30 de noviembre de 2007
 
 
Crónica            
30 de noviembre de 2007

Nos separó la intolerancia

Guillermo Fariñas, Cubanacán Press


SANTA CLARA, noviembre (www.cubanet.org) - Ana y El flaco se conocieron en el Circulo Juvenil Alegrías de Juventud, en pleno auge de la perestroica soviética. Desde que se miraron, ella comprendió que había conquistado el corazón del flaco. Sin embargo no se decidía a hacer nada al respecto, puesto que El flaco estaba demasiado feo para su exigente gusto.

Ana Abreu era en aquella época una hembra de piel negra, de las que para el tráfico. Con una estatura cercana a 1.60 metros, unas caderas grandes con unos glúteos prominentes y músculos duros debido a la práctica del baloncesto, los rasgos físicos que más le resaltaban eran sus ojos color miel.

El flaco estudiaba en la facultad de letras de la Universidad Central de Las Villas, aspiraba ser un buen poeta, pero sobre todo un magnifico escritor de novelas de amor.

Se percató de que físicamente no le interesaba a Ana. Esto no hizo que decayera su pasión por ella y se dedicó a estar a su lado como amigo. Le contaba chistes muy picantes, que a ella la derretían. Así mismo comenzó a ocupar todo su tiempo llevándola a cines, teatros, conciertos de música popular.

Tuvo que convertirse en un verdadero mago con sus horarios para estar el mayor tiempo posible junto a su deseada hembra, puesto a que ella trabajaba como operaria en la Industria Nacional de Producción de Utensilios Domésticos (INPUD). Así fue sitiando el alma con calma y perseverancia a su amada amiga.

Ana terminó enamorando al flaco, el 14 de febrero de 1987, día de los enamorados. El conquistado se sentía como flotando en las nubes. Aquella mujer sería la madre de sus hijos.

La única contradicción latente entre la Abreu y El flaco eran sus posiciones políticas. Ana era una acérrima fidelista, mientras que el alumno de psicología ya se consideraba un seguidor de Mijail Gorbachov, a la vez que aspiraba a que la Glásnost se implantara en Cuba.

Para demostrar su incondicionalidad al comandante en jefe, Ana Abreu determinó pasar el curso de un año en la escuela nacional de oficiales subalternos, en la ciudad de Santa Clara. El flaco la ayudó en las asignaturas más difíciles.

Cuando El flaco estaba en el último año de su carrera, no pudo resistir la tentación. Se llevó a su negra a vivir con él a la casa de sus padres. Antes de graduarse, en abril de1988, contrajo nupcias con su amada.

Ana se puso el uniforme de oficial con el grado de subteniente. El sensibilizado esposo movió sus influencias entre viejas amistades dentro de la oficialidad del ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en Villa Clara de cuando fue combatiente en la República Popular de Angola, y tras de algunos malabares, su esposa fue asignada responsable de las alumnas de la escuela Camilo Cienfuegos, un puesto cómodo y cerca de su casa.

Un día, en su puesto de trabajo en la consulta de la policlínica comunitario de Camajauní, El flaco recibió a su amigo, el capitán de la Contrainteligencia Militar Israel Rivero, quien atendía a la unidad militar de Ana. Este le mostró una carta en la que ella decía que él (El flaco) escuchaba a Radio Martí y que junto a otros graduados universitarios hacían tertulias pro cambios en Cuba.

El músculo cardiaco se le rompió en ese momento al flaco. Sintió la traición de la peor de las maneras. El militar le rogó que fuera discreto, y le solicitó que si se iba a separar de Ana Abreu que fuese por otro motivo.

El flaco cumplió su palabra. Durante años nunca dijo a nadie el por qué se separó de su último gran amor. Israel, después, fue preso político y ahora está exiliado.

El flaco todavía analiza lo ocurrido entre él y la hermosa Ana. Le da vueltas al asunto cada vez que se la encuentra en las calles de Santa Clara, con su uniforme de capitana. Ahora trabaja en la Escuela Provincial de la Defensa y no le dirige la palabra porque él es un opositor pacífico.

El flaco se repite con nostalgia: “Ana, nos separó la intolerancia”.

 

 

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