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CORRUPCION
Acariciar a la fiera
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, mayo (www.cubanet.org) - Fray Álvarez
Moya le pone amplificación a sus lamentos.
No puede domar a la bestia que ahora se pasea
por vaquerías y también deja sus
huellas en varias empresas de productos lácteos.
El animal tiene malas pulgas, ataca con virulencia.
Es taimado y conoce a la perfección la
hora y el lugar para el ataque.
Quieren asesinarlo con una ráfaga de palabrerías.
Al menos causarle un par de contusiones en una
zona vital, por medio de una guardia obrera en
la que se deposita toda la confianza del mundo.
Finalmente, la derrota. La fiera, haciendo estragos
en Holguín, La Habana, Camagüey, Pinar
del Río y en cualquier resquicio de Cuba.
Un terreno que ha tomado como el ideal para su
hábitat. En esta jungla es dueña
y señora, campea a sus anchas. Además,
aquí aprendió la teoría del
camuflaje y otros ardides para saciar sus apetitos.
Decía que ahora se le persigue debido
a su pasión por la leche. En 2006 bebió
un promedio de 28 millones de litros. Para cubrir
las pérdidas, el estado tuvo que multiplicar
las compras en el mercado internacional con un
desembolso de varios millones de dólares.
De no haberlo hecho, la avitaminosis hubiera propiciado
una catástrofe social de graves connotaciones.
¿Los potenciales afectados? Miles de coterráneos
entre los que sobresalen los niños entre
0 y 7 años; personas que reciben cuotas
del producto a causa de su enfermedad; ancianos
bajo cierta cobertura de un limitado programa
de protección, y pacientes recluidos en
hospitales e infantes internados en círculos
infantiles.
No necesito prismáticos ni reflectores
para observar los paseos de ese furibundo animal
que mantiene al país en vilo. Las mordidas
han puesto en extinción la moral. En su
glotonería se evapora la ética,
el control no pasa de ser un entrante exquisito
y la eficiencia un postre para saborear con gusto.
La corrupción ya tiene manadas donde la
depredación cobra matices de escándalo.
Ese es el engendro al que el socialismo le afila
los colmillos y después le desata el amarre
del bozal.
Alguien, periódicamente, lanza una advertencia.
Se ponen pasquines con rótulos que llaman
a la cacería como parte de un rito que
lleva la marca del teatro. En conclusión,
nada objetivo. Los desfalcos a la orden, la rapiña
en su mejor momento, los desvíos de recursos
en plena efervescencia, el fraude en la categoría
de ejemplar.
En esas coordenadas retrocede la nación,
se hunde en un marasmo de monsergas y poses que
invitan a pensar en algunas de las comedias del
gran Chaplin.
Con las insuficiencias productivas que tiene
su origen en lo arcaico de las gestiones que el
estado diseña para alcanzar el desarrollo,
se manifiestan patrones de conducta que marchan
en sentido contrario a las premisas sobre las
cuales se forjó "el hombre nuevo".
Ese ser humano, puntualmente sacrificado, revolucionario,
ajeno a la deslealtad, estricto cumplidor de cuanta
exigencia se vierte en las tribunas.
En las postrimerías de un intento por
mudar el Edén a una isla de algo más
de 11 millones de habitantes y azotada por el
clima tórrido del Caribe, se nota que los
planes fallaron.
Aquí no hay gloria, ni vestigios celestiales.
Nada que haga soñar con las maravillas
donde Adán y Eva se paseaban desnudos y
dieron al traste con el pecado en aquel jardín
exuberante que recrea la Biblia en su primer capítulo.
Me basta con releer el artículo aparecido
recientemente en el periódico Granma: El
potencial oculto.
Aunque se exponen un rosario de irregularidades
en relación al sector dedicado a la producción
láctea, las puertas de una solución
viable permanecerán cerradas.
La fiera tendrá el mismo amparo, el follaje
idóneo para prolongar su radio de acción
sin sufrir ni un rasguño. Fray Álvarez
Moya, desde su responsabilidad como viceministro
de la Industria Alimenticia, ideará algún
plan para atenuar los destrozos. No le auguro
éxitos.
La corrupción reirá como una hiena
o lanzará una flatulencia en señal
de regocijo después de una nueva cena en
algún centro de producción de víveres.
Es la misma película de hace 48 años.
En vez de latigazos, la bestia va a sentir en
su pelambre el tacto suave de las caricias. Se
trata de otro delirio de totalitarismo.
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