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Valija
diplomática
Raúl Rivero, El Mundo,
España, 29 de junio de 2007.
Ser espléndido con la riqueza ajena pervierte
el gesto, borra la intención bondadosa
y convierte en una obscenidad lo que se quiere
presentar como nobleza. Para muchas personas de
este mundo, esa clase de generosidad tiene un
engarce de lujo con el robo.
El verdadero altruista y filántropo,
para ser legítimo, deberá ser dadivoso
y espléndido con su patrimonio particular.
Con su fortuna. Tiene que desprenderse de una
parte o de todas sus propiedades, y disponerse
a compartirla con el prójimo.
Cuando alguien usa el poder, las fuerzas, las
pistolas, para privar de algo valioso o necesario
a un hombre o a una comunidad y sale a distribuirlo
por el mundo, escoltado por una cuadrilla de propagandistas
y lloronas, es un embustero.
Ignoro en cuántos países la sociedad
civil y las instituciones democráticas
admitirían que el Gobierno, para fortalecer
su signo político, regale a un vecino una
fábrica, alimentos, la fuerza de trabajo
y, a veces, hasta la vida de centenares de hombres
y mujeres.
Es agua pasada el ingenio azucarero que el Gobierno
de Cuba regaló a los sandinistas durante
la etapa inicial de Daniel Ortega. Se ha olvidado
la libra (medio kilo) de azúcar que le
quitó a cada ciudadano para donarla al
Chile de Salvador Allende, que, al parecer, se
la transfirió al dictador Augusto Pinochet,
la usó en sus planes económicos
Ricardo Lagos, y la distribuye, hoy por hoy, la
señora Bachelet, porque nunca volvió
a las desconsoladas fiambreras de las familias
cubanas.
Eso es Historia antigua. Como lo es la leyenda
del internacionalismo, con sus miles de cubanos
muertos en las fracasadas aventuras de la guerrilla
y en las guerras de Africa. Todo eso está
pegado con saliva en la memoria de las víctimas.
Las grandes devastaciones materiales y físicas
a la nación cumplieron su papel en el armazón
del líder carismático. Ahora empieza
otra etapa. La de la caperuza edulcorada, la del
bombín de ternura para afianzar su perfil
internacional.
Esta semana se ha publicado en Cuba que Fidel
Castro, conocedor de que a los vietnamitas les
gustan las frutas y los helados, le enviaba -mediante
un correo diplomático- unos recipientes
con helados a su amigo Ho Chi Minh. El mensajero,
según la nota, "cumplía una
misión extraña y tierna".
El mismo individuo solía llevar también
de La Habana a Hanoi grupos de alegres ranas toros,
porque Castro estaba muy preocupado por la alimentación
de sus amigos y conocía bien del alto valor
proteico de esos animales.
Las ranas toros pernoctaban asombradas en las
bañeras de un hotel de Moscú y llegaban
frescas y con jet lag a la mesa del Tío
Ho.
La ternura de los dictadores es proverbial. En
El Salvador, un general que asaltó la Presidencia
les mataba los piojos a los escritores a puñaladas.
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