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Discurso
de Bush al pie de la sepultura de Castro
Carlos Alberto Montaner. El
Nuevo Herald, 28 de octubre de 2007.
Madrid -- El presidente Bush convocó a
medio mundo al Departamento de Estado. Quería
dar a conocer una importante declaración
a los cubanos de la isla. La ceremonia, oficiada
el pasado 24 de octubre, tenía algo de
urgencia. Lo rodeaban la secretaria Condoleezza
Rice, el senador Mel Martínez, los congresistas
cubanoamericanos y otros funcionarios notables.
No era un mensaje electoral dirigido a los votantes
de la Florida. Esos se hacen en guayabera y en
tono mitinero. Era otra cosa mucho más
seria.
Bush les estaba hablando a todos los cubanos,
pero muy especialmente a la cúpula dirigente.
Los norteamericanos tienen una información
vital y precisa: la inmensa mayoría del
aparato de poder quiere cambios profundos. Circulan
cien informes sobre las discusiones desatadas
en Cuba para examinar los problemas que afectan
al país y los resultados son casi unánimes:
prácticamente nadie quiere mantener el
régimen actual. Comienzan, tímidamente,
por reclamar cambios económicos, y no tardan
en pedir cambios políticos y libertades
individuales.
Lógico. ¿Cómo creer en las
virtudes del partido único y del colectivismo
tras medio siglo de fracasos y miseria? Una inmensa
mayoría del país quiere la restauración
de los derechos de propiedad, la democracia y
el pluralismo. Entre los intelectuales, artistas
y estudiantes es un clamor casi unánime.
El único convencido de las virtudes del
comunismo es Fidel Castro, y su muerte, precedida
por la demencia senil, no debe estar muy distante.
Ni siquiera Raúl, que fue comunista antes
que Fidel, cree ya en esas supercherías.
Por eso Bush no lo mencionó en su discurso.
Quería dejar abiertas todas las opciones.
Por eso se dirigió a las fuerzas armadas
y a los cuerpos de seguridad. Quienes recojan
los deseos de la sociedad e inicien o faciliten
la transición hacia la democracia tendrán
todo el apoyo de Estados Unidos. Existe vida más
allá del comunismo.
Hay otro elemento clave en el discurso de Bush.
Prefiere la libertad a la estabilidad. Lo ha dicho
claramente. No admite el cínico argumento
(defendido por algunos militares norteamericanos)
de que es preferible una tiranía que mantenga
la calma en la isla, para evitar el éxodo
masivo de los cubanos, antes que correr el riesgo
de una transición hacia la democracia que
podría ser turbulenta. Eso se llama aprender
de la historia. Durante todo el siglo XX Estados
Unidos pactó con dictaduras repugnantes
en busca de estabilidad y le salió mal.
En ese bastardo razonamiento descansaban los censurables
lazos con Somoza, Trujillo, Batista o Pinochet.
La izquierda condenaba a Washington por esa postura.
Ahora Bush se coloca en el lado ético del
conflicto frente a la dictadura de Castro, y la
izquierda, que no tiene conciencia de sus propias
contradicciones, ni de su falta de valores democráticos,
sigue condenándolo.
Bush y sus asesores, en cambio, se dan cuenta
de que los intereses de Estados Unidos sólo
pueden garantizarse si se instaura en Cuba un
régimen democrático dotado de un
sistema económico eficiente. La prolongación
de la dictadura, aunque sea una imitación
del modelo chino, sólo aplaza el problema,
no lo resuelve. Es preferible un país sacudido
por el cambio tumultuoso, como sucedió
en Europa del Este, que lo ocurrido en Rusia,
donde no hubo conflictos populares, pero acabó
instalado en el Kremlin una mezcla antiamericana
de mafiosos y policías. Lo que le conviene
a Estados Unidos es que la Cuba futura se parezca
a la República Checa o a Hungría,
y no a Rusia o a China. Afortunadamente, es lo
mismo que quisieran casi todos los cubanos.
¿Cómo se financia esa Cuba durante
el cambio? Bush también lo ha descrito:
Washington creará un fondo internacional
para esos fines. Llegada la hora, no faltarán
los fondos, los asesoramientos y los respaldos.
La idea la aportó hace dos años
en la Universidad de Princeton el ex presidente
uruguayo Luis Alberto Lacalle, y hasta le puso
un nombre: Fondo José Martí. De
ahí la recogió FAES, un think-tank
presidido por José María Aznar,
y la incorporó en un documento llamado
América Latina: una agenda de libertad,
coordinado por el diputado Miguel Angel Cortés.
Luego, de la mano de Aznar, la idea entró
en la Casa Blanca. Los cubanos no tendrán
graves obstáculos económicos para
transformar la dictadura en una democracia y pasar
del colectivismo al mercado y la propiedad privada.
Esa parte del mensaje es muy importante. Fidel
Castro se muere, pero pretende legarles a los
cubanos como herencia a un caudillo sustituto:
el señor Hugo Chávez. Y la manera
de persuadirlos para que lo acepten es no dejarles
opción: o admiten la jefatura de Chávez
con sus petrodólares y sus subsidios multimillonarios
--en torno a tres mil millones anuales-- o se
mueren de hambre. Pero se acabó ese chantaje:
ya hay cómo salir del abismo en que nos
dejará el comandante. Hugo Chávez,
que es una persona particularmente detestada por
los cubanos, podrá largarse a otro sitio
a vocear su delirante socialismo del siglo XXI.
Los cubanos vivieron intensamente el del XX y
quedaron escarmentados para siempre.
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