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OLA
REPRESIVA
El amor todo lo puede
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press
LA HABANA, octubre (www.cubanet.org) - El sol
va cubriéndose con el horizonte. Se despide
de otra jornada, escoltado por unas nubes que
imitan a un séquito de doncellas. Entre
la blancura de los nimbos brotan los últimos
destellos. Hay una leve sucesión de colores
en la luminosidad que traza sobre el cielo un
sinfín de figuras geométricas.
La naturaleza habla, sugiere, invita a un diálogo.
Abajo, junto a un árbol frutal hay una
dama que eleva una oración a la providencia.
Está concentrada en sus intenciones.
Quiere oír la voz del universo. Tener
la evidencia de que Dios escucha las peticiones
que eleva al infinito con un combustible extraído
de las profundidades del alma.
Murmura intensamente. Es el indicativo de la
persistencia en un deseo que no acaba de concretarse.
Pide fuerzas para salir airosa del fiero combate
contra los insomnios. Clama porque se acabe el
agrio sabor de la tristeza.
Unas lágrimas se derraman de súbito.
Es la sensibilidad que se precipita incontenible
por las mejillas de Alejandrina García
de la Riva. Una mujer que se alza entre las malezas
del dolor y logra un contacto directo y sublime
con Diosdado González Marrero, el hombre
con el que se casó hace más de 20
años. El padre de sus dos hijos. El hijo
de Antolina, la anciana de 82 años que
teme morir sin ver a Diosdado regresar de la cárcel
conocida como 5 y medio.
Alejandrina cubre los casi 300 kilómetros
de distancia en segundos. Desde el municipio de
Perico, en la provincia Matanzas, hasta Pinar
del Río. Allí está preso
aquel guajiro que conocí en noviembre de
2004 en los infortunios del encierro. El itinerario
se hace recurrente y dotado de ciertas connotaciones
mágicas. Basta una mirada al crepúsculo,
seguida de la orden que pone a calentar las baterías
del amor.
El viaje le reconforta sobremanera. Puede burlar
el programa de visitas familiares que sólo
le permiten ver a Diosdado muy pocas veces al
año. Lo ve a una cuarta de distancia. Juntos
recuerdan los días en el campo compartiendo
en el surco el almuerzo condimentado con la ternura
y el cariño sembrado en las mejores tierras.
En estos instantes la angustia se disipa con
una décima creada con los recuerdos de
la yunta de bueyes, la hora de la comida en familia,
los preparativos para el desayuno de la pequeña
hija, la última siembra de ají y
frijoles, y las vicisitudes padecidas al despejar,
manualmente, un campo cubierto de marabú.
Diosdado no entona bien, pero a su espectadora
le parece la mejor interpretación del mundo.
Hay tiempo de sobra para juntar las manos e intercambiar
preocupaciones y proyectos. La intimidad no es
parpadeo, es una contemplación sin pausas,
una suerte de mirada intensa e inclaudicable.
Están allí felices al margen de
la condena de 20 años de prisión
que un tribunal impuso a Diosdado por hacer públicos
sus desacuerdos con el régimen dictatorial.
No importa que los victimarios insistan en rociar
con hiel el futuro. Alejandrina sabe endulzar
el trago amargo. Aprendió a pelear y a
ganar en los más de 4 años que soporta
la ausencia de su pareja.
Diosdado lo único que pidió fue
paz, amor y libertad. Tres palabras con las que
dio nombre a su agrupación contestataria.
Sigue considerándose un guajiro auténtico.
Un hombre humilde y honesto. Piensa que las ideas
no son para envolverlas en al anonimato. Hay que
pronunciarlas, ponerles nombres y apellidos sin
camuflajes ni otros resguardos contra la reacción
de los gerentes del poder absoluto.
Alejandrina es una extensión de Diosdado.
Una mujer con valores y dispuesta a todo porque
a Cuba llegue la justicia y la libertad. Sobre
estas premisas descansa la certeza del retorno
de los más de 200 presos políticos
y de conciencia que languidecen en las cárceles
de Cuba.
La primavera de 2003 aún aparece como
un nubarrón entre los rezos que hacen compañía
a los atardeceres de Perico. Fueron incautadas
las fotos de la boda, los folletos religiosos
repartidos en la iglesia católica del poblado,
la recaudación para ayudar a los feligreses
más pobres y hasta el alimento de los cerdos.
Lo peor fue la captura de Diosdado. "Yo
lo espero todos los días", dice convencida
Alejandrina como si tuviera la certeza de su repentina
llegada.
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