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PRISIONES
Presencia virginal
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Bajaba
por la calle Obispo hacia la Plaza de Armas cuando
tropecé con un joven muy singular que repartía
un folleto y susurraba: "La caridad espera
en las prisiones". El hombre miraba con prudencia
antes de entregar el pequeño texto. Mi
curiosidad creció al percatarme del sentido
alegórico de sus palabras. Al llegar a
mi destino apenas pude leer, pues me esperaba
una amiga para revisar unos documentos en el archivo
histórico de la ciudad.
Al salir del archivo me senté en un banco
de la Plaza de Armas y leí con avidez el
folleto que me obsequió el joven misterioso.
Se refería a la Virgen de la Merced, patrona
de los presos. Describía la labor humanitaria
de Pedro de Nolasco, mercader y futuro santo,
quien vendió sus bienes para gestionar
el rescate de los cristianos cautivos de los ocupantes
musulmanes, en el ya lejano siglo XIII.
El texto exaltaba al núcleo fundador
de la Orden de la Merced. Refería la misericordia
de San Pedro Nolasco, San Raimundo Penafort, el
Rey Jaime y de los padres mercedarios que, desde
1259, asumieron el reto de ayudar a los prisioneros
y a los "cautivos del alma", a quienes
urge la caridad para salir de la desgracia y gozar
de la dignidad humana.
Al terminar la lectura, me dirigí hasta
la calle Cuba, esquina a Merced, en la propia
Habana Vieja. Entré en el templo de la
advocación mariana, donde leí la
Oración a la Virgen de la Merced, guiándome
por el folleto. Conversé después
con algunos peregrinos que rezaban por sus familiares
encarcelados.
Al evocar al joven peregrino que me impresionó
en la calle Obispo, pienso que hizo bien en graficar
su entrega con una oración tan sugerente:
"La caridad espera en las prisiones".
Sus palabras y el folleto sobre los mártires
y los frailes medievales que ayudaron a liberar
a los cautivos de entonces, cobra actualidad en
la Cuba de nuestros días.
Un nombre tan familiar a los cristianos como
Nuestra Señora de la Merced desata las
analogías con la insultante realidad de
las cárceles insulares. El problema rebasa
a la Iglesia Católica y al resto de las
denominaciones religiosas. No son musulmanes los
que encarcelan a 300 mil cubanos en 200 reclusorios
distribuidos en solo 1,200 kilómetros de
extensión.
Los funcionarios que encarcelan en nombre de
un sistema penitenciario demoledor deberían
pensar en la tragedia humana que desencadenan
las sentencias.
Al contextualizar un problema vital no pretendo
abrir las heridas que afectan a millones de cubanos
desde hace medio siglo. La atención a los
presos no sólo es problema de sus familiares
o de los feligreses que acuden, el 24 de septiembre,
a rezar por un amigo encarcelado en la iglesia
habanera Nuestra Señora de las Mercedes.
Denunciar las arbitrariedades es una forma de
ejercer la caridad, aunque esta, como dijo el
peregrino, también espera en las prisiones.
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