| Escritor
se faja, de campana a campana, por 10 dólares Lino
Novás fue dependiente, carbonero, taxista, vendedor ambulante y 'sparring'
de boxeadoras mastodónticas estadounidenses. Por el camino, se hizo un
maestro del relato, autor de rompe y rasga Raúl
Rivero. El Mundo, España, 5 de mayo de 2007. Martes Desayuno
en Granada Por la mesa ya habían pasado, con sus copas de pisco
o de agua clara, César Vallejo y el Toño Cisneros, Alejandro Romualdo
y Blanca Varela. Venían a lo lejos otros amigos, pero trajeron el café
y José Watanabe cerró el desfile. Hizo con la mano derecha un gesto
de abanico sobre su taza y borró del aire a todos los invitados. "Ahora,
nos tenemos que ir nosotros", dijo y miró a una mujer peruana alta
y silenciosa que le daba un perfil especial a esa mañana de primavera en
Granada. Volvería a Madrid dentro de un rato, en ómnibus
("no me acaban de gustar los aviones"), después de leer sus versos
en el Festival de Poesía y de pasar con la cabeza baja, penitencial, por
la ventana de Federico García Lorca. Como ni él, ni la señora,
ni yo, ni nadie en el mundo sabía que José Watanabe se iba a morir
una primavera después, nos despedimos en la puerta del hotel con serenidad,
sin prisa, sin emoción, convencionales y retóricos con una cita
del cholo Vallejo que dice más o menos así: ¡Salud!, hombre
de Dios, mata y escribe. Era abril de 2005, volaba en España su
libro La palabra alada y el escritor peruano (Laredo, Trujillo, 1946) tenía
un nombre más grande que aquel continente. Sus poemas se parecían
a él, a su vida y al tejido familiar, con una punta del estambre en Japón
y otra en las serranías. Se parecían a los paisajes de su tierra,
pero ya pasados por sus pupilas y rediseñados por la imaginación.
Dijo una vez que la escuela donde aprendió a leer y escribir estaba
a un kilómetro y medio de su casa y que, en el recorrido diario de ese
camino, aprendió a mirar. A escribir aprendió solo. O con su padre,
un hombre culto que venía de lejos y, con suerte, porque le enseñó
a su hijo las leyes del haiku y salió de la pobreza un sábado, de
golpe y porrazo, mediante un billete de la lotería. Watanabe inició
el viaje en un tiempo en el que muchos de sus contemporáneos (Cisneros,
Rodolfo Hinostroza, Enrique Verástegui) consideraban -algunos lo creen
todavía- que la poesía podía cambiar el rumbo político
de la sociedad. Pero él mantuvo siempre aparte su literatura. Lejos de
los manifiestos y las declaraciones, como un santuario particular, libre, al que
le añadía piezas y resguardos con sus libros trabajados en otro
planeta. Una estrella solitaria donde la gente se guiaba por esa frase que los
padres severos de antaño imponían a los niños: "Se mira
y no se toca". Pensaba que la poesía era "una percepción
muy fugaz", aunque clara y rotunda, que había que describir después
en el poema. Sus poemas, dijo muchas veces, eran reflexiones, reflexiones puras,
expuestas en la hoja, sin moralejas ni afanes didácticos. Watanabe había
venido a contemplr el mundo y a dejarlo tal y como estaba antes de su llegada
al norte del Perú. Publicó su primer libro en 1971: Album
de familia. Con ese cuaderno, ganó el Premio al Mejor Poeta Joven de su
país. La vida siguió y él comenzó, poco a poco, a
dejar de ser joven y elevarse como poeta. Muchos de los escenarios de esa poesía
inicial, los paisajes mareados de su pueblo y otros recuerdos del mundo rural
de su infancia, lo persiguieron hasta hace unos días, cuando sus amigos
y la familia lo dejaron en el Parque del Recuerdo, un cementerio de la ciudad
de Lima. Si yo llego a saber allá en Granada que no iba a ver más
Watanabe, no me despido de él. Y no lo dejo que se vaya con esa cita de
Vallejo en la cabeza. Le habría dicho por la ventanilla del ómnibus
estos versos de alivio y conformidad que son suyos: Nubes de tormenta cubren el
sol / y el brillante charco regresa a su humildad de agüita opaca. Miércoles
El olvidado Ésta era una vez un hombre que nació, en
Galicia, creció y se formó en Cuba, estuvo presente en la Guerra
Civil española, se exilió en Francia, regresó a La Habana
y fue a morirse a Nueva York en 1983, en su último exilio, expulsado de
la tierra que adoptó como segunda patria por quienes fueron de alguna manera,
años atrás, sus compañeros. Es una línea extraña
la que va de 1903, en la aldea de Parigueiro, As Grañas do Sor, La Coruña,
hasta la necrópolis de Syracuse, en Estados Unidos. Pero ese trazo imaginario
encierra la historia personal de alguien que salió de arar la tierra y
cuidar vacas en su infancia para terminar de profesor de Literatura en una universidad
de alto nivel. Los desengaños, las incertidumbres, los padecimientos,
las hambres, los peligros están escritos en sus cuentos y en sus artículos.
