|
LABORALES
La cuadratura del círculo
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, mayo (www.cubanet.org) - Eliminar
un hábito deviene complicación.
Los hábitos se adquieren por medio de una
práctica sostenida y generalmente es imposible
eliminarlos de golpe. Muchos intentos por remediar
un mal hábito producen el efecto contrario.
Conozco un padre que usó la persuasión
sin éxito, más tarde hizo de la
fuerza su instrumento correctivo y tampoco pudo
lanzar el suspiro de la victoria. Su hijo persistió
en masajear con la lengua el dedo pulgar de su
diestra. Ni psicólogos, ni magia negra.
Todas las tácticas se estrellaron contra
una realidad que puso los procedimientos en el
mayor de los ridículos. El muchacho aumentó
la dosis: el pulgar izquierdo entre las mucosas
bucales y la satisfacción de ampliar el
diapasón de sus placeres. Ese fue un problema
íntimo, un caso de familia sin consecuencias
para otras personas fuera del ámbito de
aquel hogar.
Ahora me convierten en testigo de otro escenario.
Estoy en las gradas y escucho, con claridad, los
cantos de sirena. De un periódico surge
una figura humana que insta al fortalecimiento
de la disciplina laboral y administrativa, al
rescate del orden, decreta el destierro del formalismo
y las fanfarrias, y saca de un baúl dos
ripios que identifica como exigencia y control.
Nos pide contribuir a restituir los despojos y
darle nuevas connotaciones. Lavarlos, untarle
un poco de agua de colonia, algo que sirva para
sacar de su letargo a la eficiencia, y quitarle
el óxido a la productividad.
Todo sucedió hace pocos días en
el Palacio de las Convenciones como parte de la
audiencia parlamentaria realizada por la Comisión
de Asuntos Económicos de la Asamblea Nacional
del Poder Popular.
Altos funcionarios del Comité Central
del Partido, el ministro de Trabajo y Seguridad
Social y el secretario general de la oficialista
Central de Trabajadores de Cuba estuvieron entre
los participantes.
Sentí vértigo a corta distancia
del lunetario. Los síntomas se mantuvieron
invariables durante todo el tiempo que estuve
a la expectativa. Yo, anonadado ante la "corporización"
de aquellos párrafos de Granma, el alucinante
órgano oficial del Partido Comunista de
Cuba, asistía a una función de teatro
costumbrista, desde la silla renqueante y la herrumbrosa
mesa que pueblan mi sala.
Ante mí, actores y figurantes, gente articulando
un lenguaje con las mismas letras y matices de
antaño. Palabras que trazaban un nuevo
camino para llegar a las soluciones, sin embargo,
todos estaban perdidos en un bosque sin señalizaciones.
Rehúso transitar por esas vías
donde la nación aún da vueltas soltando
las últimas arandelas. No quiero ser cómplice
de una catástrofe de mayores proporciones,
sólo me atengo a brindar unos amortiguadores
que trato de confeccionar desde hace cinco lustros
para no escuchar el ruido ensordecedor de una
explosión social y otras tragedias que
van gestándose a la sombra de prohibiciones,
normativas absurdas y el uso de la fuerza en sus
diversas manifestaciones.
¿Es sensato que tras 48 años de
socialismo se continúe apelando a la conciencia
de trabajadores y directivos de centros laborales
para eliminar las conductas no compatibles con
este modelo de gobierno? ¿Es justo pedir
más sacrificios a obreros y profesionales
que cobran salarios de miseria que no les garantizan
las mínimas condiciones de existencia?
¿Quién que se considere una persona
coherente y equilibrada puede pensar que sin un
cambio estructural del sistema es posible acabar
con los desvíos de recursos, el soborno
y la retahíla de problemas existentes en
el país?
Doy por hecho que con reuniones, documentos y
llamados a la disciplina, nada se va a arreglar.
Las fuerzas productivas están agotadas;
simplemente dejaron de creer en el mismo discurso.
Sus adversidades cotidianas son heridas muy profundas
y supurantes.
Lo peor de la situación es que los principales
causantes de todos los números negativos
son quienes cuentan con la bendición del
Partido y demás organizaciones afines al
proceso político que "inventan"
el progreso con la propaganda y la manipulación
de las estadísticas.
Esta clase que viste de legitimidad la intransigencia
y asume poses de fidelidad con astucia de zorros,
es la que ha carcomido los cimientos del sistema.
La doble moral permite ser juez y ladrón,
la ética adopta mil formas y ninguna acorde
con los principios enarbolados en marchas patrióticas
y discursos temperamentales. Se trata de una gran
pandemia y para la cual ya no existen antídotos
eficaces.
Mi disidencia no es lo que debería preocupar
a mis represores. Los que desmontan con sus acciones
el ideario del absolutismo, gozan de buena salud
y sin dudas, han hecho y hacen un excelente trabajo.
Son dirigentes y subalternos, amas de casa y jubilados;
muchos "políticamente confiables"
e insertados en la sociedad como ilustres defensores
de las buenas costumbres.
Quince años me bastan para proclamar mi
inocencia. He pasado la tercera parte de mi vida
en función de que a Cuba llegue la racionalidad,
el sentido común, la decencia y el respeto
a la libre emisión del pensamiento. Precisamente,
es eso lo que no quieren los arquitectos del desastre.
|