PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 22, 2007

LABORALES
La cuadratura del círculo

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, mayo (www.cubanet.org) - Eliminar un hábito deviene complicación. Los hábitos se adquieren por medio de una práctica sostenida y generalmente es imposible eliminarlos de golpe. Muchos intentos por remediar un mal hábito producen el efecto contrario.

Conozco un padre que usó la persuasión sin éxito, más tarde hizo de la fuerza su instrumento correctivo y tampoco pudo lanzar el suspiro de la victoria. Su hijo persistió en masajear con la lengua el dedo pulgar de su diestra. Ni psicólogos, ni magia negra. Todas las tácticas se estrellaron contra una realidad que puso los procedimientos en el mayor de los ridículos. El muchacho aumentó la dosis: el pulgar izquierdo entre las mucosas bucales y la satisfacción de ampliar el diapasón de sus placeres. Ese fue un problema íntimo, un caso de familia sin consecuencias para otras personas fuera del ámbito de aquel hogar.

Ahora me convierten en testigo de otro escenario. Estoy en las gradas y escucho, con claridad, los cantos de sirena. De un periódico surge una figura humana que insta al fortalecimiento de la disciplina laboral y administrativa, al rescate del orden, decreta el destierro del formalismo y las fanfarrias, y saca de un baúl dos ripios que identifica como exigencia y control. Nos pide contribuir a restituir los despojos y darle nuevas connotaciones. Lavarlos, untarle un poco de agua de colonia, algo que sirva para sacar de su letargo a la eficiencia, y quitarle el óxido a la productividad.

Todo sucedió hace pocos días en el Palacio de las Convenciones como parte de la audiencia parlamentaria realizada por la Comisión de Asuntos Económicos de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Altos funcionarios del Comité Central del Partido, el ministro de Trabajo y Seguridad Social y el secretario general de la oficialista Central de Trabajadores de Cuba estuvieron entre los participantes.

Sentí vértigo a corta distancia del lunetario. Los síntomas se mantuvieron invariables durante todo el tiempo que estuve a la expectativa. Yo, anonadado ante la "corporización" de aquellos párrafos de Granma, el alucinante órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, asistía a una función de teatro costumbrista, desde la silla renqueante y la herrumbrosa mesa que pueblan mi sala.

Ante mí, actores y figurantes, gente articulando un lenguaje con las mismas letras y matices de antaño. Palabras que trazaban un nuevo camino para llegar a las soluciones, sin embargo, todos estaban perdidos en un bosque sin señalizaciones.

Rehúso transitar por esas vías donde la nación aún da vueltas soltando las últimas arandelas. No quiero ser cómplice de una catástrofe de mayores proporciones, sólo me atengo a brindar unos amortiguadores que trato de confeccionar desde hace cinco lustros para no escuchar el ruido ensordecedor de una explosión social y otras tragedias que van gestándose a la sombra de prohibiciones, normativas absurdas y el uso de la fuerza en sus diversas manifestaciones.

¿Es sensato que tras 48 años de socialismo se continúe apelando a la conciencia de trabajadores y directivos de centros laborales para eliminar las conductas no compatibles con este modelo de gobierno? ¿Es justo pedir más sacrificios a obreros y profesionales que cobran salarios de miseria que no les garantizan las mínimas condiciones de existencia?

¿Quién que se considere una persona coherente y equilibrada puede pensar que sin un cambio estructural del sistema es posible acabar con los desvíos de recursos, el soborno y la retahíla de problemas existentes en el país?

Doy por hecho que con reuniones, documentos y llamados a la disciplina, nada se va a arreglar. Las fuerzas productivas están agotadas; simplemente dejaron de creer en el mismo discurso. Sus adversidades cotidianas son heridas muy profundas y supurantes.

Lo peor de la situación es que los principales causantes de todos los números negativos son quienes cuentan con la bendición del Partido y demás organizaciones afines al proceso político que "inventan" el progreso con la propaganda y la manipulación de las estadísticas.

Esta clase que viste de legitimidad la intransigencia y asume poses de fidelidad con astucia de zorros, es la que ha carcomido los cimientos del sistema. La doble moral permite ser juez y ladrón, la ética adopta mil formas y ninguna acorde con los principios enarbolados en marchas patrióticas y discursos temperamentales. Se trata de una gran pandemia y para la cual ya no existen antídotos eficaces.

Mi disidencia no es lo que debería preocupar a mis represores. Los que desmontan con sus acciones el ideario del absolutismo, gozan de buena salud y sin dudas, han hecho y hacen un excelente trabajo. Son dirigentes y subalternos, amas de casa y jubilados; muchos "políticamente confiables" e insertados en la sociedad como ilustres defensores de las buenas costumbres.

Quince años me bastan para proclamar mi inocencia. He pasado la tercera parte de mi vida en función de que a Cuba llegue la racionalidad, el sentido común, la decencia y el respeto a la libre emisión del pensamiento. Precisamente, es eso lo que no quieren los arquitectos del desastre.


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