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Espejo
de paciencia
Andrés Reynaldo, El Nuevo
Herald, 25 de octubre de 2007.
Es verdad que los cubanos no somos el único
pueblo con mala memoria histórica, pero
debemos ser los primeros entre aquéllos
que la pierden al instante. Nos engañan,
sobre todo, porque nos engañamos. La ausencia
de una tradición crítica fragmenta
nuestra idea de la nación. Sin autoridades
intelectuales que expurguen, descifren y preserven,
sostenemos una cubanía de compartimentos
estancos, caníbal y frívola, que
le permite al castrismo enarbolar un discurso
de identidad tan falso como inexpugnable.
La situación de la isla se caracteriza
por una constante desde hace décadas: en
la práctica y la teoría no hemos
sido capaces de articular una confrontación
sustancial contra la dictadura. En otras naciones
los factores de cambio se gestan horizontalmente;
lo nuestro es la verticalidad. Un piso para cada
demagogo. Un piso para cada víctima. Un
piso para cada fragmento de un irrealizado todo.
Y, a veces, dos pisos.
Merece un concienzudo estudio el hecho de que
la oposición solamente se haya manifestado
patentemente en la base de este endeble edificio.
La represión totalitaria explica el terror
generalizado y espectral. Sin embargo, en casi
medio siglo las fisuras en la cúpula de
poder han sido mínimas, comparadas al resto
de la población. Si generales y jerarcas
sienten el mismo miedo que los ciudadanos, ¿por
qué no hay más generales y jerarcas
que hayan desertado o se hayan rebelado? ¿Por
qué cada piso de la vertical se asoma a
un diferente paisaje? ¿Por qué cada
piso tiene su Martí, su Miami, su Beny
Moré y su cuenta de banco?
Sospecho que aquí topamos con una renuencia
a imaginar (y respetar) al otro. Nuestro nacionalismo
tiene oscuras y complejas vertientes. Ahora bien,
la versión propugnada por el castrismo
muestra dos excepciones que la anulan. Primera
excepción: su principal incentivo es de
índole negativa, al sustentarse en un antinorteamericanismo
anclado en realidades del siglo XIX y principios
del XX, codificadas por observadores francamente
mediocres. Esta construcción por oposición
nos condena a un pensamiento reactivo, con una
demagógica voluntad autocompasiva.
De este modo hemos perdido casi una centuria
en lograr una perspectiva que nos permita lidiar
inteligentemente con Estados Unidos. A saber,
que es suicida privarnos de una relación
estable y equilibrada con la primera potencia
económica e intelectual de nuestro tiempo;
y que es no menos suicida depender exclusivamente
de ella, así como no tomar precauciones
ante los peligros que arrojarán sobre la
isla un poderoso vecino que se aleja cada día
más de su original fundación democrática.
En buena medida, al impedirnos ver a los norteamericanos
en sus claras virtudes y taras, el castrismo nos
ha llevado a un punto de indefensión contaminado
de las fobias y sumisiones propias de la mente
colonizada.
La segunda excepción es el culto a la
personalidad de Fidel Castro. Si en Rusia, China
y España, por ejemplo, el líder
máximo ocupa en el imaginario tradicional
la figura de la monarquía, en América
Latina se afinca en un vacío de autoridad
civil y moral. Aquéllos usurpan un trono,
los nuestros improvisan su pedestal sobre las
ruinas. Aquéllos quieren construir algo,
aunque sea un disparatado patíbulo global.
Siempre inseguros, siempre oteando el cambiante
viento de los poderes mundiales, nuestros caudillos,
en cambio, se conforman con una vasta venta de
liquidación.
En el caso cubano, precisamente, los primeros
valores que se negocian conciernen a la soberanía.
Hasta los tiempos de la perestroika la sociedad
cubana enfrentó un proceso de sovietización
comparable, acaso, al de Bulgaria. Con el agravante
de que entre nosotros no mediaba siquiera el parentesco
eslavo. La menor crítica a los soviéticos
implicaba sanciones mayores que las establecidas
durante la colonia por el desacato a la Corona
española. No obstante, la fidelidad a Moscú
se administraba a través de Fidel, como
cualquier otro valor de uso hallado entre los
escombros. Las fracturas ideológicas que
propiciaron la caída del llamado ''socialismo
real'' apenas afectan políticamente al
castrismo. A la elite no se le escapa que, a conveniencia
del caudillo, la misma realidad puede ser declarada
irreal.
Leyendo las entrevistas a generales cubanos publicadas
en estos años en libros y periódicos,
se descubren de inmediato unos componentes de
obediencia feudal, unidos a unos sentimientos
de triunfo bastante pequeñoburgueses. En
sus palabras, Fidel y nación se funden
en una indivisible entelequia. (Los más
avispados se toman la precaución de consignar
que la nación es abstracta y Fidel concreto.)
Su distancia del ciudadano común y corriente
no se debe tanto a sus intereses de clase, marxistamente
hablando, como a la incapacidad (auténtica
o fingida) de imaginar un proyecto nacional fuera
de la esfera castrista. Todo lo contrario al hombre
de a pie. Que no haya un pensamiento sancionado
por una tradición crítica para unir
ambas esferas constituye nuestra fundamental desgracia.
Imposible reconocernos en un mismo espejo si a
cada instante olvidamos nuestro rostro.
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