| REPRESION
Tres nuevos fantasmas
Jorge Olivera Castillo LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org)
- El gobierno me inscribió en el libro de los fantasmas. Desde entonces
soy un resumen del aire y la neblina. Alguien sembrado en el anonimato a merced
de bocinazos que exhalan recriminaciones y verbos que conforman un decreto de
muerte. Sólo puse cristales de aumento sobre la fecha de caducidad
del socialismo. Leí en alta voz algunos párrafos de mi inventario
de vivencias. Le puse letras a mi inconformidad. Mencioné la palabra reconciliación
y repetí con marcialidad de monje el término tolerancia. Es
por tales excesos que soy un tumulto de sombras. Lo determinaron en los talleres
del Partido Comunista, unos ámbitos donde impera el fundamentalismo y se
glorifica el garrote, el arma idónea para triturar herejes. Pueden
ser golpes reales. Existe la impunidad y el estímulo para canalizar el
odio. Basta una orden para que se abran los diques del maltrato y el terror. Son
conocidos los expertos en empellones, los diseñadores de puñetazos,
quienes saben darle el tono ideal a la descortesía y aquellos que -palo
en mano- hacen una imitación insuperable del Cromagnon del siglo XXI.
Afortunadamente no me cuento entre las víctimas de estas hordas dadas
en convertir la violencia en un apéndice de sus vidas. Mi cuerpo no evidencia
impactos, no presenta magulladuras ni luxaciones, aunque es imposible anunciar
una exención definitiva de estas recreaciones cavernícolas. ¿Es
sensato apalear a un fantasma? Sí, en esas coordenadas me veo obligado
a resistir en este país transformado en una eficiente factoría de
exclusiones. Tengo una nutrida red de inquilinos que algo hicieron al
margen de las reglas. Todos somos parte de los tachados como simples números
de una ecuación que culmina en la terquedad y el desastre. Artistas, deportistas,
intelectuales viven o vivieron en esos mundos de vapor, olvidados en las agonías
del castigo. Ninguno eligió perderse en los laberintos de la fantasmagoría.
Simplemente discreparon con denuedo y firmeza, trataron de anular su contrato
con la doble moral o aprovechando un viaje al exterior decidieron echar a la basura
el boleto de regreso. Detallar el número de fantasmas a causa de
la desafección es una labor que me abstengo de realizar. Han sido 48 años
de totalitarismo, suficientes para desistir del proyecto. Por suerte hay espectros
que no se dan por vencidos, todavía luchan con los humos de la desmemoria.
Están aquí, en Cuba o fuera de ella, para o hasta que termine la
discriminación y la unanimidad que huele a carroña. Optar
por la diversidad es un acto sublime, decir que el sistema actual es inviable
es por lo menos una verdad entre muchas otras, incluso antagónicas. La
sana confrontación de ideas es una necesidad que va más allá
de un deseo. Digo esto porque acabo de darle la bienvenida a tres nuevos fantasmas.
Puedo leer epítetos que los maldicen: apátridas, traidores, contrarrevolucionarios.
Ellos son Oldanier Solís, Yan Bartelemí y Yuriorquis Gamboa, tres
boxeadores cubanos campeones olímpicos que desertaron recientemente. De
Venezuela a Colombia y de ahí a Miami. Un periplo que les devuelve la esperanza
y los libra de las cadenas ideológicas que los limitaban en sus aspiraciones
deportivas. Prefirieron ser fantasmas en su tierra natal. Seres crucificados
en los altares del poder absoluto. Aquí los vestirán con el crepúsculo.
No les importará mucho porque desde otros cuadriláteros podrán
experimentar la luz de la libertad. |
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