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HISTORIA
El castrismo y la microfracción
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press
LA HABANA, octubre (www.cubanet.org) - En octubre
de 1967 comenzaron las detenciones. Se cumplía
una orden de las más altas instancias del
poder en Cuba. Eran los inicios de una purga de
carácter nacional.
Había disensiones en las filas del Partido
Comunista, realidad que de alguna manera menguaba
la autoridad de una reducida élite y obstruía
la aspiración de someter a la isla al liderazgo
carismático de un hombre en detrimento
de unas estructuras basadas en el equilibrio,
el consenso, entre otras herramientas políticas
ideales para consolidar una república sin
los lastres de otra dictadura.
Los desafectos eran viejos militantes del Partido
Socialista Popular (PSP), una entidad con abiertos
vínculos con la extinta Unión Soviética
y que había tomado parte en la lucha contra
el régimen de Fulgencio Batista. Su estrategia
durante y después de este período
descansaba en el rechazo a la lucha armada como
estrategia para alcanzar el poder. La lucha sindical,
el proselitismo en barrios y ciudades, figuraron
como parte de sus actividades en favor de conseguir
sus propósitos partidistas. La honestidad
en el manejo de los fondos y la consagración
de sus militantes a los objetivos fijados por
la dirigencia se añadían a los detalles
que posibilitaron la larga permanencia en el entorno
político nacional. Surgieron con el nombre
de Partido Comunista de Cuba, en 1925.
Posteriormente fue cambiado por el de Partido
Socialista Popular por imperativos de una época
(fin de la Segunda Guerra Mundial) en que el anticomunismo
cobraba fuerzas a instancias de la denominada
Guerra Fría.
El plan de escarmiento contra aquellos críticos
de la revolución tuvo una notable resonancia
mediática con el fin de crear un ambiente
de terror que desanimará cualquier intento
por hacer públicas las divergencias con
la cúpula militar. En pocos días
se arrestó a los considerados principales
artífices. Interrogatorios, amenazas, torturas
psicológicas, chantaje, resultaron notas
comunes durante los varios meses de detención
en los calabozos de la sede de la policía
política.
A comienzos de 1968, se llevó a cabo
el juicio sumarísimo. Un total de 36 hombres
y 3 mujeres fueron llevados a prisión por
infundadas acusaciones de trabajar al servicio
de una potencia extranjera, en este caso la Unión
Soviética.
Oponerse al excesivo populismo que favorecía
una serie de gratuidades que desembocaron en un
gran desastre, discrepar de las medidas que convirtieron
a los propietarios de pequeños negocios
en enemigos de clase, criticar la exportación
del modelo revolucionario a través de la
abierta ingerencia en los asuntos internos de
varios países, con énfasis en la
asistencia y fomento de movimientos armados, evidencian
algunas de las faltas exhibidas como pruebas de
graves delitos que ningún tribunal digno
podría sostener sin ponerse a salvo de
una andanada de trompetillas y abucheos.
A 40 años del acontecimiento, silenciado
a posteriori por sus perpetradores y obviamente
desconocido por varias generaciones, es oportuno
esbozar un breve comentario sobre otra de las
páginas negras del totalitarismo.
Ellos, los protagonistas de la microfracción
(calificativo con el cual se quiso llegar al demérito
y a la calumnia), intentaron hallar un espacio
para el debate, una zona donde exponer los mismos
problemas que tras cuatro décadas de involución
son cíclopes imbatibles.
Quizás dominados por ciertas corrientes
idealistas creían posible hacer un socialismo
más racional y humano, soñaban con
verdaderas rectificaciones, con algún resquicio
para ventilar puntos de vistas dispares dentro
del Partido.
Los empeños terminaron en la cárcel.
Allí pagaron su resistencia al silencio
y a la adulación de lo que despuntaría
como una de las dictaduras más perversas
de cuantas han existido en la historia de la humanidad.
Orlando Olivera (mi padre) junto a Félix
Fleitas, Ricardo Bofill, Eddy y Ricardo López,
Hugo Vázquez, José Antonio Caballero,
Francisco Pérez de Armas, Carlos Quintela,
Arnaldo Escalona, Hilda Felipe, entre otros, son
nombres malditos.
Cubanos que persistieron en hacerse escuchar,
pese al clima adverso para quienes se atrevían
a cuestionar el incipiente castrismo.
Recuerdo a mi padre, acogiendo con sorpresa
y regocijo la perestroika y la glasnot, las medidas
aperturistas impulsadas en la década del
80 del siglo XX por Mijail Gorbachov desde su
puesto de presidente de la URSS. Él disertaba,
transmitía sus interpretaciones sobre ambas
iniciativas de cambio con ánimo juvenil
y deseoso de que las experiencias se materializaran
en Cuba.
Murió en La Habana en enero de 2003 con
las insatisfacciones de no ver un proceso reformista
en Cuba y sin imaginar que en pocas semanas uno
de sus hijos sería arrestado y condenado
por ejercer el periodismo independiente e implicado
en la internacionalmente conocida causa de los
75.
La microfracción y la escalada represiva
de la primavera de 2003. Dos actos que marcan
la vida de una familia. Dos hechos que revelan
la naturaleza de un régimen dictatorial.
Padre e hijo a expensas de la crueldad y el desatino.
La cárcel, el abuso, las parodias judiciales,
el atropello como una prolongación de la
existencia. Todo como pruebas irrefutables del
sufrimiento humano. ¿Saldrá indemne
el castrismo en el juicio de la historia?
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