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LABORALES
Cañas en el Averno
Luis Cino
LA HABANA, mayo (www.cubanet.org) - Desde la
primera vez que corté caña, asocio
el Averno con los cañaverales. Parece que
no andaba mal encaminado. Más de 35 años
después de la primera e inolvidable zafra
en que participé, nada menos que Fidel
Castro me dio la razón: cortar caña
es infernal.
El Comandante, en una de sus recientes reflexiones
en forma de artículos de Granma sobre el
uso de los biocombustibles, comparó con
el "infierno de Dante" las condiciones
en que trabajan los cortadores de caña
en Brasil. Diciéndolo el promotor de la
idea de la zafra de los 10 millones de toneladas
de azúcar de 1970, con las cifras y detalles
con que lo argumenta, quién lo duda.
Recuerdo con nitidez (mi mente suele ser renuente
en borrar ciertos malos recuerdos) la primera
vez que me enfrenté, mocha en mano, a un
helado cañaveral matancero. Era 1972, tenía
16 años y estudiaba en el Instituto Preuniversitario
Cepero Bonilla. Cumplía los 45 días
de escuela al campo en el campamento "El
Tiempo", en Bermeja, provincia Matanzas.
Dije "helado cañaveral" porque
iniciábamos la faena poco después
de las seis de la mañana. Dos o tres horas
después, con el cuerpo bien entrado en
calor y un sol que rajaba las piedras, no había
quien soportara trabajar con la gruesa camisa
caki de mangas largas.
El remedio de trabajar sin la camisa era peor
que el calor: las hojas con espinas arañaban
los brazos, el torso y hasta la cara. La única
compensación era el hermoso bronceado hawaiano
que adquiríamos.
Ya para esa hora, los ásperos cabos de
las pesadas mochas nos habían hecho ampollas
en las manos. Los arañazos, el dolor de
cintura, las picadas de los insectos, el sudor
en los ojos, la sed y el ardor en la espalda no
eran nada en comparación con el nuevo tormento.
Nos instruyeron de cortar la caña bien
abajo, de un solo tajo, limpiar y tirar para la
tonga. No nos hablaron de las ampollas. ¿Qué
son las ampollas para un comunista?
Decían que las ampollas se curaban reventándolas
y orinándose las manos. Para que se hicieran
callos. Ni modo. Los callos demoraban una semana
o más. Entretanto, sólo quedaba
aguantar el dolor, apretar duro el cabo y todo
lo demás, y seguir cortando. Abajo, de
un solo tajo
La sed no la calmaba el agua de los porrones.
Tampoco quitaba el hambre el agua con azúcar
prieta que repartían a media mañana.
Le llamaban "sopa de gallo" y venía
en una lata de aceite recalentada por el sol,
en cuyo fondo se acumulaba una borra sospechosa.
Con ella se suponía que resistiéramos
hasta la hora de almuerzo.
En realidad, el hambre nunca nos abandonaba.
Fue nuestra más fiel compañera durante
cada día que permanecimos en "El Tiempo".
Almorzábamos poco y mal en el mugriento
comedor, o nos llevaban la comida al campo si
estábamos lejos del campamento. Descansábamos
poco más de una hora antes de volver al
corte.
El sol del mediodía hacía reverberar
el cañaveral. Empezaba la angustia por
llegar a la norma. Si no habías adelantado
en la mañana, poco podías hacer
con el calor agotador de la tarde. Y era obligatorio
llegar a la norma. De ello dependía el
pase del fin de semana para ir a la casa y regresar
antes del grito ¡De pie!, del lunes.
Valía la pena ir a casa aunque, cuando
el transporte público estaba malo, fuera
sólo por unas horas. Las suficientes para
ver a los padres, recoger ropa limpia y sobre
todo, comer
Llegar a la norma, aunque decían que era
adecuada a nuestra edad, no era tarea fácil.
Había que cortar 150 arrobas en normas
técnicas y 200 si era para acopio.
Cuando era caña quemada, se elevaba a
250 arrobas. El llamado corte australiano era
más fácil, porque la paja se quemaba
y no había que limpiar la caña.
El problema era el tizne, que se te metía
por los poros, la boca y la nariz. Las ropas y
el pelo se impregnaban de una negra y pegajosa
melcocha que olía a rayos cuando se mezclaba
con el sudor.
Había que hacer de todo con tal de cumplir
la meta. Quedarse cortando en el cañaveral
después de las 5 de la tarde. Robar cañas
de las tongas de los cortadores más largos.
Abultar las tongas con pajas o troncos antes que
se hiciera el cómputo. Lo que no se podía
era perder la emulación y quedar como blandengue.
Menos todavía perder el pase semanal.
Algunos, ante la enormidad de la norma y la posibilidad
de perder el pase, optaban por aguantar la respiración
y golpearse en la canilla con el machete. Sólo
lo suficientemente duro como para pasar varios
días sin trabajar. Los más seriamente
accidentados se ganaban el premio gordo: los enviaban
para La Habana.
Son escasos los recuerdos amables que guardo
de la zafra en "El Tiempo". El sabor
dulce del jugo de las cañas para aplacar
el hambre. Las fugas al pueblo y las bromas entre
amigos cuando regresábamos, tiritando en
frías madrugadas por la línea del
tren que bordeaba el cementerio.
Una canción de Cat Stevens sonaba insistente
aquel invierno en las emisoras americanas que
escuchábamos de noche, escondidos en la
litera del fondo del albergue. Todavía
no sé por que "Sitting" me daba
tanto ánimo en aquellos días. Mucho
más ánimo que los círculos
de estudio y las exhortaciones a la emulación
de los profesores o los musulungos de la UJC.
En definitiva, el día que más caña
corté sólo llegué a las 300
arrobas. Fue con trampas, me ayudaron. Terminé
como si me hubieran molido en el central España
Republicana, junto con las cañas.
De no ser entonces un muchacho hambreado y con
serios problemas ideológicos, en aquella
o en alguna otra de las siguientes zafras, quizás
hubiera logrado acercarme siquiera a las 3,4 toneladas
de caña que cortó en 4 horas el
Comandante en 1970. Ni siquiera lo intenté.
¿Para qué?
Conozco mis limitaciones. No clasifico entre
los héroes y los superhombres revolucionarios.
Soy sólo un tipo hecho de carne y huesos
sobre todo eso, huesos.
luicino2004@yahoo.com
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