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Contra
Ernesto Lecuona
Orlando González Esteva, Especial
/El Nuevo Herald, 20 de mayo de 2007.
Del español terrible que aguarda lo cimero
con su piedra en la mano abjuró Luis Cernuda,
abrumado por la afición de algunos de sus
compatriotas a arremeter contra todo aquél
que, por su genio, les sacara ventaja. Del cubano
terrible, émulo de ese español,
hay que hablar apenas se conoce lo que algunos
opinaron y aún opinan --en voz baja casi
siempre, y en corrillo, como si pertenecieran
a una casta incomprendida, y por incomprendida,
superior-- de Ernesto Lecuona.
¿Qué no le perdonan? El talento.
¿Qué más? El éxito.
Un éxito sin paralelos en la historia de
la música cubana. Entre los detractores
abundan, claro está, sus colegas, expertos
en disimular la verdadera naturaleza de sus sentimientos
invocando la indiferencia de Lecuona ante las
corrientes musicales que identificaron su época
(es decir, su anacronismo), su preferencia por
lo fácil y lo comercial, y hasta el ambiente
que prefirió, poblado de costumbrismo y
tiples de jerarquía diversa: la farándula.
Los más piadosos lamentan el abandono de
Lecuona de una carrera como pianista de música
''seria''; un pianista que, dadas las facultades
de las que hizo gala en su juventud, podía
haber ganado prestigio para Cuba interpretando
obras dignas de aquel precoz virtuosismo.
Todos suelen ignorar que la decisión de
Lecuona de dedicarse a la música popular
no fue una decisión festinada sino consciente
e hija de circunstancias que él mismo describe
en una entrevista concedida al periodista Arturo
Ramírez. Lecuona recuerda que no procedía
de una familia acaudalada y que pronto, muy pronto,
tuvo que ganarse la vida tocando el piano y componiendo.
El ambiente de la Cuba en la que se abría
paso distaba mucho de ser el más favorable
a la música clásica, y mucho menos
a aquélla que parecía dar la espalda
a la tradición y aventurarse por caminos
extraños al gusto promedio.
Entre el aplauso que recibía el joven
al interpretar a Debussy y a otros, y el que recibía
al interpretar sus propias danzas, esas danzas
en las que el pueblo cubano se reconocía,
se abría un abismo. Lecuona no tardó
en comprender que su destino no era aquél,
arduo, que años más tarde asumiría
--para citar un nombre-- Jorge Bolet, sino aquel
otro, más humilde, más acorde con
su realidad financiera, su entorno humano y hasta
su hedonismo criollo, de componer para el pueblo
a partir del propio pueblo, pero apoyado en una
cultura pianística y un don para este instrumento
superiores a los de la mayoría de los compositores
de música popular de su país.
Ese ''exceso'' de formación y ese aire
popular y complaciente que acabó prevaleciendo
en gran parte de su obra cantada lo situaron en
una tierra de nadie. Los colegas suscritos a la
modernidad comenzaron a mirarlo con desdén;
los que sólo cultivaban lo popular, con
admiración, pero también como a
alguien demasiado culto para considerarlo uno
de ellos. ¿Dónde ubicar a un creador
e intérprete que tan pronto estrenaba en
Cuba la Rapsodia en azul de Gershwin o componía
una suite de difíciles obras para piano,
como escribía una conga o una zarzuela
donde un grupo de mujeres bailaba golpeando el
suelo con sus chancletas de madera?
El camino escogido por Lecuona iba a permitirle
dar rienda suelta a su facilidad para componer,
sumando a su sólida formación pianística,
su deslumbrante capacidad melódica, su
dominio absoluto de los ritmos insulares y aquello
que por entonces algunos comenzaban a identificar
como ''lo cubano''. Su prioridad no sería,
pues, complacer a los doctos sino convertirse
en caja de resonancia del alma, ingenua si se
quiere, de su joven país.
Algunos extranjeros no tuvieron dificultad en
advertirlo. El 15 de septiembre de 1957, Antonio
de Quevedo se hace eco en el Diario de la Marina
de las declaraciones hechas por un diplomático
inglés que visita Cuba: ''Ahora, en contacto
de vista, oído y sabor con las tradiciones
cubanas, encuentro en la música de Lecuona
su más genuina representación en
lo sonoro''. Agustín Lara lo expresaría
de forma más contundente: ``Cuba es Lecuona,
o, mejor dicho, la música de Lecuona es
una síntesis de su patria''.
Desde algo tan insignificante como el uso de
una voz indocubana, ''siboney'', hasta la plegaria
dedicada a la Virgen de la Caridad del Cobre,
la obra de Ernesto Lecuona encarna una especie
de isla sonora, de patria musical. Lo español,
lo negro, lo chino, el drama de la esclavitud,
el mestizaje, La Habana, el campesinado, los vendedores
ambulantes, las aves de la isla, el paisaje, las
guerras por la independencia, la afición
al baile, la soterrada melancolía, el sentido
del humor del cubano e incluso algunos versos
de Zenea y de Martí, hallan en su obra
precioso hábitat.
Culta, popular o ambas cosas a la vez, y aún
para fastidio de ese compatriota terrible que
aguarda lo cimero con la piedra en la mano, es
difícil vislumbrar una época en
la que el pueblo cubano menosprecie la obra de
Ernesto Lecuona y no se vea venir de los albores
de sí mismo a la plenitud de sí
mismo en los acordes de La comparsa.
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