|
PRISIONES
El condenado (Parte I)
Laritza Diversent Cambara
LA HABANA, Cuba, octubre (www.cubanet.org) -
La historia del condenado ocurrió hace
algún tiempo. No es la de un personaje
de ficción, es un drama que emergió
desde una cárcel cubana. Es probable que
en estos momentos, sucesos como este se repitan,
pero con otro personaje.
William Vales García nació el 14
de diciembre de 1966. Con apenas 14 años
de edad fue internado en un centro de reeducación
penal por hacer carreras con caballos robados.
El tiempo que estuvo internado en minoría,
en nada beneficio su posterior conducta. La reeducación
comunista que recibió allí, le dio
el valor para hacer lo que antes no era capaz
de realizar. Después de esto se convirtió
en un recluso de por vida, y murió con
tal condición.
Si leyeran sus antecedentes penales pensarían,
y con razón, que fue un hombre sin escrúpulos,
ni sentimientos. La verdad, el sólo fue
un producto, como tantos, del sistema penitenciario
cubano. Más que producto, Papito, como
todos le decían, constituía un especial
instrumento en mano de los mayores y principales
asesinos de este país: los castristas.
Es cierto que le arrebató la vida a más
de una persona. El más grave de sus crímenes
fue asesinar a otro recluso delante de su familia
y de todos los presentes en la visita al centro
penitenciario.
No obstante, el arma homicida llegó a
él de manos de uno de sus carceleros, los
mismos que lo encerraron primeramente en una celda
de castigo por un pleito con su victima y enemigo.
Los guardias le aseguraron a William tener información,
de que este último, pretendía matarlo.
Posteriormente, salió de su aislamiento
el mismo dìa y hora que su contrincante.
El sólo fue un instrumento del delito
de asesinato. Fue inducido, predeterminado psicológicamente
a cometerlo. Los que le dieron el motivo, la forma
y los medios para realizar el acto son los autores
intelectuales del crimen que cometió con
sus manos.
Por este crimen lo declararon culpable directo.
Lo catalogaron como terrorista y le exigían
la pena de muerte. Desde ese momento la reclusión
de William comenzó a tener trascendencia
política. El tribunal decide darle cadena
perpetua. Su desaparición física
ya era una necesidad.
La vida y existencia de Papito constituían
una prueba irrefutable y un testimonio vivo de
las torturas, tratos crueles, inhumanos y degradantes
que sufren los reclusos en las cárceles
cubanas bajo la dictadura socialista de los Castro.
En incontables ocasiones estuvo confinado a una
celda de castigo (subterráneos, oscuros
y húmedos que corrompen los huesos). Sitios
donde no llegaba la luz del sol, ni las comisiones
que atendían los derechos humanos de los
reclusos cubanos.
En ese lugar recibió golpizas. Fue esposado
por los pies y colgado de cabeza. Estuvo días
enteros alzado de las manos, en la pared sin apoyo
firme. Aislado de todo y de todos. Solo pensando
en su odio y su venganza, únicos sentimientos
que le enseñaron sus reeducadores comunistas.
Sus verdugos le inculcaron el rencor y el resentimiento.
Luego lo utilizaron en el momento que querían
y según sus intereses. Papito superó
sus expectativas. Se convirtió en una especie
de líder en los centros de reclusión
donde estuvo. Era respetado por los que lo conocían,
no sólo por su agresividad, sino también
por su calidad como amigo.
Era temido por sus guardianes, tuvieran el rango
que tuvieran. No tenía miedo a enfrentarles
y nunca le importaron las consecuencias. En los
juicios en su contra, no dejo de acusar a sus
torturadores. Sin embargo, la historia no lo absolvió.
No lo dejaban hablar, ni denunciar las corrupciones
y abusos de sus carceleros.
Su familia, principalmente su hermana Katia Vales
García, no quiere dejar en el olvido todas
las humillaciones, malos tratos e injusticia que
sufrió Papito los meses antes de su muerte.
El tétrico panorama de las cárceles
cubanas y la manipulación de sus represores,
transformaron a William Vales García, de
pícaro adolescente, a un hombre violento
e inclemente.
|