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REPRESION
La otra azotea
Luis Cino
LA HABANA, mayo (www.cubane.org) - Los poetas
ya no se reúnen los jueves en la azotea
de Reina María Rodríguez. Ahora
la cita, de carácter oficializado, es,
también los jueves, pero al mediodía
y en otra azotea: la del Palacio del Segundo Cabo.
Allí, dentro del redil del Instituto Cubano
del Libro, están mejor vigilados.
Los comisarios evitan así a los poetas
la molestia de tener que vocear el nombre de Reina
María o su mamá en plena calle Ánimas.
El peligro de que les lancen, desde un balcón
o por una ventana, la llave de la puerta. La ascensión
por la escalera y la tentación de leer
las inoportunas inscripciones en las paredes.
Las goteras en el techo de madera. El susto de
que la gata Djuna o cualquier otro de sus felinos
cómplices y con nombres de literatos, salten
sobre su regazo mientras declaman un poema.
Muchas cosas más evitan los comisarios.
Lo mejor de todo: lo hacen sin prohibiciones.
Apenas las necesarias. Basta con arquear una ceja
o señalar con un dedo. Es mejor así,
no vaya a haber una nueva tormenta de e-mails.
A intelectuales y artistas hay que tratarlos con
pinzas. Tampoco hay que regalárselos al
enemigo.
La poetisa Reina María Rodríguez
ya apenas da uso a las tazas de porcelana que
cambió por los búcaros de Baccarat.
En su azotea ya no se reúnen las decenas
de escritores que acudían los jueves a
su oasis contra la rutina, los apagones y otros
desastres. Unos se fueron, otros tienen miedo.
Ahora los desastres son los mismos pero sólo
vienen cuatro o cinco amigos.
No son iguales las dos azoteas, aunque en la
del Palacio del Segundo Cabo también estén
Reina María Rodríguez y Jorge Miralles.
Con Antón Arrufat editan la revista "Trazado
de Letras". Es cuanto queda del proyecto
Casa de Poesía y de una azotea que, antes
de la mudanza, fue el centro literario alternativo
más importante de La Habana.
Ahora, los escritores se acomodan con prudencia
los jueves, convocados por una campana, en las
sillas, las mesas o un sofá de la azotea
del Palacio del Segundo Cabo. Allí todo
es previsible y dentro de la revolución.
Lo que tiene que pasar lo anuncia un pizarrón.
Lo que no anuncia -no es necesario ni de buen
gusto- es que en esta azotea también acecha
el peligro. Un peligro peor que los gatos de Reina
María o sus invitaciones a comer.
Todos lo saben. Leen sus textos acechados por
policías disfrazados de poetas (o viceversa).
Hacen señas al oír un epigrama que
sólo entienden unos pocos iniciados. Fruncen
el ceño ante alusiones ambiguas. Hacen
críticas a la frágil estructura
de algún relato, al pecado de colocar versos
que no suenen mal.
Cuando se aburren de haikus, postmodernismo e
intertextualidad, y piensan en el futuro que no
se ve, bajan la vista a la calle. Abajo están
la bahía, el Morro, las copas de los árboles
de la Avenida del Puerto, el tinglado bullicioso
de los artesanos para atrapar turistas incautos,
la aglomeración de personas que esperan
guaguas que no pasan. Es mejor alzar los ojos
al cielo y pensar un nuevo verso.
Los poetas afectan desenfado y beben té,
comprado en pesos convertibles en una tienda de
la calle Obispo, que en realidad no es té,
sino cualquier otra cosa. Como la tertulia de
los jueves, al mediodía, en el Palacio
del Segundo Cabo.
luicino2004@yahoo.com
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