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SOCIEDAD
Crónica
de un naufragio
Juan Carlos Linares Balmaseda
LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - Por el litoral
norte de Mariel ocho hombres echaban al agua la
balsa de 3 metros de ancho por 6 de largo, de
madera y poli espuma. Estaban listos para zarpar.
Julio, sobreviviente del intento de fuga del
país, expresa: "Al principio estábamos
muy tensos, pero a medida que nos alejábamos
el sentimiento era de felicidad. Hasta cantamos.
Escapábamos de un largo encierro".
Todos eran miembros de organizaciones opositoras
al gobierno. Se conocían bien. Llevaban
documentos que evidenciaban tiempo en el activismo
pacífico.
El cadáver de Vladimir fue el único
cadáver que regresó a la costa.
Él sobrepasaba a los demás en alegría
durante las primeras horas de la travesía.
Increpaba graciosamente a los que metían
la mano en la bolsa de los víveres
-¡Dale suave a la comida! -recordando la
regla número uno cuando se viaja de esa
manera: racionamiento estricto de los alimentos
y el agua: galletas, tostadas, diez latas de carne,
cucuruchos de maní y una botella de miel
componían el grueso del avituallamiento.
Los pomos plásticos con el agua potable
iban flotaban alrededor de la balsa, amarrados
unos con otros.
Durante varios días monitorearon los
partes meteorológicos por la televisión
cubana y algunos canales norteamericanos. El viernes,
día la partida, se disiparía un
frente frío. El domingo a más tardar
estarían justo en el centro del Estrecho
de Florida. La brisa los empujaría al norte.
Así pensaban ellos. La naturaleza no.
Echar la balsa al agua fue como coser y cantar.
No había guardafronteras por los alrededores.
Para algunos se trataba del primer intento de
salida ilegal del país. Otros ya lo habían
intentado.
Al amanecer del sábado el brisote campeaba
por su respeto, aunque no llovía. Otro
de los desaparecidos, Yoel, no podía contener
los mareos. "Aquello parecía una borrachera
con bebida dulce" -apunta Julio.
Pasó una noche y un día sin un
barco a la vista. El domingo el mar se puso feo,
muy picado; y las aguas tan oscuras que no se
veía a un pie de profundidad. Las olas
crecían. Cuando subía la embarcación
se sentían en un balcón, por encima
del horizonte. Cuando descendía estaban
metidos en un sótano con paredes de aguas
turbias. El clima empeoró por la noche.
Ni siquiera la luz lejana de un relámpago
alumbraba sus destinos. La visión era tan
escasa que apenas se veían las manos. Cada
cuál sabía quién estaba a
su lado sólo porque mantuvieron las mismas
posiciones en la balsa, hasta ese momento. El
aire era tan fuerte que gritaban para escucharse.
Un reloj acuático en la muñeca de
Yoán marcó las tres de la madrugada
del lunes. Un primer golpe de ola golpeó
el costado derecho de la balsa; otro los lanzó
al agua. Nadaron febrilmente, buscando el tenue
destello de la poliespuma. Se imponían
los gritos de los desaparecidos, Manuel y Alexis:
¡Suban, rápido, agárrense!
Cuando llegaron la embarcación estaba al
revés. Intentaron voltearla y un tercer
golpe la partió en dos.
Nunca más se reencontraron. Tres náufragos
titiritaban de frío sobre los restos de
la balsa. Pasaron cuatros días a la deriva,
hambrientos, sedientos. La embarcación
se deshacía. Yoán se tiró
al agua. Dijo que a buscar ayuda. Se perdió
de vista. Dos pescadores, en un pequeño
bote divisaron algo que chapoteaba en el agua,
a lo lejos. Era Yoán. Lo llevaron a la
unidad de guardafronteras y regresaron por Julio
y Omar, que sobrevivieron al naufragio.
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