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Cantar
del pueblo
Andres Reynaldo, El Nuevo Herald, 26 de mayo
de 2007.
A48 años del triunfo revolucionario, viene
el rockero Gorki Aguila Carrasco a decir lo que
toda la nación cubana debió haber
coreado aquel nefasto 8 de enero de 1959: ``No
coma tanta p. . . ., Comandante''.
Gorki, y su grupo Porno para Ricardo, no va a
cambiar el panorama de la música insular.
De hecho, no creo que esa sea su intención.
Le atribuyo, sin embargo, tres rasgos excepcionales.
El primero, atreverse a asumir a cajas destempladas
el espíritu del pueblo. Segundo: descomplejizar
la figura de Fidel Castro hasta reducirlo a una
sola expresión de contundente displicencia,
en una fulminante y feliz acción reductora.
Y por último, destruir de un memorable
vocinazo la retórica hagiográfica
y acomodaticia (en efecto, pequeñoburguesa)
de aquel fenómeno juvenil de la canción,
nacido ya con todos los vicios de la senilidad,
que se dio en llamar Movimiento de la Nueva Trova.
En un sostenido rapto de irreverencia, Gorki
ha trazado en la música ''comprometida''
de la isla una frontera inapelable. Después
de escuchar la melodiosa tonada de Silvio diciéndonos
que vive en un país libre y que el castrismo
lo hace sentir como un gigante, la soez verdad
poética de Gorki adquiere una avasalladora
resonancia ética. No coma usted también
esa cosa, Silvito.
En buen cubano, este rockero nacido de la revolución
(a tal punto que sus padres le pusieron tan rusiforme
nombre) ha devuelto a Fidel a su justa medida,
llenándonos, eso sí, de una inevitable
vergüenza. Mientras los intelectuales sudan
la gota gorda tejiendo el bolillo de la alegoría
para hablar del quinquenio gris sin mencionar
al gran censor y la Iglesia Católica llama
a rezar con lágrimas en los ojos por la
recuperación de su satánico verdugo,
sacudiendo con espectacular deleite la trasera
veta masoquista del alma nacional, brota desde
las humildes y desamparadas calles de Marianao
una acacharrante voz de alerta. Compañeros
pensadores, benévolos comentaristas de
las tesis de Fidel; compañeros obispos,
sublimes promotores del angelismo, la ambigüedad
y la sumisión; ustedes, que también
temen a la policía; ustedes, que también
están cansados de temer, acójanse
al humanista compás de este torpe cantar.
Por supuesto, Gorki habita en la oscura región
de los peligros. En su último cd A mí
no me gusta la política, pero yo le gusto
a ella, compañero (2006), las letras no
dan tregua al castrismo. Cito, al azar, fragmentos
de diferentes canciones: ''Yo ya perdí,/
yo ya caí preso./ Y de eso no me quedan
unos cuantos huesos''. ''No quiero ser tú,
compañero,/ que levantas la mano/ y aplaudes
el tiempo entero''. ``Estos años de hambre
y de sombras/ llevan todos tu nombre, Fidel./
Pues los hombres que joden la historia,/ cumplen
año cada amanecer''.
Me atrevería a decir que estamos ante
la mayor expresión contestataria entre
los artistas de la isla en cualquier época.
El tono mordaz, pródigo en escatológicas
invectivas, surge de la resaca de medio siglo
de abuso impune y mentira científicamente
organizada. A la cotidiana y virulenta violencia
de un opresor omnipotente, que ha corrompido hasta
el mismo lenguaje de la redención, el hombre
común y corriente apenas puede responder
con un huidizo gemido o una invectiva íntima
y sucia. Mientras más íntima, más
sucia. Y mejor calibrada.
Para la generación de Gorki ya no es suficiente
hacer la crítica de la revolución.
Su dardo está disparado a la carne misma
de su verdugo. Que otros hablen de reformas, estos
muchachos apuntan a otras profundidades. Cerrado
a palos durante medio siglo el espacio del debate
y la duda, ellos buscan con afilada sensibilidad
una brecha en la concreta persona del enemigo.
Y la encuentran. Ahí aparece Fidel, de
cuerpo presente en su recalcitrante y tropical
egocentrismo, en su infantil y demoníaca
lógica, en su extrema y contaminante vulgaridad.
Dice Gorki: ''El Comandante quiere que yo trabaje/
pagándome un salario miserable./ El Comandante
quiere que yo lo aplauda,/ después de hablar
su mierda delirante./''. Y la realidad le hace
el coro: ``No coma tanta. . ., Comandante''.
Puede que el genio popular se muerda la lengua,
pero en silencio va escribiendo en piedra. Ya
vemos aparecer los iniciales trazos del epitafio
de este mezquino y gansteril payaso, que agoniza
extraviado en un delirio espeso y municipal. Si
no me creen lo que digo en Miami, escuchen lo
que dice Gorki en La Habana.
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