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DISIDENCIA
Problemas de la oposición cubana
Jaime Leygonier
LA HABANA, octubre (www.cubanet.org) - Que no
haya noticias es una noticia muy preocupante.
En Cuba no pasa nada y políticos de otras
latitudes muy preocupados por la Isla parecen
pasarse la consigna de no hacer nada respecto
a Cuba.
El momento es crucial y conviene tratar de las
dificultades de la oposición en Cuba, las
que no provienen de la represión y las
campañas difamatorias del estado.
La primera dificultad la dicta el personalismo
de los dirigentes opositores, tan reconcentrados
en ellos que se anulan a sí mismos como
líderes.
¿El eterno mal latinoamericano del caudillismo
tiene forzosamente que florecer en este invernadero
de comandantes en jefe? Quienes se rebelan contra
el régimen son -naturalmente- personalidades
fuertes.
Las condiciones de represión y espionaje
que sabotean la labor opositora dificultan la
posibilidad de organizarse en torno a una asociación
con programa y fomentan la tendencia a nucleares
como seguidores de una personalidad.
Y por el monopolio de la información
que ejerce celosamente el régimen, quienes
se han distinguido en la oposición resultan
conocidos en el extranjero pero con poca influencia
en la sociedad cubana, circunstancia que los obliga
a ganarse al pueblo con actos públicos.
Por esta razón los gobernantes -aferrados
al jamón del poder - no van a regalarles
espacio alguno.
El que menos haga por la libertad de Cuba, si
algo hace, tiene un inmenso mérito, puesto
que se atrevió a rebelarse contra un poder
tan aplastante y desprovisto de freno moral.
Pero el líder tiene que liderar, el dirigente
tiene que dirigir; si no actúa deja de
ser líder, si sus seguidores que esperan
directrices pescan dolor de cuello mirándolo
arriba permanecer mudo como esfinge, desaparece.
Si Abraham Lincoln, Carlos Manuel de Céspedes,
José Martí, Mahatma Ghandi y Martin
Luther King hubieran dedicado sus vidas a redactar
declaraciones y cartas a las autoridades para
solicitar derechos, sin otra acción, ¿habrían
sido los líderes que arrastraron con ellos
a sus pueblos?
Estoy dispuesto a seguir al caudillo más
altanero si cumple la condición de desarrollar
un plan de acciones para liberar a Cuba. Pero
en Cuba falta acción. Los líderes,
en difíciles condiciones de represión
y aislamiento, parecen más encerrados en
sus propias limitaciones que en las que les impone
el régimen.
En un inmovilismo parejo al del estado. Sólo
que el estado tiene ya el poder y teme perderlo
si actúa y los opositores necesitan actuar
para arrebatar ese poder.
Se diría que los opositores esperan que
las cosas ocurran solas. Pero si las cosas ocurren
solas ¿quién los necesita para nada?
¿Quién les dará el menor
poder de influir en acontecimientos que ocurrieron
sin ellos?
Luego, la inacción corre pareja con el
envío de manzanas envenenadas a los que
actúan, la censura a los que asumen iniciativas.
Con oposición a otros opositores y oposición
a que los opositores se opongan ¿qué
conseguiremos? Y ¿qué futura sociedad
civil tendremos?
Unos pocos - y personas instruidas - parecen
dedicados al único fin de servir de mediadores
del régimen o de intereses extranjeros
empeñados en que en Cuba no cambie nada,
o lo haga cuando la rana críe pelo.
¡Hasta abogan por sostener a Raúl
Castro!, y luego, cuando éste o sus sucesores
se aburran del poder y se lo regalen a ellos graciosamente,
mediar para el tránsito.
Pueden dañar mucho confundiendo. Su consigna
es "Ahora no, ahora no". Para ellos
jamás habrá condiciones, jamás
será el momento de actuar. Y los gobernantes
poseen sobrada soberbia para no emplearlos jamás
en ningún tránsito, como aliados
y ni siquiera como peones.
Si el gobierno se propusiera un tránsito
o - seguramente - el simulacro de tránsito
o de reformas como ya ha fingido muchas veces,
para nada necesita a los opositores.
Buscarían en la oficina más oscura
del Partido a un desconocido simpático,
y con 15 minutos de discurso televisivo lo convertirían
en el Gorbachov cubano, fabricarían así
su esperanza blanca.
Un tipo simpático que ofrezca cuatro
plátanos al pueblo, culpe de todo a Fidel
Castro y acuse de corruptos a los dirigentes,
mientras les guiña el ojo, se metería
en el bolsillo al pueblo, le pondría un
suero de varios años de vida al régimen
moribundo y dejaría con un palmo de narices
a los oportunistas de izquierda, aunque digan
que llegaron primero.
Ya Raúl Castro lo intentó, pero
está demasiado ligado al régimen
para que nadie vea como esperanza de nada al anciano
continuista a quien el culto a la personalidad
de Fidel Castro asignó el papel de malo
de la película a su hermano mayor, mientras
él era el héroe. Todo eso es irreversible.
Además, Raúl cae "pesao",
y en Cuba no se puede ser "pesao".
Si la cúpula todavía no sacó
del sombrero a un líder desconocido es
por su mayúscula incapacidad y miedo a
que ese "líder a la orden" se
rebele contra sus fabricantes.
Desde la desaparición de Castro - hace
más de un año - la cúpula
exhibe su incapacidad para continuar gobernando
como antes. Lo grita a voces su aferramiento al
cadáver político de Castro, en cuyo
nombre gobiernan sin atreverse a hacerlo en nombre
propio, la tozudez y ceguera para ceder en nada
o efectuar reforma alguna y el cantinfleo en las
declaraciones oficiales, ambiguas todas, como
el discurso de Raúl Castro el 26 de julio.
El gobierno pone en escena otra farsa electoral
para reelegir al fantasmal Fidel Castro, o para
darle sus botas al hermano heredero. No se atreve
desde hace años a convocar el Congreso
del Partido.
Nunca fue mayor el descontento popular y el
miedo gubernamental a reprimir ese descontento.
Hace más de un año que la puerta
de la jaula quedó abierta, pero el león
no se atreve a escaparse.
¿Y los opositores? ¿Qué
momento esperan para pasar de las declaraciones
a promover acciones? Pacíficas, sí,
pero acciones.
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