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ECONOMIA
INFORMAL
Las ventas de la florista
Lucas Garve, Fundación por la Libertad
de Expresión
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Aquí
en mi barrio, cerca de la Calzada, hay un pequeño
estanquillo al que a diario acuden numerosos clientes.
Es el estanquillo de la florista. Un pequeño
stand de metal pintado de blanco abierto todas
las mañanas, incluso los domingos. No sé
cómo ella se llama, pero sí sé
que los girasoles que vende a dos pesos cada uno
parecen ciertamente soles apretujados en la boca
del búcaro donde los pongo.
La gente del barrio se agolpa temprano junto
al mostrador para llevarse las blancas azucenas,
los príncipes negros de un tono casi púrpura,
los gladiolos rosados o naranjas, los crisantemos
como la porcelana asiática, las rosas de
pétalos con tono pastel, los delicados
nardos, las níveas mariposas, las llamadas
terciopelo de vivo color rojo, los radiantes girasoles,
a precios que van desde un peso hasta dos con
cincuenta.
Hace unos días compré una docena
de girasoles. Ellos iluminaron durante casi una
semana mi cocina con el amarillo de sus pétalos.
Dieron alegría a mi espíritu con
su color. Cada día, al regresar cansado
y dirigir mi vista hacia el irradiante bouquet,
una sensación de alivio inundaba mi vista
ante tal hermosura.
Agradecido, fui a comprar flores cerca de la
calzada, y a transmitir a la vendedora lo que
pensé sería un halago:
-Escuche, amiga, los girasoles que me vendió
los tuve en un búcaro cinco días.
La respuesta de la florista no tardó un
segundo:
-Pues no lo digas en voz alta porque los clientes
se van a llevar mis flores porque duran mucho
y no volverán en muchos días. Mi
asunto es vender y mientras más pronto
se marchiten, venderé más.
-Pero los clientes no te faltarán porque
las flores se marchiten pronto o no, sino por
la calidad de la mercancía que adquieran.
La calidad es la que atrae al cliente.
La respuesta, para mí inesperada de la
vendedora de flores, me hizo reflexionar sobre
el desconocimiento del mercado de los que se dedican
a vender por cuenta propia. La falta de experiencia
es evidente. En Cuba, realmente, no hay comercio.
Ahogados por una ideología que los condena,
amenazados por la inminencia de un cierre imprevisto
por cualquier cambio de humor gubernamental, los
vendedores por cuenta propia solamente se interesan
por obtener rápidas ganancias sin importarle
la satisfacción del cliente, ni el prestigio
de su gestión.
La población adquiere lo que desea comprar
con una moneda que es un simple vale de cambio,
pero que no tiene valor salvo en el territorio
nacional. Compra artículos a precios desproporcionados
en relación a la utilidad y la calidad
de lo que adquiere.
La emergencia de la gestión está
marcada por la necesidad del que vende y no por
una demanda real del artículo o del servicio.
Así, sucede con muchos chóferes
de taxis privados, a los que no les interesa recoger
un pasajero más y siguen de largo.
Creo que la solución para tal fenómeno
pueda ser la proliferación de vendedores
con una oferta variada. Ello aseguraría
que el cliente tuviera donde escoger el mejor
servicio y la mejor oferta.
Si usted me ha seguido hasta este punto, quizás
piense como yo, que en Cuba hace falta aprender
a distinguir y proponer las vías apropiadas
para satisfacer las necesidades de la población,
y contribuir a cambiar la mentalidad que el socialismo
tropical ha deformado. Solamente de tal forma,
estimo, podremos obtener el cambio que anhelamos.
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