En Cuba, a pesar de que entró de pronto, un día de 1960, en la embajada
de Colombia en La Habana para pedir asilo, hasta el renuente y selectivo oficialismo,
lo tienen que reconocer como uno de los más importantes prosistas del siglo
XX. Un periodista que impuso un estilo personal y un ser humano honrado y trabajador
que se hizo escritor, traductor y director de periódicos y revistas con
el tiempo que le robaba a los oficios más humildes. Llegó
a los 12 años, a la casa de un tío materno. En la lista de trabajos
que tuvo que hacer antes de conseguir plaza en una librería y luego en
una publicación y una emisora de radio, aparecen éstos: dependiente
de fonda, vendedor ambulante, mozo de limpieza, mandadero, carbonero, boxeador
y taxista. Uno de sus amigos de esos años recordaba en los años
60 en la isla, cuando ya no se podía mencionar su nombre, que Novás
Calvo -en medio de una de sus frecuentes crisis financieras- con otro nombre y
los ojos clavados en la lona del ring, aceptaba peleas de cuatro rounds con unas
enormes boxeadoras norteamericanas que traían como espectáculos
de relleno a los carteles profesionales. Les ponían enfrente hombres
de mucho menos peso (el escritor entre ellos), gladiadores descamisados a los
que pagaban 10 dólares por paliza. Novás se convirtió
en un periodista reconocido en poco más de una década y regresó
a España en 1931 como corresponsal del semanario gráfico Orbe, un
suplemento del Diario de la Marina. Dos años después cerró
la publicación, pero el escritor se quedó en la península
como colaborador de otros medios y como traductor de inglés y francés.
Volvió a su segunda casa en 1939, vía Francia, y cuando Fidel Castro
entró en La Habana 20 años después, el joven taxista que
llegó de Galicia era el jefe de redacción de Bohemia, uno de los
semanarios más influyentes de la región. Su obra como cuentista
sigue vigente. Aunque muchos escritores cubanos y de otras zonas no la recuerden
en sus entrevistas ni en las publicaciones especializadas, uno puede asomarse
y descubrir, con demasiada frecuencia, la manera de escribir del autor de Pedro
Blanco, el negrero y de La luna nona y otros cuentos, los laberintos de un best
seller. Como traductor, puso en español por primera vez El viejo
y el mar. Se publicó en Bohemia y en la edición española
de la revista Life, en marzo de 1952, con la autorización y la complacencia
de Ernesto Hemingway, su amigo íntimo, integrante de un trío que
completaba el periodista Fernando G. Campoamor, historiador del ron y sus resacas.
A mí me parece que hace falta leerlo, como hacía Guillermo
Cabrera Infante, quien lo leía y lo quería en Gíbara y en
Londres. Y escribió estas palabras: "Lino Novás Calvo es, quizás,
el más grande cuentista cubano, aunque nacido en Galicia". |