoleón: "Sire, las
bayonetas sirven para muchas cosas, menos para
sentarse sobre ellas''.
A Fidel Castro le viene al pelo la propuesta
de Chávez. Un solo país, una confederación,
cual la Unión Soviética de los viejos
buenos tiempos. Lo que no encaja es el rechazo
de la amplia mayoría de venezolanos al
sistema fidelista. Tampoco los cubanos se ven
alborozados. El único entusiasmado es Chávez.
Raúl no pasó de saludar los 14 convenios
firmados en Santa Clara, farfullando que acentuarían
la ''integración'' cubanovenezolana. Pero
''integración'' no es ''gobierno''. MERCOSUR,
la CAN y el MCC lo demuestran.
El intercambio comercial de los dos países
podría llegar a 3,000 millones de dólares.
Venezuela tiene dinero, pero no es confiable.
Su sectores industrial y agrícola declinan.
Chávez ha construido una economía
de puertos, adicta a las importaciones, de modo
que no puede apuntalar por mucho tiempo la economía
de sus aliados. Obviamente la tesis de los dos
en uno es un alucinante disparate.
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