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ECOLOGIA
Las sorpresas del río Quibú
Tania Díaz Castro
LA HABANA, octubre (www.cubanet.org) - Mientras
el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba
anuncia en su sitio Web que más de 42,000
profesionales de la salud han sido enviados por
el régimen a más de un centenar
de países, el río Quibú nos
ofrece su peor imagen.
Este río habanero desemboca al sur de
la capital cubana y muere en el Golfo de México.
Atraviesa con cientos de miles de sorpresas numerosos
barrios marginales del municipio de Marianao como
La Lisa, Los Pocitos, Coco Solo, Versalles y muchos
otros.
No hay habanero que en los días de lluvia
no se detenga a contemplar la carga contaminante
que arrastra con fuerza el río Quibú
a lo largo de varios kilómetros y sin que
nada se lo impida: desechos malolientes que afectan
la atmósfera de la ciudad.
Como proliferan los vertederos de desechos a
la vuelta de cualquier esquina de La Habana, fosas
y alcantarillas tupidas, gracias a la desatención
de los organismos estatales que están obligados
a cuidar la imagen de la provincia, el río
Quibú se nutre a diario de esos desechos
y los arrastra hacia el mar, situación
que afecta gravemente la higiene comunal.
Porque el río Quibú no entiende
de política. Veloz e indomable avanza con
sus inmundicias a lo largo del aristocrático
barrio Cubanacán, donde residen algunos
políticos importantes y embajadores de
países desarrollados, no muy lejos de la
residencia del Comandante en Jefe. El río
pasa a pocos metros del Palacio de las Convenciones,
edificio donde de forma permanente se celebran
reuniones masivas de nacionales y sobre todo de
extranjeros, con sus consabidas meriendas, cenas,
transporte y hospedaje, todo a un costo desconocido
por el pueblo, con vistas a propagar las ideas
comunistas y las bondades del régimen cubano.
El río Quibú termina su misión
en el barrio residencial Náutico, y lanza
todas sus sorpresas hacia el mar, por donde navegan
los elegantes yates de la Marina Hemingway, tripulados
por turistas extranjeros y miembros de la nomenclatura.
La muchachada de los barrios marginales y algunos
jubilados vigilan todo lo que arrastra el río
Quibú y entre animales muertos y alimentos
putrefactos, pescan objetos útiles como
botellas y latas de refresco, que luego venden
como materia prima.
Ni siquiera se puede y comer con tanto mal olor,
según expresan algunas personas que viven
en casas deterioradas por el tiempo, en las orillas
del río Quibú. "A veces no
se puede ni respirar", dicen.
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