PRENSA INDEPENDIENTE
Marzo 29, 2007

SOCIEDAD
Vacaciones en La Habana

Shelyn Rojas

LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - En abril, Tino cumplirá 59 años. Desde Venecia, sentado en el banco de un parque, cerca de su apartamento, mira a los niños jugar y extraña sus parrandas en Cuba.

Tino se divorció hace años. En su país prevalecen otros valores. Debe mantener una buena imagen y una moral impecable ante sus familiares y la sociedad. Un amigo le contó que en Cuba las prostitutas son baratas. Con poco dinero se daría una vida que no imagina. No lo creyó, pero se arriesgó a la aventura.

En el aeropuerto José Martí, en Ciudad de La Habana, abordó un taxi. Por el camino observó las calles rotas, sucias. En las esquinas, latones de basura desbordados. Las personas mal vestidas eran mayoría. El amigo le había resuelto el lugar donde se hospedaría mientras durara su estancia. Valía la pena. Los precios de los hoteles no eran para ellos. Eran simples obreros italianos.

Había comprado alguna ropa y perfumes de mujer rebajados de precio en una tienda de Venecia. No podían faltar en su bolso las pastillas mágicas: Viagra. Fue el consejo de su amigo.

En el apartamento lo esperaban con los brazos abiertos. Llegó la noche y se dirigió a uno de los lugares más céntricos de la ciudad, recomendado por la mujer que le rentó el cuarto: la heladería Coppelia. Ahí no corría peligro de ser asaltado como en las calles apartadas de la Habana Vieja. Era su primera visita a la isla.

La dueña de la casa buscó un vecino que por unas cervezas y poca propina le enseñaría la ciudad y sus secretos. Al llegar al Coppelia no podía creer lo que veía. Muchachas de 15 años se le regalaban. Tino se sentía un marajá.

El cuarto tenía un espejo grande, frente a la cama espaciosa y aire acondicionado. No sería víctima del verano. Sólo por doce dólares diarios. Tino vivía los mejores años de su vida. Prefería muchachas menores de 19 años. Una de las tantas chicas que conoció, Yuneisy, estaba por cumplir sus 15. Ella quería una fiesta, necesitaba dinero y alguna que otra pacotilla. Sus padres no podían complacerla. A cambio, se hacían los de la vista gorda para que ella se encargara de realizar sus sueños.

Una tarde a Tino se le unieron dos prostitutas. Se armó una pequeña reyerta que no transcendió. Tino se sintió disputado y halagado. Ellas llegaron a la conclusión de que en el mismo giro, todo es posible. La cama era bastante espaciosa, y no había que acostarle un número par.

Al día siguiente, los inspectores de emigración llegaron a la casa. Tino, declarado ilegal, fue llevado al aeropuerto y montado en un avión de vuelta a su país.

La familia del apartamento tuvo que pagar una multa de mil 500 dólares. Siempre le achacan el percance a un chivatazo de los vecinos de los bajos. Con suerte no le decomisaron la casa. Aún mantienen comunicación con Tino, que extraña a sus niñas en La Habana.

En un país gobernado por hombres muy viejo que pasaron y olvidaron las necesidades y deseos de la juventud, historias como estas sobran.


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