PRENSA INDEPENDIENTE
Mayo 14, 2007

HISTORIA
Saratoga

Yosvani Anzardo Hernández, Jóvenes sin Censura

HOLGUÍN, mayo (www.cubanet.org) - En 1938, Arturo Cid era dueño del Hotel Europa. La esposa, Eva Ortiz, la mujer de su vida. Y no quiero caer en errores semánticos, pues ya me dijeron que ella antes fue 'mujer de la vida'. No sé lo que eso significa, ni me importa, por lo que tampoco debe importarles a ustedes. Eva era puertorriqueña y una excelente esposa. Junto al perro Tocolo y dos pericos, decidieron viajar a España. Llevaron consigo tres botellas: una bebida amarga como la vida; otra suave como la muerte; y por último, una dulce como la venganza.

No sé si tendrían ascendencia árabe. Al parecer resumían la filosofía de sus vidas en aquellas botellas.

Dejaron en el hotel a Carlos Doce y a José Ramón Martínez. Felicia, la esposa de José Ramón era del Ferrol, Galicia, y como no quiero problemas con los descendientes de la gallega, diré que las aventuras de José Ramón con Rebeca, aprovechando la noche y a través de la baranda de su casa, sucedieron antes de conocerla.

La gente es muy mal hablada y aseguran haber visto cosas que tal vez Rebeca sintió, pero nunca vio.

El día del incendio al lado del almacén de madera, propiedad de Bidoche, el vestido de rayas azules y rojas de Rebeca se rompió y chamuscó el empeño de Ramón por salvarla, cubriéndola con su cuerpo, única oportunidad que tuvo de romper la malvada baranda, a pesar de que el incendio nunca llegó hasta su casa.

Cuando Arturo regresó de España, Carlos Doce y Ramón pasaron a administrar la tienda de ropas Los Estados Unidos. Dicen que debajo de la pintura actual aún se conserva ese nombre. Luego la compraron para convertirla en el Nuevo Hotel Europa, pues Arturo acababa de construir el hotel Saratoga, que sirvió durante años como refugio en temporada ciclónica. Manuel Milia era el cocinero. Con el tiempo Arturo Cid lo vendió a la Asociación de Colonos y fundó el hotel Saratoga, en Holguín, en la calle Maceo.

Los colonos trasladaron sus oficinas al antiguo hotel y también establecieron una clínica para atender a los campesinos accidentados. Etayo era el médico; y el jefe de enfermeros Elio Gelpi.

Y a pesar de que al Saratoga le destruyeron el segundo piso, dicen que porque se escuchaban conversaciones y risas, aún de las paredes que le quedan, y que constituyen el actual museo de San Germán, se escuchan suspiros y gemidos. Y no es para menos, pienso yo, después de tanto tiempo de maltratos y abandono.

La vida para los que se mantienen cerca del recinto ha sido amarga. Aunque los fallecidos también han encontrado suavemente a la señora de la guadaña.

Por cierto, dicen algunos por acá, esos que evidentemente le deben tiempo al otro mundo, que han visto a esta señora y pueden asegurar que lo de la guadaña es un cuento, porque lo que lleva consigo es una hoz y un martillo.

Puede ser, aunque si sigue "aplatanándose" pronto la verán con una bandera roja y negra y cantando la marcha, para así dulcemente cumplir lo que ya muchos llaman la maldición del Cid.

Cuando caiga totalmente el Saratoga, caerá también el sistema que condenó su existencia. Y si la creencia persiste, por primera vez atentaré contra el pasado y rezaré por el fin del Saratoga.


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